miércoles, junio 23, 2010

Sí somos el desmadre


Trasladarse en la Ciudad de México después de las 7 de mañana te da la seguridad de algo: llegarás tarde. Por eso no hay previsiones que sobren y las citas con otros seres humanos se hacen antes de esa hora o después de las 11. Y si el partido es a las 9 y quieres ir a verlo al Zócalo, ya te jodiste, tiene que ser antes.

La verdad es que se tiene que estar medio chiflado para levantarse a las 5:30 de la mañana con el fin de ver un juego de futbol en una televisión gigante a pleno rayo del sol y en medio de una multitud.


(Y mi novia me lo recuerda diario: estoy bien loco.)

No hay gradas ni boleto en mano, pero ante la amenaza de una predicción de 80 mil asistentes más vale actuar como si se llegara a un estadio de futbol: con mínimo una hora de anticipación, y si no habrá dónde estacionarse, en transporte público. Sólo que a diferencia del Azteca, el Olímpico y el Azul, el Zócalo tiene una estación de metro. Muy conveniente.

La masa humana otorga las bondades del anonimato: el permiso de hacer lo que sea con el cobijo de la impunidad. Abundan las pelucas tricolores y las máscaras de luchador, muestra de que lo que un día fue original termina irremediablemente como un cliché. El chilango saca a relucir su nula educación cuando, a 5 minutos de empezar el partido, se mete en un grupo de 30 pelados en medio de la gente que se acomodó desde una hora antes para ver tantito mejor.

El Fan Fest del Zócalo está patrocinado por Televisa, así que ni modo, a soplarse la voz de Pietrasanta y el "Perro" con bocinas dignas de un concierto de los Rolling Stones. Nadie tendrá misericordia de los oídos, ni siquiera por traer una cartulina que diga "me c#ga el Perro" por un lado y "cámbiale al 7" por el otro. Puede que sufras, o puede que el sufrimiento sea inevitable aún si le cambian al 7.


Los verdes empiezan a dominar, hasta que la zaga regala un balón que milagrosamente Luis Suárez manda a un lado del arco. La defensa mexicana está tan nerviosa como una virgen en su noche de bodas. Pero Giovani dos Santos da muestras de que nació con un balón pegado a los pies y Andrés Guardado le planta un jeroglífico imposible a los defensas charrúas.

Y entonces ocurre lo impensanble, la jugada fuera del guión que puede cambiar un partido: Guardado pega un zurdazo que revienta el travesaño de Muslera y cimbra a todo Montevideo, pero por cuestión de unos centímetros, el balón bota en la cancha, no en la portería. El futbol es tan injusto que un disparo desviado a 30 metros de la portería vale lo mismo que uno que rebota en la línea de gol y se sale: nada.

Para el aficionado, el humor y la conducta están condicionados al gol. Cuando es a favor, se empieza en el éxtasis orgásmico descrito por Galeano hasta llegar al coro popular y desentonado del Cielito Lindo; y cuando es en contra, la curva es contraria, del silencio en desencanto hasta las mentadas de madre a los animadores, que son los menos culpables de que el "Maza" haya perdido en la marca de Luis Suárez al 43'. No digamos después de que Andrés Guardado pasó de pesadilla a bálsamo para los charrúas tras su salida del campo. El veredicto fue unánime: "Vasco, ¡¿por qué lo hiciste?!" Con 45 minutos de anticipación sabíamos que el rival en Octavos sería Argentina.

Desde entonces hubo un concierto de reproches entre los 80 mil técnicos presentes, con excepción del momento en el que el "Chicharito" se quitó la chamarra y fue a recibir las instrucciones de Aguirre. ¿Se dará cuenta el chico de que en este momento su imagen es similar a la del salvador de la patria? Pero ni el nieto de Tomás Balcázar con su aura de nuevo "Red Devil", ni un Giovani que fue de más a menos, ni un Barrera que se cansó de desbordar y tirar centros, pudieron ser capaces de cubrir los errores de Franco, el "Maza", el "Vasco", y la ausencia de Guardado, que fuera del campo se convirtió en el jugador número 12 de Uruguay.

Entrada la desesperación, los fanáticos sacaron a relucir sus pobres matemáticas: ¿con cuántos goles clasifica Sudáfrica? Uno más uno igual a tres: faltaban dos, con uno de ellos y otro de Uruguay, el Tri se regresaba a casa con el orgullo entre las patas. Hora de rezarle las huestes de Domenech, y que el espíritu chocarrero de Nicolás Anelka se aleje de Polokwane. ¡Gol de Malouda! El Zócalo respira de alivio y se empieza a preparar para la albiceleste el domingo.

A la salida primero rondaron las caras largas, mientras algunos aficionados, los que se quedaron con las ganas de celebrar algo, encontraron una cámara de televisión para salir a cuadro y saludar a su mamá. Pero conforme se avanza sobre Madero buscando afanosamente la estación del metro de Bellas Artes, son más los hinchas que gritan "México, México". La memoria colectiva sólo duró tres cuadras y para llegar a Eje Central hay que pasar por un bloqueo de fanáticos optimistas.


¿Alcanzará el optimismo el domingo?

1 comentario:

Silvia Almanza "Vasconcelos" dijo...

Eres excelente periodista.

Ojalá algún día pueda ir contigo a un evento olímpico, o del mundial...¡debe ser lo máximo!