sábado, noviembre 12, 2011

¿Dónde quedó la sonrisa?

Cuba es, desde la generalidad, la realidad de México magnificada. Llegar a su capital es encontrarse con un atraso de no menos de 30 años: automóviles de entre las décadas de los 50 y los 70 conforman la mitad del parque vehicular; internet es caro e inaccesible para la población particular (¿internet inalámbrico? ¡¿Qué es eso?!); los servicios bancarios son lentos e ineficientes; la vestimenta de la gente evoca a una época diferente, a la nostalgia.

Ah, y además, un bloqueo comercial de la nación más poderosa del mundo.

En cinco días probé La Habana de los turistas y de los cubanos, dos mundos diferentes en una misma ciudad, ambos caros ante su dimensión.

Cuba destila sabor en cada lugar, en cada calle, restaurante, casa, monumento, mojito, platillo y en el caminar de sus hermosas mujeres. Hay música de salsa en el aire y en sus voces. La Revolución se mantiene en pie y se resiste ante los signos de la globalización.

Fidel Castro, Ernesto "Che" Guevara y un poco conocido fuera de la isla Camilo Cienfuegos tuvieron un sueño que detallaron en la Ciudad de México, llevaron en un yate de regreso a su país y pusieron a andar por el ruido de los fusiles. Pude vivir en un par de días, a diferencia del resto de los turistas, los resultados de esa Revolución, de sus conquistas y sus desaciertos. Entré a un mundo que no se ve en las guías, del cual se habla poco y quizás un poco entrecortado, pero lo suficiente para saber que la vida allá es dura, que en efecto se vive con menos de un dólar diario y bajo el dictamen de una libreta de suministros. Es la Cuba de los dos tipos -que no sólo de las dos caras- de moneda.

Pero por más dura que sea la situación, el cubano se niega a perder la sonrisa, el baile y su historia. Te sigue diciendo "hola" o "buenos días" aunque no te haya visto nunca antes y nunca más te vuelva a ver. Se puede andar por la calle sin un peso en la bolsa, pero no sin alegría en el paso.

Ayer viernes, por ahí de la 1 de la tarde, tiempo local, me encontraba en una humilde, pero acogedora casa de La Habana, con una sencilla, pero deliciosa comida criolla cubana al lado de tres maravillosas personas que tenía no más de cinco días de conocer. Hoy es mi familia de allá. Me compartieron lo poco que tienen de una manera abierta, generosa y cálida, al grado que tomar el avión de regreso a casa me provocó una tristeza que sólo una vez en toda mi vida había experimentado.

A esa hora aproximadamente, en México se dio la noticia de la muerte del Secretario de Gobernación, Francisco Blake Mora. Me enteré minutos después de bajar del avión y recordé todas esas pláticas donde hablaba de mi país como un lugar maravilloso, pero con una problemática de violencia evidente. A esas horas, poco antes de las 7:00 de la noche, poco parecía importar ya el caso Blake en las redes sociales, la vida seguía su curso, y me quedó claro que la muerte de Juan Camilo Mouriño, tres años antes, también el Secretario de Gobernación en funciones y en un accidente aéreo, fue el precedente perfecto para que el mexicano se deje de espantar. Se murió el segundo hombre más importante de la política nacional, ¡y 8 horas después nos valía madres!

En México hace tiempo que se perdió la sonrisa.