miércoles, noviembre 20, 2013

Reforma

Trato de recordar la tarde del 7 de enero de 2006. Si la memoria no me falla, llegué con pantalón azul de vestir, corbata (mi memoria no da para tanto, les debo el color) y un suéter, pese a que era sábado.

Como aún no tenía credencial, me anuncié en la entrada buscando a mi nuevo jefe, Héctor López Neri. Salió a recibirme y después del saludo me dijo que podía quitarme la corbata. Él traía pantalón de mezclilla y una playera con cuello tipo polo. Claro, la vestimenta en fines de semana era casual. No recuerdo qué lugar ocupé, si alguno de los tres que estaban asignados al área de internet de Cancha o el del reportero de deporte amateur, Adrián Basilio.

No era la primera vez que entraba a esa redacción. Mi padre trabajó en el periódico Reforma de 1998 a 2000 como encargado del área de Recursos Humanos. Pero ese día empecé mis prácticas profesionales en el diario donde quise estar desde la adolescencia, aún antes de que realmente quisiera ser periodista.

Mi periodo de prácticas acabó en agosto de ese año, después del Mundial de Alemania. El 2 de marzo de 2007 regresé, ya contratado, para iniciar formalmente una etapa laboral que duró exactamente tres años y dos días. Así que al día de hoy, puedo decir que fui parte del 15 por ciento de la historia del diario Reforma, por lo menos en la nómina.

No fue mucho tiempo. Tampoco tuve un puesto estratégico. Me tocó una época de estira y afloja en medio de la conversión al modelo digital. No todo fue color de rosa. Incluso puedo decir, sin abundar en detalles, que por primera vez ahí supe qué es llorar de rabia y frustración.

Pero pese a todo e incluso desde el 5 de marzo de 2010, mi primer día como su ex empleado, tengo muchas más palabras de agradecimiento y recuerdos buenos de esa etapa. Simplemente me fui el día que supe que ya no tenía nada más que hacer ahí. Reforma fue el primer sueño cumplido y concluido que tuve.

A la distancia los detalles se difuminan, pero el recuerdo prevalece y se enaltece. Reforma fue mi escuela de periodismo. Entré como un aprendiz y salí dispuesto a devorarme al mundo y consciente de que cada cosa que entraba a mi cabeza generaba otras dos que tenía que buscar.

Pero por sobre todas las cosas, hice amigos.

Mucha de la gente que trabajó conmigo en Reforma hoy está en otros medios. Una de las cosas que más me gusta es cubrir un evento donde el reportero de ESPN, Medio Tiempo, Terra, y el propio Reforma (además de fotógrafos de medios y agencias y hasta PR's) fueron mis compañeros de trabajo entre 2006 y 2010, y sentir que el aprecio que me demuestran es auténtico. No hay moneda ni cheque que pague eso.

Reforma es la mejor escuela de periodismo en México. De eso no tengo duda y lo compruebo día a día. Hoy cumple 20 años y me enorgullece haber sido parte de esa historia, que aún está en desarrollo.

Me siento agradecido por ello.

domingo, noviembre 10, 2013

A dos años de Cuba

Han de saber que del 6 al 9 de noviembre cada año me representa una especie de puente trágico. Entre efemérides (y desefemérides) familiares transcurren días donde me pueden ocurrir todo tipo de cosas que no precisamente son halagadoras.

El de este año fue de lo feo a lo irónico a lo verdaderamente funesto. De un breve nocaut de salud a un sepelio (realmente sin vela en el entierro) a sentir cómo mis planes laborales para 2014 se empiezan a ir por el excusado. Sí, feo.

Y toda esta vorágine me llevó a sentir una nostalgia durísima por Cuba.

Hace dos años quise evitar este puente con un viaje a la isla. El 7 de noviembre de 2011 tomé un avión a La Habana con regreso para el día 11. Tres semanas antes había terminado mi periplo de 50 días por todo México y, paradójicamente, mi estancia en Cuba me hizo entender mejor lo que pasaba en mi país.

Anoche, en un ataque justificado de insomnio, extrañé el clima tropical de La Habana, no porque no lo halle en México, sino por los recuerdos que me evoca.

Extraño el adoquín mojado de La Habana vieja a pleno sol, porque allá apenas deja de llover y abren las nubes; la sensualidad de sus mujeres plasmada en su forma de caminar, su tono de voz y la manera en que te miran a los ojos; mirar hacia el mar desde el malecón y tratar de entender que poco más allá del horizonte están Florida y el sueño de una mejor calidad de vida para quienes arriesgan su vida en el cruce; la mezcla de vehículos Cadillac de los años 50 y soviéticos de los 70 circulando en las calles.

Pero ante todo extraño a mis amigos de allá.

El 11 de noviembre, después de un largo y sincero abrazo a Alberto, Isabel y Leticia, ingresé con los ojos húmedos a la sala de abordar del aeropuerto José Martí. Nunca había sentido eso antes, aunque ya me volvió a pasar. Les prometí que volvería, pero no pude decirles que sería pronto.

Durante mis últimos tres días en Cuba, podría decir que Alberto, un taxista que debe tener más o menos la edad de mi padre, me adoptó. Salvo las noches, cuando me regresaba a mi habitación en La Habana Vieja, pasé el resto del día con él. Con una cerveza en la Marina Hemingway él encontró a alguien interesado en la historia y la actualidad cubana y yo encontré al guía que podía mostrármela. No fue un ejercicio periodístico, simplemente no me imaginaba ahí como un turista más.

Pude comprobar los aciertos y errores de la revolución cubana más allá de lo que presume el museo que la conmemora. Hay garantía de servicios de salud y educación, pero en lo general, el cubano, con un título universitario, gana menos de un dólar al día. No es un mito. También pude ver y tocar una libreta de suministros, que controla las raciones de alimentos que recibe cada familia por parte del estado. Ni así alcanza y hay que salir a la calle a buscar alguna otra manera de ingresar.

Extraño aquella tarde que inició en un modesto bar de las afueras de La Habana y que se prolongó hasta la noche en una casa platicando sobre beisbol con el padre de un seleccionado nacional, con un derroche de conocimiento que ya quisiera cualquier analista de Grandes Ligas.

Extraño la calidez con la que fui recibido por Alberto e Isabel y, por qué no decirlo, hasta extraño gustarle a alguien de la manera que me veía Leticia. El valor de las cosas tomó una magnitud muy diferente a la que estoy acostumbrado acá. Me ofrecieron una pequeñísima taza de café que para mí fue equivalente a 15 cafés de Passmar y un desayuno criollo cocinado por Isabel que, además del exquisito sabor, fue como comer en el escenario del Palacio de Bellas Artes. Porque la generosidad es un plato que prolonga su valor en el recuerdo.

Cuba fue un oasis en una época de desasosiego. Es un lugar donde, si existieran las mínimas condiciones para una buena calidad de vida, mucha gente pelearía por establecerse ahí.

Cuatro días malos bastan para entender que lo realmente importante no se compra.

jueves, octubre 03, 2013

'¿Qué hicimos todo este tiempo?'

Documentación. Según la RAE, documentar es probar o justificar la verdad con algo de documentos. Y una de las bondades de la fotografía es que entre la acción de disparar la cámara y documentar no hay un espacio de tiempo, solo lograr que la imagen haya sido bien captada.

No voy a torturarlos nuevamente con mi trauma infantil de la fotografía. (Si no saben de él, aquí está la historia.) A estas alturas del partido, a 10 años que tomé mi primer curso y que ya puedo jactarme de ser fotógrafo profesional, empiezo a ser consciente de que si llego a tener hijos, ellos serán acosados por una cámara.

Mi archivo digital está perfectamente organizado desde 2005. En realidad, buena parte de él son tomas análogas que fui digitalizando conforme se revelaron. Pero aún hay un acervo numeroso de imágenes impresas que guardé en una pequeña caja.

Saco todo esto a contexto porque mi amiga Cynthia me pidió hace algunos días que rescatara una foto que le tomé hace algunos (no quiero decir que muchos) años en la universidad. Mi pobre memoria me hace suponer que fue una que le tomé en blanco y negro y que esos negativos están aún en casa de mi madre, pero para quitarme las dudas, escarbé en esa caja de las impresiones viejas, aquellas de cuando creía que la fotografía no podía ser digital.

Encontré una foto que nos tomamos ella y yo en aquellas épocas, en el aeropuerto, cuando ella estaba por irse de intercambio a Dinamarca. Alcancé a recordar la escena, estaba su familia y quien hoy en día es su esposo. Entonces vinieron las líneas de la plática que más me pegaron:

C: Yo no puedo creer que ya tengo 2 hijas y voy a cumplir 8 (años) de casada. ¿Qué hicimos todo este tiempo?

Yo: Pues yo, trabajar y meterme con mujeres que no me convenían... Alguien en esta plática hizo las cosas mejor, y no fui yo.

Aquella fue la única imagen que encontré con ella. En el inter, vi eventos que ya escapaban de mi memoria. Esas despedidas en las que un año de intercambio en Europa sonaba a algo eterno, las fiestas de cumpleaños que podían terminar al amanecer, los bautizos de quienes hoy están a punto de la adolescencia, los bebés en brazos que hoy ya descubren la vida por sí solos, las parejas que ya no son parejas, los amigos que ya son residentes de otros países y los seres queridos que ya solo viven en la memoria.

Hagan de cuenta que estaba en la escena final de Cinema Paradiso, pero sin el erotismo de los besos.

Y una y otra vez me pregunté "¿qué hice en todo este tiempo?", ya sin margen para ironizar la respuesta como la que le di a Cynthia.

Los fotógrafos vamos aprendiendo como configurar el obturador y el diafragma, a encontrar el ISO adecuado, a encuadrar, a enfocar, a aprovechar la luz, a usar el lente adecuado, incluso a tener el reflejo para captar el momento exacto. En pocas palabras: a componer. Pero no nos enseñan a enfrentarnos ante nuestro material tras el paso del tiempo.

