jueves, mayo 02, 2013

Vivir a inicios de los 90

Recuerdo que a inicios de los años 90 no teníamos teléfono en casa. Lo asolado de la zona donde vivíamos tenía como efecto, entre muchos otros, que la cobertura de los cables de Telmex no pasara por aquí.

El motivo era que vivíamos (y aún vivo) sobre el Periférico en una zona donde sólo había dos conjuntos habitacionales en un tramo de tres kilómetros. Algún reglamento urbano prohibía colgar cables que cruzaran la avenida y por tanto la solución habría de llegar de muy lejos, digamos, Xochimilco. Pero claro, eso no era rentable para la compañía telefónica adquirida por un magnate que recién ingresaba a las listas de multimillonarios de Forbes: un tal Carlos Slim.

Otra solución planteada era colocar cables subterráneos que cruzaran el Periférico, pero eso generaría una obra que afectaría a miles de automovilistas por beneficiar a seis casas en condominio y una veintena de departamentos. Absurdo. Finalmente la sensatez venció a los reglamentos urbanos y se colgó un cable a la altura de los puentes peatonales de la zona y asunto arreglado: antes de quebrar el hilo de cobre un camión se quedaría atorado en el puente de concreto.

Teníamos teléfono.

Fue tanta la espera e insistencia de mi madre y vecinos que hasta recuerdo claramente el número que nos fue asignado esa vez: 673-3214. Vaya, ni siquiera se había integrado el 5 a la numeración. No temo publicarlo porque ese número ya lo perdimos, desconozco qué haya pasado con él, quizás ahora pertenece a una pizzería o a una agencia funeraria. Es más, entre ese y el actual ya tuvimos otro que no recuerdo. Así de grande fue nuestra alegría por integrarnos a la civilización: aún permanece en la memoria.

Era quizás el único niño de mi escuela, de gente relativamente acomodada y preocupaciones más triviales, que no tenía teléfono en casa. Recuerdo que para cualquier llamada a mis compañeros, mi madre me acompañaba a cruzar el susodicho puente peatonal para usar el teléfono público. Evidentemente recurría a eso sólo si era estrictamente necesario. Tal vez desde entonces generé esta inconsciente aversión que tengo a llamar por teléfono, a la fecha lo sigo haciendo sólo si es estrictamente necesario, y a veces ni siquiera por eso.

Esas eran mis formas de comunicarme con el mundo a finales de los 80 e inicios de los años 90, en una época donde internet no era del dominio público y los teléfonos celulares eran un tabicote que podía pasar por arma blanca, algo inventado por un loco y que seguramente no tendría éxito.

Ayer tuve mi primer recuerdo de aquella vida, a unos veinte años de distancia. Desde hace una semana no hay línea telefónica en casa, que para mí no es mayor problema por mi aversión a usarlo, pero para mi madre sí es un asunto de terror: ella no dejó esa costumbre adolescente de hablar a quién sea, por lo que sea y en dónde sea, incluso si va manejando (ya no lo hace frente a mí, me pongo furioso y es la única cosa en la que me doy lujo de regañarla como ella lo haría conmigo).

Pero desde hace dos días Telmex se metió en mis terrenos: el internet. Primero con fallas intermitentes, de apenas dos segundos, pero la reconexión del ruteador duraba cinco minutos. Después, en la tarde, las pausas se hicieron más largas. Y ayer, 15 minutos antes de iniciar el partido entre Bayern Munich y Barcelona, a la 1:30, se fue la señal para no regresar en el resto del día.

Tragedia.

Mientras no esté en la calle, mi vida transcurre entre la labor del momento, mi correo electrónico, Twitter y Facebook. Dependiendo el grado de desocupación, los últimos tres me tienen más tiempo pegado a su ventana del explorador o del Tweetdeck. Con algo de trabajo logré adaptar mis horas del día para mis comidas, bañarme y hacer algo de bicicleta. Bueno, no tan dramático, pero por ahí va. Eso sí, antes de dormir al menos 20 minutos de lectura, ya acabé cuatro libros este año y superé la media nacional para todo 2013.

Al tiempo que me entretenía con la madrina que le puso el Bayern Munich al Barcelona, sufría más que Lionel Messi en el banquillo al ver que el internet no regresaba. Silbatazo final... Y nada. Empecé a mandar mensajes amenazantes a la cuenta de Telmex en Twitter vía celular... Y nada. Fui a comer, regresé... Y nada.

Me puse a editar un documental en el que ando trabajando. Así que adapté mi labor diaria sin Facebook, ni Twitter, ni el correo electrónico. A eso de las 4:45, cuando vi que ya no tenía nada más por editar y que empezaba a corregir cosas que ya había corregido y a desborrar lo borrado, opté por salir a tomar aire y me fui al centro de Coyoacán.

(Como fui niño aislado de la civilización, eso de salir al parque nunca lo aprendí.)

Tomé cámara y tripié, algo podía captar con mi lente. Todo iba muy bien, día soleado y poco tráfico... Hasta llegar a Carrillo Puerto, metros antes del Jardín Hidalgo. Súbitamente vi ríos de gente y el avance de los autos era a vuelta de rueda.

No es que no supiera que era día festivo, pero mi subconsciente sociópata aún no se acostumbra a sus efectos.

Pude estacionarme unas cuadras más adelante, cargué mochila y tripié y caminé hacia el centro. Efectivamente, había demasiada gente. No es que sea raro en Coyoacán, simplemente mi subsconsciente sociópata evita frecuentar ahí en fines de semana después del medio día para no perderme entre los tumultos, no digamos en días festivos. Caminé un poco. Me engenté. Ni siquiera una banda de jazz, que no tocaba nada mal, me sedujo para quedarme. Regresé. Me compré un capuchimoka en El Jarocho que me quedaba de paso y encendí el coche para volver a casa.

Al regreso comprobé que el internet seguía perdido entre el gentío de Coyoacán. Volví a hacerme güey con el Final Cut. Cené. Luego vi el partido de Monterrey y Santos (mientras me seguía haciendo güey con el Final Cut). Y por ahí de las 11:00 opté por irme a mi cama.

Traté de checar mi correo en mi teléfono celular, que tiene un ínfimo plan de datos con Iusacell. No pude. Facebook. Tampoco. Mandé un mensaje por Whatsapp a mi hermano. Nada. Pero el Twitter funcionaba y me daba cuenta cómo tundían a Raúl Orvañanos, quien al parecer tuvo el mismo éxito que un chimpancé como maestro de ceremonias en la premiación del Monterrey vs. Santos (había apagado la televisión justo después de terminar el partido), para finalmente entregarme a la lectura que me ha ocupado la última semana, de Juan Villoro, y que tiene un título que no puede ser más elocuente con mi situación: “¿Hay vida en la Tierra?”.

Y mientras leía una fabulosa crónica de cómo un cuchillo es capaz de desafiar al calentamiento global, recordé que mi día me hizo recordar a mi vida a inicios de los años 90: sin teléfono, ni internet.

Bueno... Casi: ayer tenía Twitter.

Aún así, más allá de la incomunicación de ayer, llevo meses preguntándome si hay vida (inteligente) en la Tierra.

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