lunes, junio 24, 2013

Desde la plataforma...

A 10 metros de altura la percepción cambia. Y el miedo aparece.



Siempre es más difícil la primera vez, como le pasó a Natalia. El chiste es aventarse.

lunes, junio 17, 2013

La chica que grabó en un microbús

Llevo algunas semanas leyendo "¿Hay vida en la Tierra?" de Juan Villoro. Creo que eso lo consigné en un post pasado, pero lo saco a colación porque no recuerdo una lectura que haya disfrutado más durante mis ya frecuentes travesías en transporte público.

Villoro hurga mediante sus vivencias personales (o al menos así las presenta) en todas aquellas rarezas que nos definen como mexicanos sin que aparezcan en una clase de historia del arte o identidad cultural. El ingenio nacional bien podría ser visto como afrentas a la sensatez vistas desde fuera, pero aquí adentro son simples expresiones de la cotidianeidad.

La conexión con el transporte público es que aún pegado al libro, es imposible dejar de percibir varias historias particulares sin la necesidad de una narrativa ajena. Hace un par de días se me ocurrió escribir esto en mi perfil de Facebook: "Chica en el tren ligero. Rubia, cabello ondulado y bien peinado, ojos grandes y cafés, piel blanca con algunas pecas discretas, guapa... ¡y sin usar maquillaje!... ¡¡¡Y leyendo!!! Husmeo de reojo y la primera línea de la página que lee, digna de literatura tipo Sanborns... Oh decepción." Lo que me llevé fue un sonoro reclamo social (curiosamente por gente con pareja en todos los casos) y un muy justo regaño porque originalmente escribí "huzmeo", con "z". La presión llegó a tal grado que tuve que aceptar que el breve relato fue tapizado por una ligera dosis de ironía: la chica efectivamente existió en aquel vagón del tren ligero con todas las características descritas y también la única línea que husmeé (revisado en la RAE) de su libro (se llama La Cabaña) me hizo pensar que era algún escrito de Carlos Cuauhtémoc Sánchez (el autor en realidad es William Paul Young), pero omití algo: rara vez una rubia llama mi atención como para pensar en una mínima posibilidad de apareamiento. Lo hice porque al hacerlo el relato perdía chiste.

Ayer, domingo, después de una intensa jornada de trabajo de 10 horas (cobertura de una carrera atlética y elaboración de nota informativa y video de color), tuve que ir a casa de mi hermana para festejar el día del padre. Opté por tomar la ruta larga pero que me garantizaba tener un asiento para poder sentarme y seguir en la lectura a Villoro. Así tomé un microbús que me dejaría en el metro Coyoacán, luego me dirigiría a la estación Insurgentes de la línea 12 (previo transbordo en Zapata) y finalmente metrobús al WTC para caminar el tramo final en la colonia Nápoles. Poco práctica la ruta, pero yo quería leer y pensé que en domingo el pesero haría menos tiempo por el poco tránsito.

La última aseveración fue incorrecta: el tiempo que pudimos ahorrar fue ocupado para hacer base en varios lugares y que el chofer tratara -sin mucho éxito- de subir más pasajeros. En el primer asiento del lado derecho, una señora en sus 30, pero ya amatronada, trataba de controlar -con menos éxito- a dos niños que, asumo, eran sus hijos. En pocos minutos pude interpretar que eran familiares del "operador de la unidad". Los chilpayates no solo no se callaban, sino que se esforzaban por subir el volumen de sus gritos.

Enfrente del Estadio Azteca subió una chica de piel blanca (similar a la rubia por la que me lincharon socialmente), pero cabello café oscuro, lacio y despeinado; playera gris, pantalón negro y lentes oscuros (está comprobado que la función de unos lentes oscuros es engañar a la percepción con la idea de unos ojos bonitos, aunque estén ocultos). Se sentó adelante de mí, sacó su iPhone y empezó a grabar el recorrido del microbús.

Sí, lo leyeron bien: la chica, de -calculo- unos 27 años máximo, grabó la calle desde su asiento. De repente hacía paneos bruscos hacia los pasajeros de los asientos del lado derecho (estábamos del izquierdo), pero no volteaba hacia atrás. Yo seguía leyendo a Villoro que me tenía fascinado con la historia de un inútil regalo de bodas que dio y que terminó como trofeo para un premio literario. Pero la grabación de la chica me llamaba más la atención. ¿Qué propósito podía tener? La ruta no tiene nada realmente llamativo acaso hasta cruzar el centro de Coyoacán. En un cruce sobre División del Norte pude ver como grabó a dos niños vestidos de payasitos pidiendo propinas y ellos le correspondieron con una sonrisa a la cámara. Eso llamó todavía más mi atención.

Opté por guardar a Villoro en la mochila (asumo que él habría hecho lo mismo) y puse más interés en la desconocida. Pude notar que en su despeinada cabellera ya se notan algunas canas (soy raro, me gustan las canas en las mujeres), más discretas que sus pecas; su brazo derecho tiene pintadas tres líneas (verde, roja, verde) a manera de brazalete, equidistantes y con alguna palabra en letra manuscrita pero que no pude alcanzar a leer con precisión; llevaba una bolsa verde bandera que a mi parecer no combinaba con su ropa; ah, y una lata de Coca-Cola.

Supuse que ser periodista con experiencia en productos de video podría abrir una línea de interacción con ella. Estaba por preguntarle si su teléfono tomaba video de buena calidad y de ahí ver qué pasara, con posibilidades desde que me abriera espantosamente hasta que me diera su número telefónico o alguna opción de contacto, lo cual habría sido un triunfo por la proximidad de mi destino. Solo había que esperar a que terminara de grabar.

Pero eso nunca pasó.

La chica no paró de grabar y, después de haber trabajado en televisión, tengo por regla no interrumpir una grabación para no contaminar el natsound. Pensé que en algún momento le pondría stop, pero antes de eso bajó justo frente a la iglesia de San Juan Bautista, en el centro de Coyoacán... Y sin dejar de grabar.

Una cuadra más adelante el microbús volvió a hacer base por 15 minutos para que solo subieran dos personas y la señora y los niños seguían su gritería sin el más mínimo recato. Y peor: recordé que había trabajado 10 horas por solo hora y media de sueño la noche previa, patrocinada por el temblor que sacudió el centro de México. Eventualmente, ya sin noción del paso del tiempo, llegué a la cena con mi padre y mis hermanos.

Y también empecé a entender por qué sigo soltero.