Ese es el riesgo de documentar. La nostalgia es perra.

Anoche me fui a dormir pensando qué hice en todo este tiempo y qué voy a hacer en lo que me resta de vida.

domingo, septiembre 15, 2013

La boda de mi mejor amiga II

No, no es el título de una película, aunque podría serlo. Pero pensándolo bien, ni siquiera es la crónica de una boda.

Puse este título porque ya hubo una primera parte, que fue de la boda civil; en este caso, la ceremonia religiosa solo fue un pretexto para hacer un corte de caja que me remite a la nostalgia de la última década.

Es recordar una tarde afuera de los vestidores de visitantes en el Estadio Olímpico Universitario cuando me la presentaron, sin que remotamente me pasara por la cabeza lo que vendría después.

Entre muchas otras cosas, fue mi primera gran modelo, la que aceptaba sin recelo posar ante mi cámara y sin miedo a que este novato echara a perder la imagen. Afortunadamente con ella me empecé a dar cuenta que medio le podía hacer bien a la fotografía y di por terminado ese trauma adolescente que por años me alejó del lente.


Fue la que me decía "esa mujer no te conviene" sin el más mínimo recato. Y aprendí a hacerle caso: siempre que lo dijo tuvo razón.

Fue con quien más me divertía de nuestra suerte de solteros permanentes, malos electores de parejas. ¿Por qué? Porque reírse de la desgracia propia es la mejor de las catársis. Es más, así de feo me vio cuando le tomé una foto "entrenando" para ser mamá.


Es además una experta en futbol. Una tarde en el Estadio Universitario de Monterrey, me señaló al jugador más suplente de Chivas y me dijo que él la iba a romper. Yo solo respondì: "¡¿Chicharito?! ¡¡¡¿¿¿ES NETA???!!!"

Evidentemente, le va a los Pumas.


Es el alma de las fiestas.


Este... Mmm... Sí, el rostro más expresivo que he conocido. Tan transparente que no te puede mentir.


La que no teme hacer desfiguros en las calles... de otras ciudades... (Ambas fotos en Monterrey, la de la izquierda en Barrio Antiguo y la derecha en Parque Fundidora. ¿Ya vieron el nombre del bar?)


La que tras cuatro años de vivir en otras ciudades me hizo entender que la distancia es relativa, que pueden pasar semanas sin hablarse o meses sin verse y que el verdadero vínculo permanece intacto.

La que no dejó de hacer caras ni siquiera el día de su boda civil...


¡Ni mucho menos en su boda por la Iglesia!


Pero también, la novia más radiante.


A mí no me conmueven tanto las bodas. Me conmueven los recuerdos. Apenas empiezo a recordar y mis fibras sensibles mandan señales al cerebro y este actúa sin vacilar sobre mis conductos lagrimales. Por eso se me humedecieron los ojos en cuanto empecé a evocar estos momentos que ven en fotografía y muchos otros más que no quedaron registrados. No siempre tuve mi cámara, pero sí mis ojos.

Ahí entendí finalmente después de casi 10 años que Dios me había dado una hermana y me permitió elegir a otra. La segunda estaba ante el altar entregando su vida a la de un buen hombre que está dispuesto a hacerla feliz, porque ella no merece menos que eso.

Y recordé que meses atrás, en un paseo por Coyoacán, después del civil, nos tomamos una de esas muchas fotos bobas que tenemos (no les voy a mostrar las otras, qué oso) ante la Fuente de los Coyotes y prometimos repetir ese ritual cada año impar, sin importar lo que nos deparara la vida. Aquí está, pues, la de 2013.


Ay, no, perdón, era esta...


Porque ya sabemos que por muy lejos que la vida te acerque o te aleje de alguien, los verdaderos vínculos nunca se rompen.

martes, agosto 20, 2013

Examen de residencia para chilangos

Estimado chilango: para obtener su licencia de residente en el Distrito Federal deberá aprobar este sencillo examen. Para resolverlo no se permite el uso de "smartphones" o cualquier otro tipo de herramienta tecnológica diferente.

No se preocupe, puede presentarlo cuando desee y el número de veces que quiera hasta aprobarlo. No somos tan gandallas.

1. Trace la ruta más corta (con menos transbordos y sin usar otro sistema de transporte) para llegar entre dos estaciones del Metro. Se asume que usted sabe a qué línea(s) pertenece cada estación.

Mixcoac a Indios Verdes
_______________________________________________________________
Periférico Oriente a El Rosario
_______________________________________________________________
División del Norte a Tepalcates
_______________________________________________________________
Niños Héroes a Bondojito
_______________________________________________________________
Universidad a Pantitlán
_______________________________________________________________


2. ¿Cuánto se incrementa el precio del pesero entre las 11:00 pm y 6:00 am? Se asume que usted entiende qué es un pesero.


3. ¿Qué significa dar atole con el dedo? Señale la opción correcta.
a) Que el dedo sirva como revolvedor del atole
b) Que te den o digan lo que quieres recibir o escuchar, aunque no sea lo correcto o necesario
c) Servir atole a goteo con un dedo

4. ¿En que avenida se encuentra Muebles Troncoso y por qué son famosos?


5. ¿Cada cuántos metros se incrementa el precio en un taxímetro? Se asume que usted sabe qué es un taxímetro.


6. ¿Dónde está “la Esquina de la Información” y qué medio de comunicación se encuentra ahí?


7. Describa de la manera más clara posible a los siguientes personajes urbanos
Limpiaparabrisas ________________________________________________
Organillero _____________________________________________________
Ruletero ________________________________________________________
Emo _____________________________________________________________


8. ¿Dónde están los tacos El Chupacabras?


9. ¿Cuáles avenidas cruzan en el Ángel de la Independencia?


10. ¿En qué sección del Bosque de Chapultepec se encuentra…?
a) El zoológico _______
b) La feria ____________
c) El lago _____________

11. ¿Qué colonia de nombre de ciudad italiana tiene calles con nombres de ciudades mexicanas?


12. ¿Qué colonia de nombre de ciudad italiana tiene calles con nombres de ciudades estadounidenses?


13. ¿En el cruce con qué calle inicia y con qué otra acaba la calle de Amsterdam en la Condesa?


14. Mencione 5 equipos de futbol que en algún momento tuvieron como sede el Estadio Azteca. Se puede incluir equipos que ya no existan.


15. Indique qué avenida desemboca en las autopistas que salen de la Ciudad de México hacia...
Pachuca _________________
Puebla __________________
Cuernavaca ______________
Querétaro _______________
Toluca __________________

16. ¿En qué delegación se encuentran las cafeterías El Jarocho?


17. Describa de la mejor manera posible qué significa la palabra "garnacha".


18. ¿Cuál es la estación del Metro más cercana a la Basílica de Guadalupe?


19. Apodo con el que es conocido el Jefe de Gobierno del Distrito Federal entre 2000 y 2006.


20. Usted se encuentra en el Monumento a la Revolución, se da cuenta que olvidó su cartera, tiene solamente tres pesos en el bolsillo, no tiene coche y debe llegar a la Central de Autobuses de Observatorio... Después del golpe de estrés, ¿cuál es la ruta a seguir para llegar a su destino?


(Respuestas en la sección de comentarios.)

miércoles, agosto 14, 2013

Sobre por qué Cinema Paradiso es la mejor película de la historia

SPOILER ALERT: Si nunca has visto Cinema Paradiso, detente aquí. No cuento la película, pero sí algunos momentos puntuales de la historia. Sobre advertencia no hay engaño.

Había visto no menos de cinco veces Cinema Paradiso, incluida la versión del director, pero cuando llegó a los cines en México yo era muy pequeño. Veinticinco años después de su estreno, pude darme el lujo (“lujo” es un decir, el boleto me costó menos de la mitad de uno para una cinta comercial) de verla en una sala grande, como las antiguas, como lo merece. Creo que hasta que entramos a la sala entendí que este era uno de esos momentos por los que había esperado toda mi vida sin pensar que realmente pudieran pasar.

No soy experto en cine, lo poco que sé ha sido gracias a juntarme con gente que sabe (o que dice que sabe). Seguro alguien brincará por lo que voy a decir y me guiarán a cine oculto y nada comercial (de arte, le dicen) o a una temática del estilo de Trainspotting. Adelante, se vale. Pero para mí, Cinema Paradiso es la mejor película de la historia y lo voy a argumentar a continuación con 10 puntos.

1. Porque encierra la visión de un gran cineasta sobre el cine. No hace falta hablar con Giuseppe Tornatore para entender que fue su tributo personal al cine, que Toto fue en buena medida una representación de su ser y Alfredo la influencia del cine en su vida, como la de un padre.

2. Porque sin quitar un ápice de la magia del cine, exhibe personajes reales, de la vida cotidiana. Ni Toto, ni Alfredo, ni el dueño del cine, ni su madre, nadie tiene una vida de ensueño, son gente que trata de sobrevivir ante la incomunicación con el mundo exterior y el paso del tiempo.

3. Es divertida: Tornatore se preocupó por moldear cada personaje hasta el último detalle. En el caso de los incidentales, les dio una personalidad divertida y entrañable.

4. La música: Ennio Morricone es el gran músico del cine a nivel mundial. No, nada de John Williams. Ennio Morricone. Si ves la película, vas a tener pegada la música en la cabeza por días.

5. La fotografía: después de verla, ¿quién de ustedes no tiene ganas de conocer Giancaldo?

6. La escenografía: cada emoción vertida en la película va acompañada de un espacio ideal para ella. ¿Cómo se explican que el único momento en el que aparece una calle en ruinas es cuando Toto y su madre se enteran del fallecimiento de su padre?

