miércoles, octubre 24, 2012

¿Quién es en realidad Lance Armstrong?


El 17 de octubre de 2007, hace justamente 5 años, escribí en este espacio: "mi plus non-ultra ídolo deportivo es Lance Armstrong. Y así será hasta que no llegue el mismísmo Pat McQuaid (presidente de la UCI) a ponerme en la cara la mismísima muestra de orina para comprobar que se dopó." Pues bien, McQuaid ya dictó sentencia contra Armstrong, pero como no me ha presentado la muestra de orina o sangre que certifica el dopaje, mi visión permanece, aunque ya no exactamente igual.

"Criando a mis 5 chicos. Luchando contra el cáncer. Nado, pedaleo, corro y juego golf cada que puedo." Esa es la autodefinición del propio Lance en su cuenta de Twitter. Hasta hace dos días aparecía también "ganador de 7 Tours de Francia".

Una biografía que puede ocupar máximo 160 caracteres no era suficiente para definirlo, aunque nos puede dar un trazo. Un libro entero tampoco lo fue, y eso sí puedo constatarlo.

Después de ganar su primer Tour, en 1999, Armstrong preparó su autobiografía de cómo sobrevivió a un cáncer de testículo que lo tuvo al borde de la muerte, para después conquistar la carrera ciclista (y quizás de cualquier deporte) más demandante de todas. Aún con sólo una conquista en París, ya era una leyenda.

En una época donde el ciclismo entró a los terrenos de lo impredecible, primero por los cinco campeonatos consecutivos de Miguel Induráin (1991 a 1995), y después los de Armstrong (1999-2005), es normal que las dudas aparezcan, porque el ser humano es escéptico por naturaleza, particularmente cuando se presenta alguien mejor que él o que logra algo que nadie más puede.

Alguna vez me dijeron, y lo leí después, que Induráin mantenía niveles incluso de menos de 30 pulsaciones por minuto, pero que su bombeo de sangre era tan caudaloso en cada una de ellas que la irrigación lo hacía más fuerte que los demás. Siendo estrictos, eso ya coloca en desventaja al resto del pelotón, pero se trata de una característica natural del organismo, por lo que no es considerado, per se, un dopaje.

Lo mismo puede pasar si analizamos la fisonomía de Usain Bolt o la envergadura (busquen en el diccionario qué significa) de Michael Phelps. La genética se traslada al deporte de manera que nos puede explicar porqué los fondistas africanos dominan desde hace medio siglo, pero difícilmente logran medallas en natación. Bolt va a fiestas, se desvela, puede pasar semanas sin entrenar y con menos esfuerzo que los demás, correrá 100 metros en 9.6 segundos, lo que nadie más puede.

Desconozco, para ser honesto, si Armstrong tuvo alguna ventaja natural. Alguna vez, en broma, dije que la radiación de sus quimioterapias lo hizo un súper hombre. Hoy el mundo apunta al EPO como una de las sustancias que le dio esa fuerza descomunal de trepar los Pirineos, los Alpes y llegar triunfante a París.

Lance Armstrong cruzó la meta en los Campos Elíseos y después subió a lo más alto de un podio. Lo hizo siete veces. Eso es lo que registramos quienes lo vimos, lo que escribieron los periodistas y lo que contarán los historiadores, aunque a partir del martes sin decir que ganó los Tours.

Lance Armstrong es señalado de ser parte del "sistema de dopaje más sofisticado de la historia", por la Agencia Antidopaje de Estados Unidos (USADA) y ratificado por la Unión Ciclista Internacional (UCI). Eso también será contado a las futuras generaciones.

Veintiséis personas testificaron en su contra en el informe de la USADA, más otros que lo han hecho en los últimos días. Once de los 26, ex compañeros en el equipo U.S. Postal, que también fueron parte de aquel sofisticado sistema de dopaje.

Lance Armstrong fue un tramposo, dicen algunos. Lance Armstrong fue un tramposo más en un mundo donde la trampa era la orden del día, dirán los más ecuánimes. Si la organización del Tour de Francia solicitó que los títulos entre 1999 y 2005 quedaran vacantes, es porque acepta que no es el único tramposo, ni el único culpable. Es decir, si el dopaje no existiera, Lance pudo ganar.

Pero el dopaje sí existe. El informe omite algunos aspectos -irrelevantes para su propósito, claro está- que me parecen también fundamentales si vamos a hablar de Lance Armstrong.

Fundó una organización de lucha contra el cáncer, "Livestrong", que ha recaudado más de 500 millones de dólares para combatir a este mal. La fundación, de la cual dejó ya de ser el presidente, ha salvado un incontable número de vidas.

Hizo que la gente volviera a montar una bicicleta. En este siglo, el uso de este vehículo se ha popularizado en muchas ciudades alrededor del mundo. Es barata, no contamina y al hacer ejercicio, aunque sea sólo para trasladarse de la casa a la oficina o dentro de un gimnasio, libera endorfinas que mejoran el estado de ánimo. No se necesita tener un físico envidiable y ganar el Tour de Francia para usarla. Pero nadie me puede negar que este movimiento fue inspirado también por gente como Armstrong. ¿Por qué? Basta un loco que haga algo diferente para que los demás lo sigan.

No perdió respeto. Una encuesta de Nación ESPN reveló el martes, justo después de la sentencia de la UCI, que pese a que la gente piensa que Armstrong sí se dopó y que ve correcto que sus patrocinadores rompa convenios con él, lo sigue teniendo en un buen concepto.

