miércoles, mayo 16, 2012

Las Buenas Conciencias

MONTERREY.- El título evidentemente alude a la obra de Carlos Fuentes, quizás no la más exquisita de su repertorio, pero sí mi favorita.

Para ser franco, Aura me pareció una genialidad por el uso de la narrativa en segunda persona, pero Las Buenas Conciencias me marcó: lo leí en mi adolescencia (creo que por la escuela, pero qué más da) y me hizo entender la hipocresía que cunde al mundo y que abrumaba a mi mundo también en aquella época.

La misma noche de ayer, después de terminar una jornada de 12 horas de un maravilloso trabajo, no pude evitar en volver a pensar en Fuentes. No soy una persona tan culta como para explicar cada una de sus obras, ni conozco su vida lo suficiente para entender las razones de sus letras, pero sí entiendo muy bien cómo marcó -de manera suficiente- la mía.

Saco esto a colación porque, curiosamente, la noticia de la muerte de Carlos Fuentes me cayó como cubetada helada mientras realizaba un reportaje a una deportista que admiro y que me abrió las puertas de sus dos casas (su hogar y su sitio de entrenamiento) de par en par, de una manera muy franca y abierta.

Lo que encontré fue un retrato similar al de una familia que alguna vez fue, pero que ya no es. No hay reproches: mis padres nos educaron para ser libres y ellos decidieron serlo una vez que su trabajo estuvo completo y mis hermanos y yo estábamos listos para comernos al mundo. La familia que conocí ayer sigue unida de manera sólida y quiero pensar que así permanecerá.

A mis 31 años me he vuelto demasiado escéptico y desconfiado. He aprendido a leer una sonrisa detrás de unos labios y los ojos detrás de la pupila. Y después de un día largo, de altos y bajos, de profunda observación, entrevisté a la deportista en cuestión. Su carrera, sus metas, su entrenador, sus padres... Pero cuando le pregunté por su hermana, quien actualmente vive en Inglaterra, se quebró.

No recuerdo la última vez que vi unas lágrimas tan sinceras y contagiosas. Ella fue tan generosa que las dejó correr por su rostro sin empacho alguno, sin querer cortar la entrevista, como si esas gotas fueran parte del mar que las separa en este momento y que las hará juntarse cuando ellas se vuelvan a reunir, en los Juegos Olímpicos.

Educar gente libre no es darle las cosas para hacer lo que quiera, sino enseñarle a decidir, a pensar y a amar a su manera y no a la propia. Esa es en esencia una buena conciencia: eso fue lo que nos quiso mostrar Fuentes, lo que me enseñaron mis padres y lo que vi ayer aquí en Monterrey.

Porque México lo que necesita son a las verdaderas buenas conciencias.

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