7. Hace una excelente crítica sobre el paso del tiempo. Del viejo al nuevo cine a un estacionamiento. El precio de la modernidad es el olvido.

8. Porque enseña que no todas las historias de amor son felices, pero sí conmovedoras.

9. Valora la experiencia de vida de un hombre por encima de su nivel educativo. Alfredo, un hombre prácticamente analfabeto, guía a un pequeño con la sabiduría del padre que nunca tuvo, incluso en el desapego.

10. Reivindica el final feliz de una película: Cinema Paradiso tiene, por mucho, el final más conmovedor en la historia del cine. Si terminar una cinta con un beso se volvió un cliché hace muchos años, Tornatore lo revivió para convertirlo en arte. Todo está en el contexto de la historia.



Y de pilón, cortesía de mi atinadísima acompañante, Laura (mejor compañía, absolutamente imposible), el punto número once:

11. Nos muestra la infancia como metáfora de un estado mental donde importan los sentidos: donde no nos abruma el trabajo, donde no nos importa la economía y nos acordamos de que lo que importa es un beso, una mirada o una frase robada de John Wayne.

sábado, agosto 10, 2013

El futbol artificial

Empecé a jugar futbol hace 25 años por insistencia de mis padres. Era un niño muy delgado, cuasi enclenque (Dios, quién me viera ahora) y con algo de inseguridad.

Recuerdo que mi padre me insistía mucho en que jugara como delantero para que metiera muchos goles. No es que no me gustara la idea, pero me preguntaba qué tenían de malo las otras posiciones como para semejante clamor paterno. Me hallaron en una posición que hoy ya no existe, o mejor dicho, ya nadie usa, la de extremo por derecha. No sería el máximo goleador del equipo, pero de vez en cuando me tocaría.

Evoco estos recuerdos porque las últimas semanas he visitado la escuela en la que me formé y, por tanto, aquella cancha donde empecé a jugar. En aquel ya lejano 1988, el campo sufría por falta de mantenimiento y tenía grandes huecos de tierra en el centro y en las áreas; un par de años después, se invirtió para tenerla impecable, al grado que el Atlante llegaba a entrenar ahí en ocasiones; hoy es de pasto artificial.

El paso del tiempo es implacable y, como dijo mi primer Sensei, Mario Castillo, el precio de la modernidad es el olvido. Retirar el pasto natural para colocar sintético obedece a una premisa de reducción de costos de mantenimiento. En esa cancha donde anoté mi primer gol y conocí la gloria del triunfo, ahora se levanta caucho en lugar de tierra.

Todo este preámbulo sirva como analogía de mi vida alrededor (que no necesariamente dentro) del deporte. En esas épocas infantiles, mis recuerdos de los domingos eran chutarme una hora de Chabelo, pues me despertaba irremediablemente a las 7:00, luego ver el partido del Nápoles con Maradona, seguido del Real Madrid con Hugo y terminar al medio día con alguno de México, preferentemente de los Pumas.

Me enamoré del deporte por vía del futbol. En la escuela también practiqué basquetbol, voleibol y atletismo, pero ninguno en fases competitivas. En la adolescencia jugué tenis y handball, pero el futbol fue una constante, aunque ya de manera recreativa después de los 12.

Ahora trabajo en medios, especialmente en secciones de deportes. De 2006 a inicios de este año, solo un día trabajé en algo diferente: aquel 4 de noviembre de 2008 cuando Barack Obama fue electo presidente de Estados Unidos y cayó el avión con Juan Camilo Mouriño, entonces Secretario de Gobernación, en calles del poniente de la Ciudad de México.

Mi gusto por el futbol ha disminuido dramáticamente desde mi entrada a los medios. Yo era ese tipo de aficionados cuyo estado de ánimo dependía del resultado de su equipo. Eso está terminando. Algunos pensarán que es madurez, yo no estoy tan seguro todavía, especialmente porque todo ese tiempo que dedicaba para leer historias, datos y curiosidades de futbol, desde hace varios años lo aplico ya para otros deportes, solamente diversifiqué el panorama. Hoy puedo contarles en tiempo real una historia perfectamente contextualizada donde un taekwondoín mexicano le gana al estadounidense con la misma pasión con la que habría narrado el triunfo de David sobre Goliat, porque más o menos eso significó que un jovencito de 20 años de nombre René Lizárraga le ganara al quíntuple campeón mundial Steven Lopez, aunque jamás en mi vida me he puesto un dobok ni he pisado un tatami.

En cambio, no he visto un partido de la Selección Mexicana desde la derrota en la Copa Confederaciones contra Brasil. No vi el juego contra Japón ni un minuto de Copa Oro. En la Liga Mx, solo he visto a ratos partidos de los Pumas, pero las decepciones han sido peores. Eso sí, me aventé gustoso el Real Madrid vs Chelsea, aunque apenas fue de pretemporada. Mi gusto por el balompié europeo está intacto.

Pienso que el campo donde empecé a jugar es una analogía de lo que le ha pasado al futbol en México. Primero un desastre; luego encuentran la piedra filosofal de la comercialización, el fondeo, una adecuada asignación de recursos y llegan los resultados: dos títulos mundiales Sub 17, un oro olímpico, reconocimiento internacional del nivel de la selección mayor; luego el exceso de avaricia que hace que todo se vea artificial.

Recuerdo aquellos partidos de Eliminatoria Mundialista hace 20 años en el Estadio Azteca, una verdadera fiesta en la tribuna y en la cancha: goleadas sobre Canadá, Honduras y El Salvador con gradas a reventar por un público que no paraba de apoyar. El pasado 26 de marzo tuve el mal tino de ir al México vs Estados Unidos, un marcador de 0-0 y un público más preocupado por sacarse la foto para el “Face” (Dios mío, no digan “Face”, hace parecer que sus mentes también están en diminutivo) y por gritarle “puuutooo” al portero rival en cada saque de meta. Eso pasa cuando subes el precio de los boletos a cantidades elitistas en un país donde la gente primero tiene que resolver cómo comer antes de tener una tarjeta de crédito. Prometí no regresar al Azteca en mucho tiempo por tan vergonzoso y artificial espectáculo.

Alguien en México ya olvidó que el pueblo fue el que le dio popularidad al futbol.

Hoy la Selección Mexicana de futbol ya no representa al país, sino a las marcas que lo patrocinan. No han colocado sus logotipos en la playera porque la FIFA lo prohibe. Muestra de ello es el timeline de su cuenta de Twitter (@miseleccionmx) donde la mayoría de sus tuits están pagados. Y ni qué decir de los comerciales, donde muchos jugadores han dado mejores actuaciones que en la cancha. De hecho, sabemos que los futbolistas convocados al Tri deben firmar un contrato por el cual ceden su imagen (al parecer sin recibir paga por ello) para los patrocinadores.

La Selección Mexicana de futbol ingresará 250 millones de dólares en el periodo entre 2010 y 2014, de acuerdo al presidente de la FMF, Justino Compeán. Una nota de ESPN firmada por Héctor Quispe valúa una inversión de 600 millones en 8 años entre los ingresos del Tri por ventas, patrocinadores y televisoras, que se iría a la basura si no se clasifica al Mundial de Brasil.

Pero al aficionado eso no le importa. Él lo que quiere es disfrutar de un buen partido, ya sea en el estadio o desde su televisor. Y cuando el espectáculo es malo, no hay millones de dólares en el aparador que le impresionen.

Confieso que regresar a aquella cancha de mi infancia, aún al verla artificial, me hace suspirar de nostalgia, no por lo que hay, sino por lo que hubo. Así también me pasa cuando volteo a ver un poco del pasado de nuestro balompié, desde aquellas mañanas de domingo. Pero mientras el futbol mexicano se vea artificial, puedo voltear a muchas opciones más, a buscar la historia en el chico de 20 años que le ganó al Michael Jordan del taekwondo o en el jamaiquino parrandero que corre más rápido que nadie.

Porque la victoria se vive igual en cualquier deporte. Y en cualquier aspecto de la vida.

lunes, julio 22, 2013

Mi batalla de Puebla

Ir a Puebla es arriesgarse a que la travesía sea sublime o patética, sin medias tintas. Al menos para mí.

¿Muestras? Entre las patéticas, aquella vez que mi padre y yo tardamos 8 horas de regreso por una llanta ponchada, un trailer volteado en la carretera y un diluvio que lo inundó todo a la entrada al DF; y la mítica crónica del ñoñobús (de verdad no se la pierdan, la acabo de releer y es una puta joya). Entre las sublimes, mis victorias ante el andamio y mi aguda acrofobia; además de la penúltima, apenas en marzo, que fue fugaz pero productiva y hasta saqué unas fotos del centro que se morirían por ver (otro día se las enseño).

La última entra en el primer y desafortunado rubro.

Con un mes de anticipación planeé ir a Puebla al Mundial de Taekwondo. Conseguí acreditarme a cambio de cubrir para el sitio web de una amiga, sonsaqué a una gran compañera de viaje y puse la fecha para el día en el que María Espinoza fuera por su medalla, que era el viernes pasado. Plan perfecto.

La noche previa mi compañera canceló por motivos laborales. Equis, no pasa nada... Ya en la mañana, después de un inusual tránsito perfectamente fluido en la capital salí a carretera a eso de las 10:00. La autopista fue rápida, con los usuales 45 minutos entre las dos casetas. Ya cerca de Puebla volteé a mi derecha esperando ver al Popocatépetl en todo su esplendor con la fumarola del día... Y nada, en su lugar un banco de nubes.

