miércoles, marzo 06, 2013

La casa que nunca se ha querido vender

Hoy exactamente hace 25 años llegamos a vivir a mi actual casa.

No puedo decir que son 25 años en ella, ya que durante 23 meses viví por los rumbos de Las Águilas, de septiembre de 2004 a agosto de 2006, pero el tiempo no miente: es un cuarto de siglo de apego a este pedazo de tierra y concreto.

Cuando llegamos el Periférico se terminaba en Cuemanco, a un kilómetro de aquí. De este lado, desde la Glorieta de Vaqueritos, un tramo de unos 3 kilómetros, sólo estaba el conjunto de seis casas donde vivo y unos 200 metros más adelante un edificio de departamentos. Nada más eso hasta la entrada a la Liga Mexica, que permanece poco antes de la Pista de Canotaje Virgilio Uribe. Podíamos cruzar caminando la avenida sin riesgo alguno.

Hoy, entre nuestras casas y los departamentos hay una gasolinería; atrás tengo un distribuidor vial que conecta Xochimilco con el Eje 3 Oriente y Acoxpa; unos 200 metros después de los departamentos hay un depósito vehicular (un corralón, pues).

Pero lo que sorprende a diferencia de aquel ya lejano 1988, es que ahora todas las tardes se genera un tránsito que puede sacar de quicio a cualquiera. Hace ya varios años decidieron unir el Periférico con Canal de Garay para conectarlo con Tlahuac e Iztapalapa, y además, con una reducción de cinco a tres carriles. Genios.

Si caminaba 100 metros en contrasentido de los coches, me subía a un puente peatonal que me llevaba a Acoxpa y Cafetales (el Eje 3 Oriente, pues), además de un mercado que se colocaba todos los domingos sobre la lateral del Periférico. Seguramente me desayuné miles de tlacoyos y tacos de carnitas ahí entre mi infancia y mi adolescencia. Hoy ese puente ya no existe, ya que le estorbaba al Distribuidor de Muyuguarda. Ahora para cruzar el Periférico tengo que caminar a otro puente que está hacia el otro sentido, justo al lado de los departamentos, y ni qué decir del mercado, que me lo alejaron un kilómetro, por lo que tendría que ir en coche (hey, son domingos de flojera).

De hecho, gracias al genio que diseñó el distribuidor, un tramo del Periférico de mi lado se quedó sin banqueta, por lo que caminar a mi casa se convierte en un deporte extremo de sortear microbuses, camiones y fitipaldis chilangos.

Como vivo sobre el Periférico, no hay donde estacionarse afuera y por eso nunca he organizado una fiesta o reunión con mis amigos aquí. Ahí empieza uno a explicarse porqué soy tan antisocial.

Llegamos a vivir en 1988 dos adultos, un niño de seis años (casi siete), una de 3 y otro de uno (casi dos). En algún momento, los cinco ya chocábamos en nuestros espacios vitales. Luego nos mudamos a Las Águilas. Tiempo después una decidió irse, luego me fui yo, y bueno, hoy esas cinco personas vivimos en cuatro casas distintas.

Los dos primeros que decidimos irnos eventualmente regresamos a la casa que nunca se quiso vender, hace ya seis años y medio. Y desde hace seis años y medio hemos hecho mil y un planes para venderla. No se deja.

Hace 25 años dormí por primera vez en esta casa, en un lugar prácticamente deshabitado y que hoy es agenda permanente de las estaciones de radio que reportan el tránsito cada 15 minutos, a un kilómetro de una sede de los Juegos Olímpicos de 1968, donde iniciaba la Ruta de la Amistad. El garage originalmente tenía líneas de piedra entre el pasto para estacionar los coches y hoy está totalmente (y asimétricamente) adoquinado. Que al estar en zona lacustre (Xochimilco, nunca te mueras) tiembla cada vez que pasa un veloz camión de carga echando carreras. Donde sí, también, nos tuvimos que acostumbrar al ruido de los motores, y donde los mosquitos se aburrieron eventualmente de alimentarse a costa nuestra.

Es la casa que odia mi hermana y a la que sólo regresa cuando es asunto de vida o muerte, y a la que mi hermano le dice "¿Cuemancooo? Que hueva ir hasta allá..." como si yo nunca hubiera ido a verlo a él.

Es la misma casa que vi a la mitad del viaje por todo el país, cuando me faltaba un mes para regresar a ella.

Pero veinticinco años es una vida entera. Pesan aunque no quieras. Pero ante todo, generan apego y nostalgia.

No le celebraré el "cumpleaños" 26 a esta casa, aunque ella quiera. Eso ya está decidido. Pero cuando tenga que pasar por aquí seguramente la veré con la añoranza que experimento cuando veo la casa de mis primeros tres años de vida.

Sólo espero que no se convierta en una pizzería, como aquella.

1 comentario:

Vania dijo...

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