domingo, diciembre 02, 2012

¿Me da para mi cerveza?

"Quiero una cerveza, ¿por qué le voy a mentir?"

Así decía el letrero de un hombre enfrente de Union Square, en el corazón de la zona comercial de San Francisco. Uno de los tantos homeless que hay en la ciudad que durante el día se hacen su huequito de calle para escuchar el golpeteo de los pennies, dimes o quarters en sus botes de aluminio para poder ir a un McDonald's por una hamburguesa... O a un minisúper por una cerveza.

Es el humor peculiar de una ciudad que fue devastada por dos terremotos el siglo pasado, que está erigida sobre cuarenta y tantas colinas y que recibe la brisa del mar en un puerto que hasta parece más enfocado al turismo que al comercio. De la cuna del movimiento hippie y de la diversidad sexual en Estados Unidos, donde aún se respira la buenaondacarnal y súbitos tufos de mariguana en pleno downtown.

La ciudad en la que el turista, antes que su pasaporte, necesita su pase y un mapa del transporte público, porque créanme que eso de subir colinas de asfalto todo el día es para locos. Donde a un loco (¡otro!) se le ocurrió que un tranvía podía transitar con un cable ¡bajo el piso! Claro, los locos sobran, como ya se dieron cuenta, desde el homeless que pide su cerveza.


La ciudad donde se pueden ver el Golden Gate (que no es dorado, sino rojo) y Alcatraz con sólo girar un poco la cabeza. El lugar de la fiebre del oro de mediados del siglo XIX y la prisión más segura del mundo a mediados del siglo XX. La avaricia y el encierro riguroso también enloquecen.

(El Golden Gate será el símbolo que sea, pero el puente que conecta San Francisco con Oakland es más largo y espectacular.)

Una Manhattan pequeña en su zona más ajetreada, pero con un parque más grande que Central Park: el Golden Gate Park. Donde hablar español o inglés puede ser indistinto y hasta impredecible: hay latino-likes que no entienden palabra del idioma de Cervantes y anglosajones que hasta se esmeran por olvidar un segundo a Shakespeare y complacer al turista, aunque sea para que se ría. Será muy San Francisco, pero en Arguello se les olvidó la diéresis y los lugareños lo mastican con una especie de Arguelou.

El lugar donde la locura es asignatura en las primarias, o al menos eso creo. En el Museo de la Academia de Ciencias (en pleno Golden Gate Park) hay un simulador de los terremotos de 1906 y 1989. Ahí, por qué no, a dos niños de 7-8 años se les hizo gracioso bailar el gangnam style mientras todo se movía cual gelatina del metro Zapata. Locos.

La ciudad del actual campeón del beisbol de las Grandes Ligas, el rey del rey de los deportes: los Giants. Con personajes tan peculiares como Tim Lincecum, que parece sacado de Daria; Brian Wilson, que podría pasar por miembro de System of a Down; Sergio Romo que bien pudo ser jugador de las Chivas o un tal Pablo Sandoval cuyo apodo de Kung Fu Panda no requiere abundar de más en la analogía. Personajes que parecen sacados de un manicomio como el de One Flew Over The Cuckoo's Nest, pero que lugar de eso se divierten pegando jonrones hacia el mar, porque el jardín derecho colinda con la bahía.



La ciudad a la que Joe Montana volvió loca en los 80's desde que hizo una jugada improbable, un pase a Dwight Clark al que bautizaron The Catch y con el que llegaron a su primer Súper Tazón. Lo ganaron. Ganaron otro. Y el tercero ya me tocó verlo, con otra oda a lo improbable: una ofensiva de 92 yardas en minuto y medio para dejar tendidos a los Bengals (quien sepa de futbol americano me entendió). Esa noche me enamoré de Montana, los 49ers y de ese deporte de locos.

(Llevan cinco Súper Tazones ganados.)

Y sí, no lo niego, lo que más me movió para ir a San Francisco fue ver a los 49ers. Fue la última parte de mi viaje. Un partido que se esperaba parejo en lunes por la noche ante Chicago y que terminó como la revelación de un joven quarterback suplente de nombre Colin Kaepernick, quien tuvo su oportunidad dorada y aplastó a una de las mejores defensivas de la Liga. Con un 20-0 al medio tiempo se me ocurrió ir por una cerveza, pero mi ímpetu se desinfló como la moral de los aficionados de los Osos cuando vi el precio de 9.50 dólares. Ni modo, seguí viendo el partido sin cerveza, pero con orgullo. El juego terminó 32-7.


A la mañana siguiente, camino al aeropuerto, pensé que el homeless que pedía para su cerveza era en realidad el menos loco de todos.

1 comentario:

Silvia A. A. "Vasconcelos" dijo...

Maravillosa crónica
¡Quiero ir a San Francisco!