Estacioné el coche a un lado del Estadio Cuauhtémoc, ya que habrían camionetas que iban de ahí constantemente al Centro Expositor, sede del evento. Recogí dos boletos de respaldo que había comprado por internet y me subí al transporte. Saco el teléfono, abro el Twitter y oh sorpresa, me entero que María Espinoza había quedado eliminada en primera ronda. ¡TRAGEDIA! Una hora después me enteré que no fui el único reportero que no llegó a ver ese combate, ya que nadie contaba con que perdiera en la sesión de la mañana.

Mi principal motivo para ir a Puebla, ver a María ganar una medalla de Campeonato Mundial, tirado al suelo sin que yo siquiera haya llegado. Así es el bendito/maldito deporte.

Al llegar al Centro Expositor y comprobar que los voluntarios no tenían idea de donde estaba la gente de prensa, finalmente di con ellos para pedir mi acreditación. ¿Y qué creen? Que no estaba. La solución fue darme una temporal que tenía que regresar al final de la jornada. Me daba lo mismo. El único detalle es que teóricamente no tenía acceso a las zonas de combate para tomar fotografías.

Para ese punto ya me había encontrado a colegas y ex compañeros del periódico donde trabajé, la primera buena noticia del viaje. La segunda fue encontrarme a mi ex jefe (el que me contrató en aquel periódico), quien finalmente se quedó con los boletos que había comprado. Entré a la sesión de las 2:00 con la certeza de que el único mexicano que seguía con vida no tardaría mucho en ser eliminado. No fallé, Ocelotzin Sánchez ganó su primer combate, pero quedó fuera en el segundo. Mientras, no tuve problemas para ingresar a la zona de los tatamis y me di un festín para tomar fotografías, ya muy pocas informativas (solo las de los combates de Ocelotzin) y más enfocado en detalles y aspectos. Si son fotógrafos deportivos y nunca han tomado taekwondo, sus vidas no están completas.

Hasta ese momento parecía que la cosa iba mejorando. Ya sin mexicanos en combate, preparé mi nota y la mandé con fotos sobre el triste día para los peleadores anfitriones en el Mundial. A las 5:30 oficialmente ya había terminado mi trabajo. Con un bonche de buenas fotografías opté por no quedarme a la sesión de las Finales, que iniciaba a las 7:00. Busqué a mi ex jefe y me despedí de los colegas. A las 6:10 estaba fuera del Centro Expositor.

Esperé media hora la camioneta que me llevaría de regreso al Estadio Cuauhtémoc por mi coche. Cuando llegó, el chofer (que era diferente al de la mañana) me dijo que ahí no me podía recoger, que tenía que ser al otro lado del Centro Expositor y que para ello tenía que volver a entrar. Le dije que no podía porque dejé mi acreditación temporal. De poco sirvió pedirle el favor, no quiso. En el sitio de taxis me ofrecieron llevarme por 40 pesos, por un traslado que tardaría de 5 a 10 minutos. No acepté. Mi lógica chilanga dice que un taxi de la calle es más barato que de sitio, así que caminé un poco y tomé uno que esperaba no me cobrara más de 30, ya exagerado.

Noté que los taxis de Puebla no usan taxímetro. Increíble, pero cierto. El taxista parecía amable, platicamos del Mundial, todo fue risa y alegría hasta que llegamos y me quiso cobrar 70 pesos. ¡70 PESOS! Le di 50, porque no traía más y además ya estaba harto. Tomé mi coche y me apresuré a la carretera, eran ya pasadas las 7:00.

La fila para la primera caseta era de dos kilómetros. Respiré profundamente y recordé que en las gasolinerías hay un Italian Coffee, así que me estacioné en la primera para pedir un Frióreo (frappé con galleta óreo, orgásmico) que me bajara el coraje y el estrés. Y vaya sorpresa, solo aceptaban efectivo. Y la gasolinera no tenía cajeros. Ni modo, perdieron un cliente (enojado y estresado).

(Por cierto, el Popo seguía oculto entre nubes.)

Al subir al coche reflexioné que podía ser peor, podía terminar accidentado en la carretera por mi nublada razón, así que apliqué mis improvisadas técnicas de estado zen para calmarme y emprendí el camino de regreso.

Tras la primera caseta todo fluyó. La entrada al DF me fue benévola y me sentí tan feliz como cuando regresé de aquel viaje de 50 días por todo el país. Extrañé igual a mi ciudad, aunque solo estuve 10 horas fuera. Ni siquiera el tráfico de viernes por la noche para entrar a Churubusco me pareció malo.

Poco después me reencontré con la compañera que no me pudo acompañar al viaje. Le sugerí que diera gracias a la vida por no haber ido. Terminamos cenando unos tacos del Chupacabras con dos amigos más y todo volvió a ser normal y feliz.

Hasta que recordé que ni siquiera me comí una cemita en Puebla.

miércoles, julio 10, 2013

Ofertas de trabajo para periodistas

Evito poner los nombres de medios y/o empresas que ofrecen, así como de contacto... porque soy tu amigo, querido lector/lectora.

Las vi publicadas hoy.

Se busca becario menor de 23 años para medio impreso a nivel nacional, con experiencia en realizar entrevistas, cubrir eventos y conferencias de prensa, excelente redacción y ortografía, con visión de que realizará actividades realmente de reportero, nada que ver con la escuela, sino la vida real.

Interesados mandar CV a: xxxxxx@xxxxxxxxxxxx.com.mx (Abstenerse, los interesados en política, deportes, cultura, televisión o radio) Beca de 2 mil pesos. La zona de trabajo es San Ángel.


El periódico XXXXXXXX, con más de 70 años de experiencia, perteneciente a la XXXXXXXXXXX (XXXX), busca urgentemente practicantes profesionales para la versión web que tengan conocimientos en futbol y de preferencia de otros deportes.

Buena redacción, excelente ortografía, conocimiento de redes sociales y ganas de aprender.

No hay apoyo económico, pero el horario es muy flexible y negociable. Turnos matutinos, vespertinos y de fines de semana. Al terminar sus prácticas se les otorga carta de recomendación y existe la posibilidad de ocupar una plaza.

Interesados por favor, envíen su CV a xxxxxxxxxx@xxxxx.com en atención de XXXXXXX XXXXXXX XXXXXX. Gracias.

Pueden sacar sus conclusiones.

lunes, junio 24, 2013

Desde la plataforma...

A 10 metros de altura la percepción cambia. Y el miedo aparece.



Siempre es más difícil la primera vez, como le pasó a Natalia. El chiste es aventarse.

lunes, junio 17, 2013

La chica que grabó en un microbús

Llevo algunas semanas leyendo "¿Hay vida en la Tierra?" de Juan Villoro. Creo que eso lo consigné en un post pasado, pero lo saco a colación porque no recuerdo una lectura que haya disfrutado más durante mis ya frecuentes travesías en transporte público.

Villoro hurga mediante sus vivencias personales (o al menos así las presenta) en todas aquellas rarezas que nos definen como mexicanos sin que aparezcan en una clase de historia del arte o identidad cultural. El ingenio nacional bien podría ser visto como afrentas a la sensatez vistas desde fuera, pero aquí adentro son simples expresiones de la cotidianeidad.

La conexión con el transporte público es que aún pegado al libro, es imposible dejar de percibir varias historias particulares sin la necesidad de una narrativa ajena. Hace un par de días se me ocurrió escribir esto en mi perfil de Facebook: "Chica en el tren ligero. Rubia, cabello ondulado y bien peinado, ojos grandes y cafés, piel blanca con algunas pecas discretas, guapa... ¡y sin usar maquillaje!... ¡¡¡Y leyendo!!! Husmeo de reojo y la primera línea de la página que lee, digna de literatura tipo Sanborns... Oh decepción." Lo que me llevé fue un sonoro reclamo social (curiosamente por gente con pareja en todos los casos) y un muy justo regaño porque originalmente escribí "huzmeo", con "z". La presión llegó a tal grado que tuve que aceptar que el breve relato fue tapizado por una ligera dosis de ironía: la chica efectivamente existió en aquel vagón del tren ligero con todas las características descritas y también la única línea que husmeé (revisado en la RAE) de su libro (se llama La Cabaña) me hizo pensar que era algún escrito de Carlos Cuauhtémoc Sánchez (el autor en realidad es William Paul Young), pero omití algo: rara vez una rubia llama mi atención como para pensar en una mínima posibilidad de apareamiento. Lo hice porque al hacerlo el relato perdía chiste.

Ayer, domingo, después de una intensa jornada de trabajo de 10 horas (cobertura de una carrera atlética y elaboración de nota informativa y video de color), tuve que ir a casa de mi hermana para festejar el día del padre. Opté por tomar la ruta larga pero que me garantizaba tener un asiento para poder sentarme y seguir en la lectura a Villoro. Así tomé un microbús que me dejaría en el metro Coyoacán, luego me dirigiría a la estación Insurgentes de la línea 12 (previo transbordo en Zapata) y finalmente metrobús al WTC para caminar el tramo final en la colonia Nápoles. Poco práctica la ruta, pero yo quería leer y pensé que en domingo el pesero haría menos tiempo por el poco tránsito.

La última aseveración fue incorrecta: el tiempo que pudimos ahorrar fue ocupado para hacer base en varios lugares y que el chofer tratara -sin mucho éxito- de subir más pasajeros. En el primer asiento del lado derecho, una señora en sus 30, pero ya amatronada, trataba de controlar -con menos éxito- a dos niños que, asumo, eran sus hijos. En pocos minutos pude interpretar que eran familiares del "operador de la unidad". Los chilpayates no solo no se callaban, sino que se esforzaban por subir el volumen de sus gritos.

Enfrente del Estadio Azteca subió una chica de piel blanca (similar a la rubia por la que me lincharon socialmente), pero cabello café oscuro, lacio y despeinado; playera gris, pantalón negro y lentes oscuros (está comprobado que la función de unos lentes oscuros es engañar a la percepción con la idea de unos ojos bonitos, aunque estén ocultos). Se sentó adelante de mí, sacó su iPhone y empezó a grabar el recorrido del microbús.

