sábado, octubre 16, 2010

Mimi Stanley


No lo parió, pero fue lo único que le faltó. John creció bajo su techo, comió lo que ella cocinaba y aprendió -a medias- de ella. Mimi fue, quizás, lo único estable en la niñez del futuro genio musical.

En los años 40, las madres solteras no se consideraban aptas para criar a sus hijos. Ante el abandono de Alfred, Julia no tuvo opción: su pequeño se fue a vivir con sus tíos Mimi y George. Ella era la imagen viva de la disciplina y lo sistemático, quería que su sobrino fuera un hombre de provecho, con una buena familia y un buen trabajo, que ayudara a su país a recuperarse de los estragos de la guerra.

¿Ser músico? No, inadmisible, nadie vive de eso. ¿Escuela de arte? OK, pero a regañadientes. Siempre fue consciente de que John tenía un grave problema de respeto a la autoridad, y nunca pudo corregirlo. Su sobrino-casi-hijo era un caso perdido.

Porque mientras Mimi se esforzaba por enderezar a John, Julia, su hermana, la madre biológica, lo alentaba para cumplir su sueño de ser músico. Y Julia tuvo más eco muerta que viva.

Mimi tuvo que aceptar que John fuera músico, que se casara muy joven y que explotara toda su creatividad. Y pese a la notable diferencia en sus personalidades, Mimi amaba a John y John amaba a Mimi.

Porque incluso los genios más grandes necesitan un soporte.


(Sólo le faltó una canción a Mimi.)

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