jueves, abril 22, 2010

Arctic Monkeys: los mexicanos somos el desmadre

"Somos el desmadre". Así nos definió Carlos Monsivais en una crónica a propósito del Mundial de 1986. Pero nuestro desorden se lleva a todos los ámbitos de la vida cotidiana y nacional, creo que sólo sorprendería al sector más desinformado del 43 por ciento de mis lectores que llegan desde el extranjero si les digo que en México hoy por hoy gobierna el caos.

No tengo la cuenta de a cuántos conciertos he ido, pero podrían ser unos 50. He asistido a recitales que van desde óperas hasta metal, así son mis gustos: incluyentes y no por eso menos exigentes. ¿Son muchos? Quizás para el promedio de la gente, sí; quizás para ser el melómano que siempre he querido ser, no. Aclaro también que nunca he visto un concierto fuera de México. Y si me había tocado presenciar el caos en las calles, el trabajo, la casa, los noticiarios y los estadios de futbol, esta vez lo presencié por vez primera en uno de los más eficientes reductos que tengo para sacudirme el estrés: los conciertos.

Los Arctic Monkeys son el caso más célebre de un grupo musical que saltó a la fama desde Internet. Un grupo de adolescentes abrió un perfil en MySpace, subió la música que grabaron en algún garage inglés, alguien la escuchó, le gustó, y ese alguien les dio un contrato con una disquera: lanzaron un mensaje como botella al mar que llegó a la persona indicada. Tan fácil y tan casi imposible como suena.

A un lustro de distancia del primer gran fenómeno musical alternativo de la red, se presentaron en México. ¿En dónde? En una de las capitales del caos mexicano, la catedral del futbol de este país. Una semana antes en la hora previa al América-Pumas fui testigo de un operativo de seguridad planeado por un idiota que pensó que era buena idea que los policías hicieran su revisión a un lado de las gradas, así, a mi amiga Emilia le confiscaron su cinturón de colores pastel sin posibilidad de que lo recuperara. ¿Que eso técnicamente no es un robo?

Pero en esta ocasión el caos reinó afuera del gigante de concreto, en la explanada aledaña, donde los Arctic Monkeys darían su esperada primera presentación en el país.

Tuve que coordinar a 11 personas (ay Mac, ¿cuándo vas a aprender?) para ir al concierto. Para Mayra y Martha el Estadio Azteca les representaba un terreno inexplorado. Sagra vino desde Monterrey con todo y perro para el evento ante la necedad que me impulsó a comprarle su boleto sin que me dijera que sí (el sí ya lo tenía), y ella junto a Gerardo, Daniel y Alejandra monitoreaban su Twitter para saber o que pasaba adentro. Ellos y todos los demás, preparados hasta para lo inesperado, esperábamos poner a trabajar a nuestros Dancing Shoes.

El concierto, programado para las 10:00 de la noche se tornó en caos. Ingresamos a las 9:45 una vez que la comitiva estaba completa. Para ese momento la noticia ya se había esparcido: la valla que dividía a la zona general de preferente fue violada y ya no había distinción entre los que pagaron 500 y los que pagamos 700 pesos. Bastaron unos minutos adentro de la reja del Azteca para diagnosticar el mal: boletaje sobrevendido. Caos. Ya no cabía un alma y nosotros estábamos afuera de la zona para espectadores, pero aún así no teníamos una vista mala del escenario.

Era un hecho que no empezaría nada a las 10. Conforme pasaron los minutos, ya pensábamos que se cancelaría. Desfilaron unos 20 granaderos a nuestro lado antes de las 11. Terminamos por sentarnos en nuestro cacho de asfalto. "¿Qué hacemos? ¿Nos vamos?". Alejandra fue la única que aguantó estoica de pie, un tanto angustiada por Alejandro, su hermano menor (es real, así se llaman) que estaba adentro en el tumulto. Mayra y Emilia devoraron una bolsa de Doritos. Seis compraron cervezas, yo opté sólo por dar algunos sorbos ante la experiencia de Muse, cuando con una Indio ya me sentía un poco mareado. La energía ya estaba baja. Y cerca el escenario el público furioso gritaba "¡Ocesa, Ocesa!". Ache Producciones, organizadora del evento, ya había perdido el partido.

Por ahí de las 11:15 una voz en el micrófono dijo que el concierto empezaría en 15 minutos. ¿Tocará Sleepy Sun, el grupo abridor, o irán directo con los Arctic Monkeys? El Sol Somnoliento finalmente se quedaría dormido so promesa de que darán un concierto gratuito. Antes de las 11:30 Ángel, mi hermano, y su novia, fueron a dar una última vuelta a la entrada. Un minuto después suena mi celular: "Están dejando entrar en Preferente, ¡corran!". Me levanté cual resorte y mis amigos me siguieron. Efectivamente entramos. Ache Producciones se justificó en su sitio web diciendo que "el retraso se debió a los ajustes necesarios para garantizar la seguridad del público por las graves fallas en las que incurrió el proveedor de barricadas", pero pareciera que su estrategia fue esperar a que los primeros impacientes se fueran del lugar.

A las 11:39, después de un bien practicado "Gracias por su paciencia" de Alex Turner, se escucharon los primeros acordes de Dance Little Liar. Terminó a las 12:53 ya del jueves. 73 minutos de concierto por 99 de retraso. Era difícil pedir más. Yo me quedé esperando Fake Tales From San Francisco. Los reclamos, amenazas de quejas ante Profeco y los recuerdos maternales a Ache Producciones inundaron Twitter en la madrugada. Y aunque prometieron compensar por el desorden, no hay manera de valuar un coraje.

"Vámonos por unos tacos". Una hora más para salir del estacionamiento del estadio. No pudimos evitar la comparación entre la organización de Muse y Arctic Monkeys. Como los arbitrajes en el futbol, cuando no tienes nada que decir de la organización de un evento es porque el trabajo fue inmaculado. "Ocesa también empezó así", dijo Daniel. Y nos bastó con recordar aquel penoso altercado entre los guaruras del hijo de Ernesto Zedillo y el equipo de seguridad de U2 para asentir, más no para justificar.

Regresé a casa después de dejar a tres de mis amigos en sus casas. Me dormí casi a las 4 de la mañana y por mi cabeza sólo dio vueltas una frase: chale, qué desmadre.

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