Sí, lo leyeron bien: la chica, de -calculo- unos 27 años máximo, grabó la calle desde su asiento. De repente hacía paneos bruscos hacia los pasajeros de los asientos del lado derecho (estábamos del izquierdo), pero no volteaba hacia atrás. Yo seguía leyendo a Villoro que me tenía fascinado con la historia de un inútil regalo de bodas que dio y que terminó como trofeo para un premio literario. Pero la grabación de la chica me llamaba más la atención. ¿Qué propósito podía tener? La ruta no tiene nada realmente llamativo acaso hasta cruzar el centro de Coyoacán. En un cruce sobre División del Norte pude ver como grabó a dos niños vestidos de payasitos pidiendo propinas y ellos le correspondieron con una sonrisa a la cámara. Eso llamó todavía más mi atención.

Opté por guardar a Villoro en la mochila (asumo que él habría hecho lo mismo) y puse más interés en la desconocida. Pude notar que en su despeinada cabellera ya se notan algunas canas (soy raro, me gustan las canas en las mujeres), más discretas que sus pecas; su brazo derecho tiene pintadas tres líneas (verde, roja, verde) a manera de brazalete, equidistantes y con alguna palabra en letra manuscrita pero que no pude alcanzar a leer con precisión; llevaba una bolsa verde bandera que a mi parecer no combinaba con su ropa; ah, y una lata de Coca-Cola.

Supuse que ser periodista con experiencia en productos de video podría abrir una línea de interacción con ella. Estaba por preguntarle si su teléfono tomaba video de buena calidad y de ahí ver qué pasara, con posibilidades desde que me abriera espantosamente hasta que me diera su número telefónico o alguna opción de contacto, lo cual habría sido un triunfo por la proximidad de mi destino. Solo había que esperar a que terminara de grabar.

Pero eso nunca pasó.

La chica no paró de grabar y, después de haber trabajado en televisión, tengo por regla no interrumpir una grabación para no contaminar el natsound. Pensé que en algún momento le pondría stop, pero antes de eso bajó justo frente a la iglesia de San Juan Bautista, en el centro de Coyoacán... Y sin dejar de grabar.

Una cuadra más adelante el microbús volvió a hacer base por 15 minutos para que solo subieran dos personas y la señora y los niños seguían su gritería sin el más mínimo recato. Y peor: recordé que había trabajado 10 horas por solo hora y media de sueño la noche previa, patrocinada por el temblor que sacudió el centro de México. Eventualmente, ya sin noción del paso del tiempo, llegué a la cena con mi padre y mis hermanos.

Y también empecé a entender por qué sigo soltero.

martes, mayo 28, 2013

Los 37 segundos más largos de la historia

El domingo, a eso de las 11:00 de la noche, le agradecí dos cosas a la vida: no ser aficionado a Cruz Azul y no tener a uno cerca en ese momento.

Desde aquel 4 de mayo de 1988 que pisé por primera vez un estadio de futbol hasta ese momento, jamás había visto una derrota tan desgarradora en un campo del deporte que sea. Amén de las proporciones, quizás sólo comparable con la Final de la Champions League de 1999, cuando el Manchester United le ganó 2-1 al Bayern Munich con dos goles en la compensación. La diferencia, es que el Bayern no tenía en ese momento el antecedente tan profundo de Finales perdidas del Cruz Azul.

En los últimos tres lustros, Cruz Azul no se convirtió en sinónimo de derrota, sino de apestado, el ya merito, el chico que está a punto de besar a una chica rendida a sus pies y le vomita. Y en la capital mundial de los jodones, no tengo que ilustrarles el bullying que sufren sus jugadores y aficionados.

Repasemos: un equipo con 15 años y medio sin ser campeón, mucho para una institución que en los años 70 se acostumbró a ganar todo; con cuatro Finales de Liga, una de Copa Libertadores y dos de Concacaf perdidas y además de maneras inverosímiles. Desde la primera, que no había manera de perder y que el Pachuca, un equipo segundón en aquella época (del verbo un año estoy en Primera y otro en Segunda) les ganó con un gol de testículos (literalmente) de Alejandro Glaría en tiempo extra; aquella de Copa Libertadores, donde todo México se puso la bandera celeste y caen en casa (prestada, el Azteca) en la ida, pero logran lo improbable en Buenos Aires, vencen a Boca en la Bombonera y al final les cae el estigma mexicano de los penales; no digamos aquellas contra Santos y Toluca por la Liga, donde se convirtieron otra vez en la excepción a ese proverbio de "caballo que alcanza, gana", porque alcanzaron y primero con un gol en los últimos minutos (de Emanuel Ludueña contra Santos) y luego otra vez desde los once pasos (contra Toluca) volvió la tragedia.

¿Le sigo? Aquella Final de Concacaf contra Pachuca (otra vez, otra vez el maldito Pachuca), donde a un minuto del Mundial de Clubes, al 93', Édgar Benítez marcó y los Tuzos viajaron a Japón gracias al gol de visitante que marcaron en la ida (los locales ganaron 2-1 en el Azul y 1-0 en Pachuca).

Ya, ya, ¡ahí muere! Pues no, no fue suficiente...

Hace un par de meses Cruz Azul encontró un pequeño bálsamo al ganar el torneo de Copa, aquel que todos han despreciado, como la niña de los brackets en la fiesta, pero que para la afición azul fue celebrado con vítores dignos de un general romano que regresa de batalla. De repente la Copa pareció ser importante.

Pero el efecto sólo duró dos meses. El impulso psicológico de haber ganado algo, aunque fuera un beso de la niña con brackets, levantó a Cruz Azul de manera insospechada, de un mediocre torneo de Liga empezaron a ganar todos sus partidos, los clamores que pedían la renuncia de Memo Vázquez ahora se pronunciaban por un contrato vitalicio y, lo que no pasaba ya, su afición regresó al Estadio Azul.

El destino puso a Cruz Azul, en su mejor momento futbolístico y psicológico de sus últimos 15 años, en una Final contra su rival acérrimo. Más aún, ganaron la ida 1-0 en el Azul pese a resistir un bombardeo en su portería similar al nazi sobre Londres. Con ventaja llegaron a su antiguo hogar, el Estadio Azteca, donde sí fueron invencibles en los 70. Empieza el partido, América sufre una expulsión de un defensa y Teófilo Gutiérrez anota por Cruz Azul. Dos a cero el global y con un hombre más en el campo: ya no cabía lugar a dudas, Cruz Azul tenía que ser campeón.

Pero si las tragedias de las siete Finales anteriores y sus desafortunadísimos desenlaces no fueron suficientes, el dedo de Dios bajó a la cancha del Azteca. El domingo quedó claro que Dios no le va al Cruz Azul.

Al minuto 88, Aquivaldo Mosquera cabecea al infinito y el balón techa al infranqueable Jesús Corona. Lo que la artillería azulcrema no pudo hacer en 178 minutos, el azar lo logró. América estaba vivo, aún aleteaba.

Y al minuto 92 de 93 que debía durar el juego por lo dispuesto en la compensación, un tiro de esquina es cabeceado por Moisés Muñoz (¡sí, el portero del América!), el balón es desviado por Alejandro Castro y lo que debía ser una salvada de rutina para Jesús Corona terminó en las redes. 92 minutos y 23 segundos marcaba el reloj, Cruz Azul se quedó a 37 segundos de ser campeón ante su más odiado rival, en su cancha, y lo evitó un gol del portero rival. Dios no solo no le va al Cruz Azul, sino que además lo manifiesta con un humor muy negro.

Milagrosamente América no anotó a Cruz Azul en los tiempos extra. La Máquina se descarriló por completo, salió a jugar por inercia, con los brazos caídos y las caras largas. La derrota era inminente, cuestión de tiempo. En los penales, los rostros de Javier Orozco y Alejandro Castro (otra vez Alejandro Castro) fueron evidenciados por sus cobros: tragedia.

Pero si el portero evitó la derrota del América, tuvo que ser su jugador más castigado y bulleado de la historia, Miguel "todo es culpa de" Layún, quien pusiera el punto final. La catársis no estuvo destinada a Cruz Azul, de hecho, la historia no fue suya, aún con la villanía del "ódiame más", América salió con la victoria y Layún lavó sus culpas. La épica se vistió de amarillo y azul y la Máquina, de acuerdo a lo que propone la tragedia griega, ha sido enviada a un éxodo, no físico, sino histórico.

Paradójicamente, si el gol de visitante hubiera contado como criterio de desempate, como en aquella Final de Concacaf ante Pachuca, habrían sido campeones. Ni el reglamento estuvo de su lado.

Hoy me queda claro que Dios monopolizó el azul celeste sólo para su cielo y para el mar, pero no para la vida terrenal.

Burlarse de Cruz Azul ya resulta un acto de crueldad, pero la crueldad emocional es parte de la vida nacional, algo más que hoy le podemos acreditar a #TodoEsCulpaDeLayun. Pocos nos detuvimos ante el tentador gozo de fastidiar al prójimo.

Ahora la Máquina tendrá que esperar los 37 segundos más largos de la historia para volver a ser campeón.

jueves, mayo 16, 2013

jueves, mayo 02, 2013

Vivir a inicios de los 90

Recuerdo que a inicios de los años 90 no teníamos teléfono en casa. Lo asolado de la zona donde vivíamos tenía como efecto, entre muchos otros, que la cobertura de los cables de Telmex no pasara por aquí.

El motivo era que vivíamos (y aún vivo) sobre el Periférico en una zona donde sólo había dos conjuntos habitacionales en un tramo de tres kilómetros. Algún reglamento urbano prohibía colgar cables que cruzaran la avenida y por tanto la solución habría de llegar de muy lejos, digamos, Xochimilco. Pero claro, eso no era rentable para la compañía telefónica adquirida por un magnate que recién ingresaba a las listas de multimillonarios de Forbes: un tal Carlos Slim.

