domingo, enero 20, 2013

La vida no es tan mala en el Merseyside

MANCHESTER.- Salimos del palacio García, en Tottenham, el sábado a las 5:50 de la mañana rumbo a Liverpool. Nuestro tren partió, puntual a las 6:36, lejos aún del amanecer.

El frío de congelador no nos dejó mentir: toda Inglaterra está bajo nieve. "Hice todos los arreglos para que a tu llegada cayera nieve", me explicó Laura. Todo el camino se tornó blanco conforme llegó el amanecer.

Estar en Liverpool es como vivir en un mundo de fantasía surrealista: no sabes en qué momento verás a un Blue Minnie cruzando la calle o a un Miembro del Club de Corazones Solitarios del Sargento Pimienta vendiendo periódicos.

Pero el primer sonido con el que uno se encuentra es con el de las gaviotas. Y en lugar de Blue Minnies o Sargentos Pimientas, hombres ataviados con chamarras y bufandas del Liverpool. Match day.

Antes del partido nos fuimos a un tour en un taxi conducido por un feliz caballero que en su juventud pudo ser personaje de la película de Magical Mystery Tour. Eso fue, pues, un viaje mágico y misterioso por las casas donde crecieron los jóvenes John, Paul, George y Richard (Ringo, pues), Penny Lane y Strawberry Fields en sus versiones originales, además de la tumba de Eleanor Rigby.

Los suburbios encierran un encanto particular, acentuado por la nieve y el paso de la clase obrera que trabajó en los muelles, que entraban y salían en grupo, porque nunca caminaban (ni caminarán) solos.

Liverpool se pinta de rojo cuando juega su equipo (también a veces de azul, cuando le toca al Everton). Una horda de 45 mil personas se dirige a Anfield, el mismo campo que desde 1892 acoge a los Reds, con cambios en las gradas acorde a los tiempos, pero que recuerda con cariño a sus héroes: Paisley, Shankly, Dalglish, Gerrard, entre muchos otros.

Antes de salir al campo, los jugadores salen de un vestidor sin casilleros, solamente con bancas empotradas en la pared y tres camillas para masaje. No hay más. "Sólo van a jugar futbol", decía Bill Shankly, el mismo hombre que mandó poner un letrero que dice "This is Anfield" en la estrecha escalera que sale rumbo a la cancha, para marcar su territorio.

Y al salir, la horda Red canta "You'll Never Walk Alone", una balada que popularizaron Gerry and The Pacemakers, rara en función de tratarse de una afición "agresiva" (en buen sentido) en el contexto europeo, pero que es fiel muestra del compañerismo que aparece en Anfield. Puede no intimidar al rival, no se trata de eso, sino de animar a los locales. No hay mejor manera que recordarles en donde están.

El resultado fue un aplastante 5-0 en la cabeza del Norwich City.

Yo fui uno de los 45 mil presentes: para mí fue la primera vez en Anfield; para Laura, fue su primera vez en cualquier partido de futbol. Mientras yo me la pasaba gritando goles y ofreciendo mi genealogía futura a Luis Suárez y Steven Gerrard, Laura buscaba las miles de cámaras para la transmisión de televisión e inspeccionaba las piernas de Stevie. El trabajo en equipo diversifica las funciones, aunque francamente las extremidades del capitán me tienen sin cuidado.

Después del juego, la horda regresa a casa, con una escala previa en un pub para celebrar la victoria, pero en lugar de eso yo desquité algunos pounds en la tienda del club.

Al día siguiente, tour por el estadio y visita reglamentaria a The Cavern: música beatle, buena cerveza y ovación de un minuto para los valientes que anuncian que vienen de México a arrodillarse en el santuario.

La vida no es tan mala en el Merseyside.

Después, traslado a Manchester. Disque a buscar si hay Chicharomanía todavía. Lo único que encontramos fue un imponente Old Trafford cerrado, todas las tiendas de souvenirs cerradas (ahí le avisan a mi hermano) y a una cuadra, un pequeño bar con 20 lads viendo el partido. Ah sí, es que el United fue de visita a Londres, contra el Tottenham. (Sí lo sabía, pues.)

1-0 ganaba la visita, y en la compensación, desilusión total: gol del Tottenham. Reí por dentro. Pero ps los lads me caían bien, había desde universitarios-like hasta ancianos que vieron dirigir a Matt Busby (literalmente), pasando por un grupo de alegres holandeses, incluído un jugador del NAC Breda.

La quick-visit a Manchesta' nos dio un susto: los trenes a Londres en más de 120 libras. Terror. Después de una extensa búsqueda en internet, encontramos un camión 100 libras más barato, pero que sale a las 4:00 am. Más terror, pero la cartera nunca miente.

En la central de trenes de Picadilly nos recibieron en un restaurantito italiano hasta que, literalmente, el dueño salió con el corte de caja (vayan a Carluccio's. VAYAN). Después, camino a la estación de autobuses, tropezamos en un pequeño bar con rock de los 50's (Chuck Berry, Marvin Gaye, Ray Charles entre otras joyas, irreal) y una sidra con sabor pera de Suecia que valió cada pence gastado (vayan a Apotheca. VAYAN).

Pero aquí la ciudad sí duerme (tal como lo hace Laura mientras escribo, en espera de que salga el camión de regreso a Londres). Así que no queda de otra más que esperar.

A ver si aún hay nieve.

1 comentario:

Silvia A. A. "Vasconcelos" dijo...

Amo este viaje y sé que que los estas disfrutando muchísimo!