Inspiró a mucha gente con su ejemplo a no dejarse dominar por la adversidad y a superar sus límites. Lo hizo conmigo.

En el sistema legal de Estados Unidos, basta un testimonio irrefutable para culpar a alguien. En el momento en el que desistió de defenderse, Lance Armstrong fue acusado de dopaje por culpables de dopaje. Fue jalado al infierno por los propios demonios.

Y que conste que no he dicho que no se haya dopado. Aunque no me gusta, sí creo que se dopó y sí pienso que lo que hizo estuvo mal. Y pienso que el ciclismo entró en una dinámica oscura de trampa sistemática de la cual debe empezar a liberarse.

Pero hay una conclusión de todo este caso que parece irrefutable: Lance Armstrong es un ser humano.

jueves, octubre 18, 2012

De Coyoacán a Williamsport

Ayer me tomé uno de esos lujos que, por algún motivo, poca gente se puede dar, pero que yo había ignorado desde hace tiempo: me largué al centro de Coyoacán a ver el tiempo pasar.

Pasé a un Sanborn's a comprar pilas para mi reflex, hacer un pago, me fui a comer al mercado, pasé al Sótano a pedir el DVD de "Money Ball" (y digo pedir porque no la tenían en existencia, pero me la dan el sábado), comprar un Capochimoka en el Jarocho, irme a aplastar a una banca, conectarme el iPod a los oídos y terminar de leer un libro.

Semanas atrás, en un frustrado viaje al centro para ver una exposición, Daniel y yo terminamos recorriendo las librerías de viejo de Donceles. En una de ellas hallé "El Juego Perfecto", que cuenta la historia de los niños de Monterrey que ganaron la Serie Mundial de Ligas Pequeñas de 1957. Sí, esa que hasta hicieron película hace dos años.

Daniel, férreo aficionado al beisbol, pagó el libro, y me dijo que lo leyera primero y luego se lo entrego. Sabes que tienes un buen amigo cuando te presta un libro, yo antes que eso presto a una hermana... O no...

Lo empecé leyendo poco a poco después de los Juegos Olímpicos. Me devoré poco más de la mitad en mi viaje del fin de semana pasado a Querétaro, en el camión, especialmente en el regreso, y ayer, al postrar mi trasero en la banca verde, me dije a mí mismo: "mí mismo, o lo acabas o se pone el sol, lo que ocurra primero". Eran 4:40 aproximadamente y unas 100 páginas por leer.

Estaba justo por empezar la Serie Mundial en Williamsport con la Semifinal, así que me faltaba ese partido, la Final, el tour que dieron por Nueva York y Washington, por el D.F. y su vuelta a Monterrey. Sí, ya me sé la historia, incluso con algunos detalles. No en balde vi la película en el día de su estreno en Monterrey (casualidad, ahí me encontraba en marzo de 2010, desempleado y feliz), hice tiempo después un reportaje para mi canal y hasta conocí ya a tres de los héroes de aquel 23 de agosto de 1957.

¿Les presumo? ¿No? Ps se chig...aguantan.

Aquí estoy con Ángel Macías, el pitcher que a sus 12 años lanzó un juego perfecto para ganar un título mundial. Me lo encontré en el Estadio Monterrey un día después de ver la película.

Un año después, Pepe Maiz con la Antorcha de los Juegos Panamericanos. Era el "niño rico" en un equipo donde muchos de ellos ni siquiera dormían en camas. Hoy es el dueño de los Sultanes. Lo pude entrevistar el día anterior.

Y este sí hace que casi se me caigan los pantalones. César Faz, mánager del equipo, hoy de 94 años de edad, también en el recorrido de la Antorcha Panamericana.

El Monterrey que yo conozco es una ciudad próspera, pero aquejada por la inseguridad. Muy distante de aquel recuerdo que evoca la historia de los pequeños de la Liga Industrial de Monterrey, de una comunidad de obreros entre los Cerros de la Silla y de las Mitras, y al pie de una enorme fundidora de acero. El viaje a Williamsport para leer una crónica extensa de dos partidos de beisbol infantil fue acompañado por una extraña mezcla del mis canciones favoritas en modo aleatorio (shuffle, pues) y de un organillero cercano. El dramático cierre de la Semifinal y la última entrada de la Final me tuvieron al borde de las lágrimas, aún cuando yo ya sabía lo que iba a pasar.

Recordé que lo que me gusta de los deportes es que encierra historias verdaderas de superación y confrontación a la adversidad, y no encapsuladas en frases vacías que llegan incluso a contradecirse entre sí. ¿Qué fue lo que llevó a unos niños que eran 20 centímetros más pequeños que sus rivales, a ganarse el respeto de un país con graves problemas de racismo, de su propia nación y, para algunos de ellos más difícil aún, el de sus familiares que quisieron proyectar en ellos una vida de frustraciones?

El valor nato que tienen los niños. ¿En qué momento lo perdemos?

Eran las 6:55 y aún no se ponía el sol. Página 400: fin del libro. Alcé la mirada y seguía en Coyoacán. En 143 minutos viajé a Williamsport, Nueva York, Washington D.C., a la Basílica de Guadalupe y a Monterrey.

Y en lugar de ser César Faz, Ángel Macías, Pepe Maiz o Baltasar Charles, quise ser el autor del libro.

Algún día.