Otra solución planteada era colocar cables subterráneos que cruzaran el Periférico, pero eso generaría una obra que afectaría a miles de automovilistas por beneficiar a seis casas en condominio y una veintena de departamentos. Absurdo. Finalmente la sensatez venció a los reglamentos urbanos y se colgó un cable a la altura de los puentes peatonales de la zona y asunto arreglado: antes de quebrar el hilo de cobre un camión se quedaría atorado en el puente de concreto.

Teníamos teléfono.

Fue tanta la espera e insistencia de mi madre y vecinos que hasta recuerdo claramente el número que nos fue asignado esa vez: 673-3214. Vaya, ni siquiera se había integrado el 5 a la numeración. No temo publicarlo porque ese número ya lo perdimos, desconozco qué haya pasado con él, quizás ahora pertenece a una pizzería o a una agencia funeraria. Es más, entre ese y el actual ya tuvimos otro que no recuerdo. Así de grande fue nuestra alegría por integrarnos a la civilización: aún permanece en la memoria.

Era quizás el único niño de mi escuela, de gente relativamente acomodada y preocupaciones más triviales, que no tenía teléfono en casa. Recuerdo que para cualquier llamada a mis compañeros, mi madre me acompañaba a cruzar el susodicho puente peatonal para usar el teléfono público. Evidentemente recurría a eso sólo si era estrictamente necesario. Tal vez desde entonces generé esta inconsciente aversión que tengo a llamar por teléfono, a la fecha lo sigo haciendo sólo si es estrictamente necesario, y a veces ni siquiera por eso.

Esas eran mis formas de comunicarme con el mundo a finales de los 80 e inicios de los años 90, en una época donde internet no era del dominio público y los teléfonos celulares eran un tabicote que podía pasar por arma blanca, algo inventado por un loco y que seguramente no tendría éxito.

Ayer tuve mi primer recuerdo de aquella vida, a unos veinte años de distancia. Desde hace una semana no hay línea telefónica en casa, que para mí no es mayor problema por mi aversión a usarlo, pero para mi madre sí es un asunto de terror: ella no dejó esa costumbre adolescente de hablar a quién sea, por lo que sea y en dónde sea, incluso si va manejando (ya no lo hace frente a mí, me pongo furioso y es la única cosa en la que me doy lujo de regañarla como ella lo haría conmigo).

Pero desde hace dos días Telmex se metió en mis terrenos: el internet. Primero con fallas intermitentes, de apenas dos segundos, pero la reconexión del ruteador duraba cinco minutos. Después, en la tarde, las pausas se hicieron más largas. Y ayer, 15 minutos antes de iniciar el partido entre Bayern Munich y Barcelona, a la 1:30, se fue la señal para no regresar en el resto del día.

Tragedia.

Mientras no esté en la calle, mi vida transcurre entre la labor del momento, mi correo electrónico, Twitter y Facebook. Dependiendo el grado de desocupación, los últimos tres me tienen más tiempo pegado a su ventana del explorador o del Tweetdeck. Con algo de trabajo logré adaptar mis horas del día para mis comidas, bañarme y hacer algo de bicicleta. Bueno, no tan dramático, pero por ahí va. Eso sí, antes de dormir al menos 20 minutos de lectura, ya acabé cuatro libros este año y superé la media nacional para todo 2013.

Al tiempo que me entretenía con la madrina que le puso el Bayern Munich al Barcelona, sufría más que Lionel Messi en el banquillo al ver que el internet no regresaba. Silbatazo final... Y nada. Empecé a mandar mensajes amenazantes a la cuenta de Telmex en Twitter vía celular... Y nada. Fui a comer, regresé... Y nada.

Me puse a editar un documental en el que ando trabajando. Así que adapté mi labor diaria sin Facebook, ni Twitter, ni el correo electrónico. A eso de las 4:45, cuando vi que ya no tenía nada más por editar y que empezaba a corregir cosas que ya había corregido y a desborrar lo borrado, opté por salir a tomar aire y me fui al centro de Coyoacán.

(Como fui niño aislado de la civilización, eso de salir al parque nunca lo aprendí.)

Tomé cámara y tripié, algo podía captar con mi lente. Todo iba muy bien, día soleado y poco tráfico... Hasta llegar a Carrillo Puerto, metros antes del Jardín Hidalgo. Súbitamente vi ríos de gente y el avance de los autos era a vuelta de rueda.

No es que no supiera que era día festivo, pero mi subconsciente sociópata aún no se acostumbra a sus efectos.

Pude estacionarme unas cuadras más adelante, cargué mochila y tripié y caminé hacia el centro. Efectivamente, había demasiada gente. No es que sea raro en Coyoacán, simplemente mi subsconsciente sociópata evita frecuentar ahí en fines de semana después del medio día para no perderme entre los tumultos, no digamos en días festivos. Caminé un poco. Me engenté. Ni siquiera una banda de jazz, que no tocaba nada mal, me sedujo para quedarme. Regresé. Me compré un capuchimoka en El Jarocho que me quedaba de paso y encendí el coche para volver a casa.

Al regreso comprobé que el internet seguía perdido entre el gentío de Coyoacán. Volví a hacerme güey con el Final Cut. Cené. Luego vi el partido de Monterrey y Santos (mientras me seguía haciendo güey con el Final Cut). Y por ahí de las 11:00 opté por irme a mi cama.

Traté de checar mi correo en mi teléfono celular, que tiene un ínfimo plan de datos con Iusacell. No pude. Facebook. Tampoco. Mandé un mensaje por Whatsapp a mi hermano. Nada. Pero el Twitter funcionaba y me daba cuenta cómo tundían a Raúl Orvañanos, quien al parecer tuvo el mismo éxito que un chimpancé como maestro de ceremonias en la premiación del Monterrey vs. Santos (había apagado la televisión justo después de terminar el partido), para finalmente entregarme a la lectura que me ha ocupado la última semana, de Juan Villoro, y que tiene un título que no puede ser más elocuente con mi situación: “¿Hay vida en la Tierra?”.

Y mientras leía una fabulosa crónica de cómo un cuchillo es capaz de desafiar al calentamiento global, recordé que mi día me hizo recordar a mi vida a inicios de los años 90: sin teléfono, ni internet.

Bueno... Casi: ayer tenía Twitter.

Aún así, más allá de la incomunicación de ayer, llevo meses preguntándome si hay vida (inteligente) en la Tierra.

viernes, abril 12, 2013

Un mundo nos vigila...

... O al menos mis gatas así lo creen...



Yo sigo investigando qué rayos vieron en el techo.

lunes, marzo 25, 2013

Una ventana al exterior

Hoy no sólo los voy a meter hasta la cocina, sino a mi cuarto.

Me he dado a la tarea de imprimir fotos -verbo casi en desuso ante la digitalización paulatina de la imagen- de mis viajes y colgarlas en mi pared. Lo que ustedes ven son fotografías de Londres, Liverpool, Nueva York y La Habana.



Y aunque aún me faltan de San Francisco y la pocas que alcancé a tomar en Washington D.C., no me preocupa tanto eso... Sino ¿dónde voy a poner todas las que tengo de México?

Si ya visité (y por tanto tengo fotos de) los 31 estados, ¿me alcanzará lo que me queda de pared?



Más todos los viajes que falten.

miércoles, marzo 06, 2013

La casa que nunca se ha querido vender

Hoy exactamente hace 25 años llegamos a vivir a mi actual casa.

No puedo decir que son 25 años en ella, ya que durante 23 meses viví por los rumbos de Las Águilas, de septiembre de 2004 a agosto de 2006, pero el tiempo no miente: es un cuarto de siglo de apego a este pedazo de tierra y concreto.

Cuando llegamos el Periférico se terminaba en Cuemanco, a un kilómetro de aquí. De este lado, desde la Glorieta de Vaqueritos, un tramo de unos 3 kilómetros, sólo estaba el conjunto de seis casas donde vivo y unos 200 metros más adelante un edificio de departamentos. Nada más eso hasta la entrada a la Liga Mexica, que permanece poco antes de la Pista de Canotaje Virgilio Uribe. Podíamos cruzar caminando la avenida sin riesgo alguno.

Hoy, entre nuestras casas y los departamentos hay una gasolinería; atrás tengo un distribuidor vial que conecta Xochimilco con el Eje 3 Oriente y Acoxpa; unos 200 metros después de los departamentos hay un depósito vehicular (un corralón, pues).

Pero lo que sorprende a diferencia de aquel ya lejano 1988, es que ahora todas las tardes se genera un tránsito que puede sacar de quicio a cualquiera. Hace ya varios años decidieron unir el Periférico con Canal de Garay para conectarlo con Tlahuac e Iztapalapa, y además, con una reducción de cinco a tres carriles. Genios.

Si caminaba 100 metros en contrasentido de los coches, me subía a un puente peatonal que me llevaba a Acoxpa y Cafetales (el Eje 3 Oriente, pues), además de un mercado que se colocaba todos los domingos sobre la lateral del Periférico. Seguramente me desayuné miles de tlacoyos y tacos de carnitas ahí entre mi infancia y mi adolescencia. Hoy ese puente ya no existe, ya que le estorbaba al Distribuidor de Muyuguarda. Ahora para cruzar el Periférico tengo que caminar a otro puente que está hacia el otro sentido, justo al lado de los departamentos, y ni qué decir del mercado, que me lo alejaron un kilómetro, por lo que tendría que ir en coche (hey, son domingos de flojera).

De hecho, gracias al genio que diseñó el distribuidor, un tramo del Periférico de mi lado se quedó sin banqueta, por lo que caminar a mi casa se convierte en un deporte extremo de sortear microbuses, camiones y fitipaldis chilangos.

