martes, enero 25, 2011

El águila inmortal

El futbol no vive de los números o de las estadísticas, sino de la pasión de todos los involucrados: desde el jugador estrella hasta el último de los aficionados.

Por otra parte, las grandes instituciones sobreviven gracias a que sus miembros se identifican con ellas. Aquellas que no logran generar identidad entre su pueblo, están destinados a morir.

Hubo un hombre que lo entendió y construyó a un equipo que fue grande, mucho más de lo que es ahora, que sembró amor entre su afición y odios y envidias en el resto. Yo formó parte del segundo grupo.

Panchito Hernández fue el arquitecto de un equipo de futbol que lo ganó todo, que quiso expandirse más allá de sus territorios desde el nombre con el que fue concebido: en 1978, América conquistó al continente entero con el triunfo en la Copa Interamericana sobre Boca Juniors, y aquel nombre tomó más significado que nunca desde su bautizo en 1916.

Formó un equipo que encontró la fórmula perfecta para ser el antagónico del equipo más popular del país. Entendió que, si ya había un club de puros mexicanos, de la grande y tradicional provincia, debía ser un conjunto de la capital, con poderío económico y figuras extranjeras el que le hiciera contraparte, que se alimenta del odio y la antipatía de sus rivales. Los dos componentes que le daban equilibrio al espectáculo del escenario empastado de 100 por 70 metros.

Por eso, se rodeó de gente que entendiera sus ideas. El más importante fue alguien con quien jugó en el Zacatepec de finales de los 50, un hombre de su edad, de su generación, quienes vieron al campeonísimo Guadalajara reescribir una y otra vez los libros de historia y que al principio en las palabras y luego en la cancha siempre se vio más grande. José Antonio Roca se autoproclamó como "el antichiva número uno" y de la mano de su amigo Panchito le dieron forma a una rivalidad que hoy en día sólo vive del recuerdo.

Como directivo del América, Panchito hizo 43 viajes a Sudamérica. En alguno de ellos, convenció a un chileno de nombre Carlos Reinoso de venir a México. Ese joven fue campeón como jugador, vacunó a Boca Juniors en aquella Copa Interamericana y, con más orgullo, se precia de haber derrotado a las Chivas en una Gran Final. Pidió que sus cenizas fueran esparcidas en los campos de Coapa, para que su amor por el América vaya más allá de la muerte.

Panchito Hernández solicitó precisamente que sus cenizas reposaran en Coapa. Me gustaría saber si Reinoso se inspiró en él para tomar esa decisión.

A aquella generación del América no les bastaba ser Águilas hasta la muerte.

Los antiamericanistas le agradecemos a Panchito haber creado al monstruo de Coapa que alguna vez fue grande y temido.

1 comentario:

In phidelio dijo...

Cada vez se borran más esos ídolos. Panchito, un grandísimo.