domingo, septiembre 15, 2013

La boda de mi mejor amiga II

No, no es el título de una película, aunque podría serlo. Pero pensándolo bien, ni siquiera es la crónica de una boda.

Puse este título porque ya hubo una primera parte, que fue de la boda civil; en este caso, la ceremonia religiosa solo fue un pretexto para hacer un corte de caja que me remite a la nostalgia de la última década.

Es recordar una tarde afuera de los vestidores de visitantes en el Estadio Olímpico Universitario cuando me la presentaron, sin que remotamente me pasara por la cabeza lo que vendría después.

Entre muchas otras cosas, fue mi primera gran modelo, la que aceptaba sin recelo posar ante mi cámara y sin miedo a que este novato echara a perder la imagen. Afortunadamente con ella me empecé a dar cuenta que medio le podía hacer bien a la fotografía y di por terminado ese trauma adolescente que por años me alejó del lente.


Fue la que me decía "esa mujer no te conviene" sin el más mínimo recato. Y aprendí a hacerle caso: siempre que lo dijo tuvo razón.

Fue con quien más me divertía de nuestra suerte de solteros permanentes, malos electores de parejas. ¿Por qué? Porque reírse de la desgracia propia es la mejor de las catársis. Es más, así de feo me vio cuando le tomé una foto "entrenando" para ser mamá.


Es además una experta en futbol. Una tarde en el Estadio Universitario de Monterrey, me señaló al jugador más suplente de Chivas y me dijo que él la iba a romper. Yo solo respondì: "¡¿Chicharito?! ¡¡¡¿¿¿ES NETA???!!!"

Evidentemente, le va a los Pumas.


Es el alma de las fiestas.


Este... Mmm... Sí, el rostro más expresivo que he conocido. Tan transparente que no te puede mentir.


La que no teme hacer desfiguros en las calles... de otras ciudades... (Ambas fotos en Monterrey, la de la izquierda en Barrio Antiguo y la derecha en Parque Fundidora. ¿Ya vieron el nombre del bar?)


La que tras cuatro años de vivir en otras ciudades me hizo entender que la distancia es relativa, que pueden pasar semanas sin hablarse o meses sin verse y que el verdadero vínculo permanece intacto.

La que no dejó de hacer caras ni siquiera el día de su boda civil...


¡Ni mucho menos en su boda por la Iglesia!


Pero también, la novia más radiante.


A mí no me conmueven tanto las bodas. Me conmueven los recuerdos. Apenas empiezo a recordar y mis fibras sensibles mandan señales al cerebro y este actúa sin vacilar sobre mis conductos lagrimales. Por eso se me humedecieron los ojos en cuanto empecé a evocar estos momentos que ven en fotografía y muchos otros más que no quedaron registrados. No siempre tuve mi cámara, pero sí mis ojos.

Ahí entendí finalmente después de casi 10 años que Dios me había dado una hermana y me permitió elegir a otra. La segunda estaba ante el altar entregando su vida a la de un buen hombre que está dispuesto a hacerla feliz, porque ella no merece menos que eso.

Y recordé que meses atrás, en un paseo por Coyoacán, después del civil, nos tomamos una de esas muchas fotos bobas que tenemos (no les voy a mostrar las otras, qué oso) ante la Fuente de los Coyotes y prometimos repetir ese ritual cada año impar, sin importar lo que nos deparara la vida. Aquí está, pues, la de 2013.


Ay, no, perdón, era esta...


Porque ya sabemos que por muy lejos que la vida te acerque o te aleje de alguien, los verdaderos vínculos nunca se rompen.