Como vivo sobre el Periférico, no hay donde estacionarse afuera y por eso nunca he organizado una fiesta o reunión con mis amigos aquí. Ahí empieza uno a explicarse porqué soy tan antisocial.

Llegamos a vivir en 1988 dos adultos, un niño de seis años (casi siete), una de 3 y otro de uno (casi dos). En algún momento, los cinco ya chocábamos en nuestros espacios vitales. Luego nos mudamos a Las Águilas. Tiempo después una decidió irse, luego me fui yo, y bueno, hoy esas cinco personas vivimos en cuatro casas distintas.

Los dos primeros que decidimos irnos eventualmente regresamos a la casa que nunca se quiso vender, hace ya seis años y medio. Y desde hace seis años y medio hemos hecho mil y un planes para venderla. No se deja.

Hace 25 años dormí por primera vez en esta casa, en un lugar prácticamente deshabitado y que hoy es agenda permanente de las estaciones de radio que reportan el tránsito cada 15 minutos, a un kilómetro de una sede de los Juegos Olímpicos de 1968, donde iniciaba la Ruta de la Amistad. El garage originalmente tenía líneas de piedra entre el pasto para estacionar los coches y hoy está totalmente (y asimétricamente) adoquinado. Que al estar en zona lacustre (Xochimilco, nunca te mueras) tiembla cada vez que pasa un veloz camión de carga echando carreras. Donde sí, también, nos tuvimos que acostumbrar al ruido de los motores, y donde los mosquitos se aburrieron eventualmente de alimentarse a costa nuestra.

Es la casa que odia mi hermana y a la que sólo regresa cuando es asunto de vida o muerte, y a la que mi hermano le dice "¿Cuemancooo? Que hueva ir hasta allá..." como si yo nunca hubiera ido a verlo a él.

Es la misma casa que vi a la mitad del viaje por todo el país, cuando me faltaba un mes para regresar a ella.

Pero veinticinco años es una vida entera. Pesan aunque no quieras. Pero ante todo, generan apego y nostalgia.

No le celebraré el "cumpleaños" 26 a esta casa, aunque ella quiera. Eso ya está decidido. Pero cuando tenga que pasar por aquí seguramente la veré con la añoranza que experimento cuando veo la casa de mis primeros tres años de vida.

Sólo espero que no se convierta en una pizzería, como aquella.

miércoles, febrero 27, 2013

domingo, febrero 24, 2013

La boda de mi mejor amiga I



Ella es mi mejor amiga. Él es su ahora esposo. Se dieron el sí ante las leyes civiles mexicanas y en unos meses lo harán ante Dios.

(La imagen no engaña, es cierto que el ángulo de la toma no lo favorece, pero las estaturas así están, además ella no llevaba tacones y dicen que él tenía plataformas, jejeje.)

Iba a empezar a recetar decenas de anécdotas con ella, pero prefiero evitar un poco la nostalgia. El punto es que estoy muy feliz por ella.

(Ahora tengo que idear como ir a la boda religiosa el 7 de septiembre, en Cuernavaca, ponerme una borrachera épica y tener la seguridad de llegar sano y salvo a casa al día siguiente. Se aceptan sugerencias.)



Ah, y de todas las fotos ridículas que le he sacado, esta es la primera que le tomo casada.

Hay cosas que no tienen que cambiar.

jueves, febrero 07, 2013

Nuevos proyectos, nueva vida, ¿nuevo blog?

Al grano, les presento mi nuevo sitio web:


Y se ve más o menos así:


Ahí pueden encontrar lo más relevante de mi trabajo, publicado y algunas cosas que no habían salido a la luz. Un espacio de autopromoción, pues, pero hecho con mucho cariño.

En realidad podrían ver mi nuevo sitio como un blog recargado y decorado lindo y chulo. No los culparía por ello. Entonces, ¿qué va a pasar con este venerable viejillo Rincón No Poético del Mac?

Aún no estoy del todo seguro.

Pero mi falta de desapego me impide tirarlo a la basura. Y de una manera más racional, creo que tampoco sería lo correcto. El Rincón sigue en pie, pero ya como un espacio 100 por ciento personal.

¿Qué clase de contenido verán aquí? ¿Con que frecuencia? Si en ocho años y tres meses nunca ha tenido un estilo ni tiempos definidos, quizás no haya que quebrarse mucho la cabeza.

Así le hacemos.

sábado, enero 26, 2013

La capital del mundo


LONDRES.- Escribí esto mientras volaba de regreso al continente americano, rumbo a mi primera escala camino a casa.

John Lennon dijo que Nueva York es la nueva Roma. Si es así, Londres es la nueva Babilonia: el lugar donde confluyen las culturas, las tradiciones, los idiomas y los colores en la piel.

Durante estos días, Laura y yo captamos en video y fotografía la esencia de la ciudad, sus habitantes, el legado que están dejando los Juegos Olímpicos del pasado verano y retratamos un poco de la vida que llevan los mexicanos que a punta de ilusión y sueños han querido construir una vida en la capital del mundo.

Dormí en una casa ubicada en el barrio de Tottenham, donde literalmente al salir se podía ver White Hart Lane, el estadio de los Spurs. Ahí en un momento dado de la semana cohabitamos tres mexicanos, dos belgas, una finlandesa, un italiano y dos gatos. Para llegar al centro había que tomar el autobús y el metro en un trayecto de no menos de 40 minutos. El desayuno y cena consistía en avena y jugo de naranja semirreal o semisintético (aún no lo defino). Agradecí infinitamente la experiencia: Londres no se vive desde un hotel.

Londres es también una experiencia sensorial riquísima, llena de colores, formas, sonidos, olores, sabores y nostalgia. Dar un breve paseo por Westminster, desde la Queen Elizabeth Tower (donde está el Big Ben) hacia la Abadía te lleva a imaginar a los monarcas del pasado en un entorno totalmente diferente, sin autos, sin aglomeraciones y sin metro. Probablemente diga algo políticamente incorrecto, pero qué sería de esta zona sin la casa real británica, a veces simplemente hay que dejar que la historia no sea sólo cosa del pasado e insertarla en el presente.

Hindúes (¿indios?), paquistanís, jamaiquinos, brasileños, colombianos, españoles, árabes, egipcios, bangladeshís, iraníes, mexicanos, franceses… Ah sí, e ingleses. Dicen que en Londres sólo uno de cada diez es inglés, y puede que sea cierto. Aún así, los suficientes para comprobar que no es que sean fríos, sino que simplemente dan un respeto irrestricto al espacio del prójimo, pero que son amables y cálidos cuando conviven.

Al entrar a la estación de Baker Street (sí, sí, esa calle donde vivía Sherlock Holmes) entras a un pasadizo de 150 años de antigüedad que te transporta no sólo al resto de la ciudad, sino al momento en el que un visionario inventó el metro, que por sí solo es un juego para el oído: desde el infinito aviso de “mind the gap” antes de parar en cada estación hasta los cantantes urbanos que interpretan “Quizá, quizá, quizá” o “Another Brick in the Wall”.

Londres fue también el pretexto para ver a amigos con los que tenía años sin coincidir, y que en algún momento de ese alejamiento decidieron hacer su vida allá, para darme cuenta que el tiempo puede intensificar un encuentro. Ah, y claro, hacer que entre los que se quedan se conozcan y puedan cerrar filas, porque en la ciudad más cara del mundo no está de más ese concepto que popularizaron los Beatles en voz de Ringo Starr: “I get by with a little help from my friends”.

Caminé. Mis pies y mis hombros dijeron muchas veces “no más” y seguimos caminando. Keep calm & carry on: si Londres sobrevivió a las ruinas de dos Guerras Mundiales, por qué nosotros no íbamos a seguir nuestro camino.

Londres me recibió con nieve una semana atrás y me despidió con lluvia. Me gustaría pensar que se vistió de gala para mi llegada y que lloró mi partida, porque así por lo menos me sentiría correspondido.

domingo, enero 20, 2013

La vida no es tan mala en el Merseyside

MANCHESTER.- Salimos del palacio García, en Tottenham, el sábado a las 5:50 de la mañana rumbo a Liverpool. Nuestro tren partió, puntual a las 6:36, lejos aún del amanecer.

El frío de congelador no nos dejó mentir: toda Inglaterra está bajo nieve. "Hice todos los arreglos para que a tu llegada cayera nieve", me explicó Laura. Todo el camino se tornó blanco conforme llegó el amanecer.

Estar en Liverpool es como vivir en un mundo de fantasía surrealista: no sabes en qué momento verás a un Blue Minnie cruzando la calle o a un Miembro del Club de Corazones Solitarios del Sargento Pimienta vendiendo periódicos.

Pero el primer sonido con el que uno se encuentra es con el de las gaviotas. Y en lugar de Blue Minnies o Sargentos Pimientas, hombres ataviados con chamarras y bufandas del Liverpool. Match day.

Antes del partido nos fuimos a un tour en un taxi conducido por un feliz caballero que en su juventud pudo ser personaje de la película de Magical Mystery Tour. Eso fue, pues, un viaje mágico y misterioso por las casas donde crecieron los jóvenes John, Paul, George y Richard (Ringo, pues), Penny Lane y Strawberry Fields en sus versiones originales, además de la tumba de Eleanor Rigby.

Los suburbios encierran un encanto particular, acentuado por la nieve y el paso de la clase obrera que trabajó en los muelles, que entraban y salían en grupo, porque nunca caminaban (ni caminarán) solos.

Liverpool se pinta de rojo cuando juega su equipo (también a veces de azul, cuando le toca al Everton). Una horda de 45 mil personas se dirige a Anfield, el mismo campo que desde 1892 acoge a los Reds, con cambios en las gradas acorde a los tiempos, pero que recuerda con cariño a sus héroes: Paisley, Shankly, Dalglish, Gerrard, entre muchos otros.

