domingo, noviembre 10, 2013

A dos años de Cuba

Han de saber que del 6 al 9 de noviembre cada año me representa una especie de puente trágico. Entre efemérides (y desefemérides) familiares transcurren días donde me pueden ocurrir todo tipo de cosas que no precisamente son halagadoras.

El de este año fue de lo feo a lo irónico a lo verdaderamente funesto. De un breve nocaut de salud a un sepelio (realmente sin vela en el entierro) a sentir cómo mis planes laborales para 2014 se empiezan a ir por el excusado. Sí, feo.

Y toda esta vorágine me llevó a sentir una nostalgia durísima por Cuba.

Hace dos años quise evitar este puente con un viaje a la isla. El 7 de noviembre de 2011 tomé un avión a La Habana con regreso para el día 11. Tres semanas antes había terminado mi periplo de 50 días por todo México y, paradójicamente, mi estancia en Cuba me hizo entender mejor lo que pasaba en mi país.

Anoche, en un ataque justificado de insomnio, extrañé el clima tropical de La Habana, no porque no lo halle en México, sino por los recuerdos que me evoca.

Extraño el adoquín mojado de La Habana vieja a pleno sol, porque allá apenas deja de llover y abren las nubes; la sensualidad de sus mujeres plasmada en su forma de caminar, su tono de voz y la manera en que te miran a los ojos; mirar hacia el mar desde el malecón y tratar de entender que poco más allá del horizonte están Florida y el sueño de una mejor calidad de vida para quienes arriesgan su vida en el cruce; la mezcla de vehículos Cadillac de los años 50 y soviéticos de los 70 circulando en las calles.

Pero ante todo extraño a mis amigos de allá.

El 11 de noviembre, después de un largo y sincero abrazo a Alberto, Isabel y Leticia, ingresé con los ojos húmedos a la sala de abordar del aeropuerto José Martí. Nunca había sentido eso antes, aunque ya me volvió a pasar. Les prometí que volvería, pero no pude decirles que sería pronto.

Durante mis últimos tres días en Cuba, podría decir que Alberto, un taxista que debe tener más o menos la edad de mi padre, me adoptó. Salvo las noches, cuando me regresaba a mi habitación en La Habana Vieja, pasé el resto del día con él. Con una cerveza en la Marina Hemingway él encontró a alguien interesado en la historia y la actualidad cubana y yo encontré al guía que podía mostrármela. No fue un ejercicio periodístico, simplemente no me imaginaba ahí como un turista más.

Pude comprobar los aciertos y errores de la revolución cubana más allá de lo que presume el museo que la conmemora. Hay garantía de servicios de salud y educación, pero en lo general, el cubano, con un título universitario, gana menos de un dólar al día. No es un mito. También pude ver y tocar una libreta de suministros, que controla las raciones de alimentos que recibe cada familia por parte del estado. Ni así alcanza y hay que salir a la calle a buscar alguna otra manera de ingresar.

Extraño aquella tarde que inició en un modesto bar de las afueras de La Habana y que se prolongó hasta la noche en una casa platicando sobre beisbol con el padre de un seleccionado nacional, con un derroche de conocimiento que ya quisiera cualquier analista de Grandes Ligas.

Extraño la calidez con la que fui recibido por Alberto e Isabel y, por qué no decirlo, hasta extraño gustarle a alguien de la manera que me veía Leticia. El valor de las cosas tomó una magnitud muy diferente a la que estoy acostumbrado acá. Me ofrecieron una pequeñísima taza de café que para mí fue equivalente a 15 cafés de Passmar y un desayuno criollo cocinado por Isabel que, además del exquisito sabor, fue como comer en el escenario del Palacio de Bellas Artes. Porque la generosidad es un plato que prolonga su valor en el recuerdo.

Cuba fue un oasis en una época de desasosiego. Es un lugar donde, si existieran las mínimas condiciones para una buena calidad de vida, mucha gente pelearía por establecerse ahí.

Cuatro días malos bastan para entender que lo realmente importante no se compra.

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