sábado, agosto 10, 2013

El futbol artificial

Empecé a jugar futbol hace 25 años por insistencia de mis padres. Era un niño muy delgado, cuasi enclenque (Dios, quién me viera ahora) y con algo de inseguridad.

Recuerdo que mi padre me insistía mucho en que jugara como delantero para que metiera muchos goles. No es que no me gustara la idea, pero me preguntaba qué tenían de malo las otras posiciones como para semejante clamor paterno. Me hallaron en una posición que hoy ya no existe, o mejor dicho, ya nadie usa, la de extremo por derecha. No sería el máximo goleador del equipo, pero de vez en cuando me tocaría.

Evoco estos recuerdos porque las últimas semanas he visitado la escuela en la que me formé y, por tanto, aquella cancha donde empecé a jugar. En aquel ya lejano 1988, el campo sufría por falta de mantenimiento y tenía grandes huecos de tierra en el centro y en las áreas; un par de años después, se invirtió para tenerla impecable, al grado que el Atlante llegaba a entrenar ahí en ocasiones; hoy es de pasto artificial.

El paso del tiempo es implacable y, como dijo mi primer Sensei, Mario Castillo, el precio de la modernidad es el olvido. Retirar el pasto natural para colocar sintético obedece a una premisa de reducción de costos de mantenimiento. En esa cancha donde anoté mi primer gol y conocí la gloria del triunfo, ahora se levanta caucho en lugar de tierra.

Todo este preámbulo sirva como analogía de mi vida alrededor (que no necesariamente dentro) del deporte. En esas épocas infantiles, mis recuerdos de los domingos eran chutarme una hora de Chabelo, pues me despertaba irremediablemente a las 7:00, luego ver el partido del Nápoles con Maradona, seguido del Real Madrid con Hugo y terminar al medio día con alguno de México, preferentemente de los Pumas.

Me enamoré del deporte por vía del futbol. En la escuela también practiqué basquetbol, voleibol y atletismo, pero ninguno en fases competitivas. En la adolescencia jugué tenis y handball, pero el futbol fue una constante, aunque ya de manera recreativa después de los 12.

Ahora trabajo en medios, especialmente en secciones de deportes. De 2006 a inicios de este año, solo un día trabajé en algo diferente: aquel 4 de noviembre de 2008 cuando Barack Obama fue electo presidente de Estados Unidos y cayó el avión con Juan Camilo Mouriño, entonces Secretario de Gobernación, en calles del poniente de la Ciudad de México.

Mi gusto por el futbol ha disminuido dramáticamente desde mi entrada a los medios. Yo era ese tipo de aficionados cuyo estado de ánimo dependía del resultado de su equipo. Eso está terminando. Algunos pensarán que es madurez, yo no estoy tan seguro todavía, especialmente porque todo ese tiempo que dedicaba para leer historias, datos y curiosidades de futbol, desde hace varios años lo aplico ya para otros deportes, solamente diversifiqué el panorama. Hoy puedo contarles en tiempo real una historia perfectamente contextualizada donde un taekwondoín mexicano le gana al estadounidense con la misma pasión con la que habría narrado el triunfo de David sobre Goliat, porque más o menos eso significó que un jovencito de 20 años de nombre René Lizárraga le ganara al quíntuple campeón mundial Steven Lopez, aunque jamás en mi vida me he puesto un dobok ni he pisado un tatami.

En cambio, no he visto un partido de la Selección Mexicana desde la derrota en la Copa Confederaciones contra Brasil. No vi el juego contra Japón ni un minuto de Copa Oro. En la Liga Mx, solo he visto a ratos partidos de los Pumas, pero las decepciones han sido peores. Eso sí, me aventé gustoso el Real Madrid vs Chelsea, aunque apenas fue de pretemporada. Mi gusto por el balompié europeo está intacto.

Pienso que el campo donde empecé a jugar es una analogía de lo que le ha pasado al futbol en México. Primero un desastre; luego encuentran la piedra filosofal de la comercialización, el fondeo, una adecuada asignación de recursos y llegan los resultados: dos títulos mundiales Sub 17, un oro olímpico, reconocimiento internacional del nivel de la selección mayor; luego el exceso de avaricia que hace que todo se vea artificial.

Recuerdo aquellos partidos de Eliminatoria Mundialista hace 20 años en el Estadio Azteca, una verdadera fiesta en la tribuna y en la cancha: goleadas sobre Canadá, Honduras y El Salvador con gradas a reventar por un público que no paraba de apoyar. El pasado 26 de marzo tuve el mal tino de ir al México vs Estados Unidos, un marcador de 0-0 y un público más preocupado por sacarse la foto para el “Face” (Dios mío, no digan “Face”, hace parecer que sus mentes también están en diminutivo) y por gritarle “puuutooo” al portero rival en cada saque de meta. Eso pasa cuando subes el precio de los boletos a cantidades elitistas en un país donde la gente primero tiene que resolver cómo comer antes de tener una tarjeta de crédito. Prometí no regresar al Azteca en mucho tiempo por tan vergonzoso y artificial espectáculo.

Alguien en México ya olvidó que el pueblo fue el que le dio popularidad al futbol.

Hoy la Selección Mexicana de futbol ya no representa al país, sino a las marcas que lo patrocinan. No han colocado sus logotipos en la playera porque la FIFA lo prohibe. Muestra de ello es el timeline de su cuenta de Twitter (@miseleccionmx) donde la mayoría de sus tuits están pagados. Y ni qué decir de los comerciales, donde muchos jugadores han dado mejores actuaciones que en la cancha. De hecho, sabemos que los futbolistas convocados al Tri deben firmar un contrato por el cual ceden su imagen (al parecer sin recibir paga por ello) para los patrocinadores.

La Selección Mexicana de futbol ingresará 250 millones de dólares en el periodo entre 2010 y 2014, de acuerdo al presidente de la FMF, Justino Compeán. Una nota de ESPN firmada por Héctor Quispe valúa una inversión de 600 millones en 8 años entre los ingresos del Tri por ventas, patrocinadores y televisoras, que se iría a la basura si no se clasifica al Mundial de Brasil.

Pero al aficionado eso no le importa. Él lo que quiere es disfrutar de un buen partido, ya sea en el estadio o desde su televisor. Y cuando el espectáculo es malo, no hay millones de dólares en el aparador que le impresionen.

Confieso que regresar a aquella cancha de mi infancia, aún al verla artificial, me hace suspirar de nostalgia, no por lo que hay, sino por lo que hubo. Así también me pasa cuando volteo a ver un poco del pasado de nuestro balompié, desde aquellas mañanas de domingo. Pero mientras el futbol mexicano se vea artificial, puedo voltear a muchas opciones más, a buscar la historia en el chico de 20 años que le ganó al Michael Jordan del taekwondo o en el jamaiquino parrandero que corre más rápido que nadie.

Porque la victoria se vive igual en cualquier deporte. Y en cualquier aspecto de la vida.

1 comentario:

Silvia A. A. Vasconcelos dijo...

Excelente nota, me encantó. Siempre que leo cosas tan buenas quiero que estén en inglés para que se las enseñe a Morgan