Antes de salir al campo, los jugadores salen de un vestidor sin casilleros, solamente con bancas empotradas en la pared y tres camillas para masaje. No hay más. "Sólo van a jugar futbol", decía Bill Shankly, el mismo hombre que mandó poner un letrero que dice "This is Anfield" en la estrecha escalera que sale rumbo a la cancha, para marcar su territorio.

Y al salir, la horda Red canta "You'll Never Walk Alone", una balada que popularizaron Gerry and The Pacemakers, rara en función de tratarse de una afición "agresiva" (en buen sentido) en el contexto europeo, pero que es fiel muestra del compañerismo que aparece en Anfield. Puede no intimidar al rival, no se trata de eso, sino de animar a los locales. No hay mejor manera que recordarles en donde están.

El resultado fue un aplastante 5-0 en la cabeza del Norwich City.

Yo fui uno de los 45 mil presentes: para mí fue la primera vez en Anfield; para Laura, fue su primera vez en cualquier partido de futbol. Mientras yo me la pasaba gritando goles y ofreciendo mi genealogía futura a Luis Suárez y Steven Gerrard, Laura buscaba las miles de cámaras para la transmisión de televisión e inspeccionaba las piernas de Stevie. El trabajo en equipo diversifica las funciones, aunque francamente las extremidades del capitán me tienen sin cuidado.

Después del juego, la horda regresa a casa, con una escala previa en un pub para celebrar la victoria, pero en lugar de eso yo desquité algunos pounds en la tienda del club.

Al día siguiente, tour por el estadio y visita reglamentaria a The Cavern: música beatle, buena cerveza y ovación de un minuto para los valientes que anuncian que vienen de México a arrodillarse en el santuario.

La vida no es tan mala en el Merseyside.

Después, traslado a Manchester. Disque a buscar si hay Chicharomanía todavía. Lo único que encontramos fue un imponente Old Trafford cerrado, todas las tiendas de souvenirs cerradas (ahí le avisan a mi hermano) y a una cuadra, un pequeño bar con 20 lads viendo el partido. Ah sí, es que el United fue de visita a Londres, contra el Tottenham. (Sí lo sabía, pues.)

1-0 ganaba la visita, y en la compensación, desilusión total: gol del Tottenham. Reí por dentro. Pero ps los lads me caían bien, había desde universitarios-like hasta ancianos que vieron dirigir a Matt Busby (literalmente), pasando por un grupo de alegres holandeses, incluído un jugador del NAC Breda.

La quick-visit a Manchesta' nos dio un susto: los trenes a Londres en más de 120 libras. Terror. Después de una extensa búsqueda en internet, encontramos un camión 100 libras más barato, pero que sale a las 4:00 am. Más terror, pero la cartera nunca miente.

En la central de trenes de Picadilly nos recibieron en un restaurantito italiano hasta que, literalmente, el dueño salió con el corte de caja (vayan a Carluccio's. VAYAN). Después, camino a la estación de autobuses, tropezamos en un pequeño bar con rock de los 50's (Chuck Berry, Marvin Gaye, Ray Charles entre otras joyas, irreal) y una sidra con sabor pera de Suecia que valió cada pence gastado (vayan a Apotheca. VAYAN).

Pero aquí la ciudad sí duerme (tal como lo hace Laura mientras escribo, en espera de que salga el camión de regreso a Londres). Así que no queda de otra más que esperar.

A ver si aún hay nieve.

viernes, enero 18, 2013

jueves, enero 17, 2013

A la memoria de Noé Hernández

WASHINGTON D.C.- Les escribo desde el aeropuerto Dulles, en una escala de casi siete horas, después de haber correteado mi equipaje para que al final me dijeran que lo mandaron directo al otro avión, con no más de 60 minutos de sueño (no continuos) en las últimas 30 horas y con una hamburguesa cara y un poco desabrida en el estómago... Ah, y tomando un café de esos de la sirenita (como extraño el Cielito Querido Café y El Jarocho).

Pero voy a cortar el hilo conductor y acabar con la amarga exposición de hechos. En realidad ya les dije todo, solamente sería abundar en lo mismo y quizás meterle un poquito de hipérbole y chanfle, pero nada más.

En realidad, quería contarles que entré a mi canal de YouTube y vi que mi entrevista a Noé Hernández, que realicé poco antes de los Juegos Olímpicos, ha subido de unas mil 500 a casi 6 mil 500 visitas desde que recibió el balazo en la cara que finalmente acabó con su vida.

¿Morbo u homenaje? De mi parte sólo puedo decir que sigo triste por su partida, pero también contento de saber que unas 5 mil personas han conocido su historia gracias a mi trabajo.

Y no es por morbo, sino porque Noé demostró que no hay límites para alcanzar un sueño. Se las comparto.



Gracias, Noé.

miércoles, enero 16, 2013

La segunda familia

Trabajar cerca de casa es una bendición que sólo se entiende cuando se vive en la Ciudad de México. Diariamente, regreso en 5 minutos desde que enciendo el coche hasta que entro por la puerta, ceno algo y procastino en internet en lo que me recoge Morfeo.

Mis cinco minutos de ayer se convirtieron en los más largos de todos. Sabrán que, en la tarde, nos informaron del fallecimiento de un compañero, Jorge López Vives "Chori", conductor de Adrenalina Xtreme, durante una grabación para el programa en Cozumel.

El día se tornó de una pesadumbre por momentos incontrolable. No voy a colgarme de glorias ajenas, a "Chori" lo traté poco, no sería justo decir que éramos amigos, él hacía su programa en las mañanas y yo trabajaba por las tardes, pero en lo poco que coincidimos siempre me trató con alegría y con la misma vitalidad que transmitía al aire. Podía caer bien o mal, pero así era él.

En realidad lo que se alojó en mi mente fue la respuesta de todos y ver a amigos míos sufriendo por perder no solamente a un compañero, sino en algunos casos a esa segunda familia que todos quisiéramos tener.

Las crisis son momentos que pueden unir a una comunidad. Así fue. TDN siempre se ha presumido como una gran familia, que parece en realidad disfuncional por momentos, pero familia al fin y al cabo.

Todo esto coincidió con mi último día de trabajo en TDN, al menos por un tiempo. Inicio una nueva etapa laboral como periodista independiente, con ganas de comerme al mundo.

En esos largos cinco minutos camino a casa, me di cuenta que más que dejar un trabajo, dejé a una familia. Y no lo niego, si opté por esta decisión es porque algo no funcionaba y eso no pudo compensar lo que sí funcionaba. En realidad, parece más una sana separación temporal porque hay grandes posibilidades de regresar a otros proyectos, pero eso sólo el tiempo lo dirá.

Y pese a que estoy seguro que tomé la decisión correcta, nunca es fácil dejar a una familia. Aunque sea algo temporal.

sábado, enero 05, 2013

El Día del Periodista

Ayer se celebró el Día del Periodista en México.

¿Por qué el 4 de enero? Al parecer no hay una versión clara al respecto, aunque se dice que es en homenaje a un tal Manuel Caballero, considerado el iniciador del "reporterismo" en el país y quien falleció el 4 de enero de 1926. Un dato que los medios obtuvieron de la célebre y atinada Wikipedia.

Lo que viene después en una serie de notas que consulté sobre el tema, es un recuento de lo peligroso que es ejercer la profesión en México. No mienten, es cierto, pero es caer en un lugar común, el mismo del cual se habla desde hace años y que aún se habla de él porque no ha cambiado. pero con o sin muertos, el Día del Periodista se celebra este día.

¿Quién fue realmente Manuel Caballero? ¿Por qué debe ser considerado un estandarte de nuestra profesión? ¿Qué hizo?

El mayor pecado que puede tener un periodista es la falta de curiosidad.

"Manuel Caballero fue un periodista moderno que vivió en el siglo XIX", con esa frase abre un ensayo de Laura Edith Bonilla sobre este personaje, en la biblioteca jurídica de la UNAM. Un hombre que, de acuerdo a la investigación, estudió bajo las normas del liberalismo que trajo la Constitución de 1857.

Sigo en las mismas.

"En el trabajo periodístico de Manuel Caballero, que va de 1876 a 1880, utilizó como herramienta de expresión lo que hoy en día conocemos como géneros periodísticos de opinión", ájale, esto ya está más interesante, "así que se ayudó de la crónica, el artículo y el boletín." (¿el boletín es un género periodístico?) "Fue un crítico del gobierno de (Sebastián) Lerdo de Tejada, apoyó a (Porfirio) Díaz en su primer gobierno y luego lo combatió duramente a través de sus escritos periodísticos".

Esto me acerca más al tal Manuel Caballero, ¿pero en qué momento entra la parte del "reporterismo"? El reportero se hace en la calle y sí, se pueden ejercer géneros de opinión sin reportear, conozco a mucha gente que lo hace.

Continúa Laura Edith: "después de este periodo se preocuparía por hacer del periodismo una actividad especializada alejada de pronunciamentos políticos y con un carácter informativo". OK, el sujeto ya me está empezando a caer mejor.

"Se encargó de 'La crónica parlamentaria' (en el periódico El Siglo Diez y Nueve), asistiendo a las sesiones del Senado, de donde tomó una fuerte experiencia política". Ahí tenemos señoras y señores al primer reportero de la fuente legislativa en México, o por lo menos el más antiguo del que he escuchado. Eso es el "reporterismo", que la RAE acepta como "oficio de reportero".

Si tienen más curiosidad sobre el tal Manuel Caballero, aquí está el ensayo que abunda en su vida y obra.

Por lo pronto, sepan que en México celebramos el Día del Periodista en honor al primer reportero de la fuente legislativa en el país.