Hoy, como cada martes (que podemos), Busi y yo nos fuimos a tomar un café a una de las múltiples sucursales de El Jarocho en Coyoacán.
Luego de que ella pidió su té y yo mi capuchimoka, nos sentamos en una banca, volteé 20 grados a mi izquierda, y en el establecimiento de al lado, un lugar que parece más lonchería que restaurant, de esos que le dan su verdadera vida a esta zona, vi al hombre que me ha hecho comprender la irracionalidad del futbol de la manera más racional.

"
¡¡¡Es Juan Villoro!!!", le dije a Busi con un grito ahogado para no caer en el ridículo público. Para aquellos neófitos literarios, Villoro escribió dos de los libros que más marcaron mi pasión por los deportes:
Los Once de la Tribu y
Dios es Redondo. Particularmente el segundo, publicado en 2006, lo tengo considerado como uno de mis libros de cabecera.
Así que hagan de cuenta que me encontré con mi Hugo Sánchez literario.
Busi primero me recomendó pedirle un autógrafo "aunque sea en una servilleta". "No, eso lo haré con un futbolista cualquiera", respondí. Naturalmente no cargo con toda mi biblioteca a todos lados, por lo que sólo tenía una opción posible: comprar por segunda vez el libro y llevarlo a que me lo firmara.
Así que presurosos caminamos hacia el centro de Coyoacán, unas tres cuadras, a buscar el ejemplar. Primero en el Sanborn's (no porque sea la mejor opción, sino porque fue la primera), y nada. Luego en el Parnaso. Y en Gandhi. ¡NADA! Mi última oportunidad fue un lugar pequeño, en la esquina de Carrillo Puerto y Ortega, con más pinta de librería infantil. Y bendita mi sorpresa cuando la chica que atendía me dijo que le quedaban dos ejemplares. ¡Eureka! Fueron los 99 pesos mejor invertidos en meses.
De regreso, Busi y yo volvimos a discernir, como minutos antes, sobre la Ley de Murphy: "qué tal que llegamos y ya se fue". Desde dos cuadras antes, empecé a pensar en mi "frase de ligue", no iba a llegar con uno de mis héroes literarios a poner cara de colegiala frente a un rockstar.
"No le voy al Barcelona ni al Necaxa, pero vengo a que me firme mi libro", le dije resuelto a Villoro, luego de interrumpir abruptamente (lo confieso) su plática con aquellos 4 jóvenes. El escritor, se puso de pie y dejo ver su (aprox.) 1.90 metros de estatura frente a mi 1.70 que apenas raya en el promedio nacional.
- No me digas que le vas al América -contestó.
- ¡Por supuesto que no!, le voy a los Pumas -respondí, y le oculté que también al Real Madrid, pues eso tal vez sí podía dolerle.
- Aaaah, entonces no hay problema. Fijate que he notado que ahora (que el Necaxa descendió) yo creo que un 70 u 80 por ciento de los necaxistas le estamos yendo a los Pumas.
¿Será? Uno de los reporteros de mi sección, seguidor rayo, ya confesó que mientras su equipo esté en Primera A, perdón, Liga de Ascenso, le va a los Pumas. Me gustaría saber qué piensan la Montalvo y
Juan al respecto.
- ¿Y a poco lo traías? -me preguntó.
- Erm, no, lo pasé a comprar, ya veré qué hago con el otro.
(¡Vendo ejemplar de
Dios es Redondo seminuevo bara bara!)
Acto seguido, el escritor hizo bailar la pluma sobre el papel, y mientras preparaba una larga dedicatoria, me preguntó en qué trabajo.
- Soy periodista deportivo -dije.
- ¿En serio, en dónde escribes?
- En [aquívaelnombredeldiariodondetrabajo].
Villoro, por cierto, es columnista de mi periódico.
Uso hasta el último centímetro de papel que tuvo disponible, incluso hacia el final tuvo que hacer un poco más estrechas las líneas.

- Listo, y use toda la cancha -me dijo al terminar.
- Perfecto, esos son los partidos que le gustan a la gente, abiertos -contesté.
Luego de cumplir mi travesura, cual niño pequeño fui a presumirselo a Busi en la banca del Jarocho. Pero después se me ocurrió otra idea.
Hoy me dieron mis primeras tarjetas de presentación de la empresa. Y no es que me haya sentido particularmente importante por ello, pero al darme la cajita, mi jefe me dijo "son para el trabajo eh, no para tus amigos".
Y Mac se dijo a mi mismo: "mi mismo, dale tu primera tarjeta de presentación a Villoro, empezarías a lo grande". Fuimos al carro de Busi (ella puso la transportación esta vez), saqué las tarjetas y regresé al restaurantito donde estaban Villoro y su séquito. Y se la dí.
¡Gol!
El grupo me hizo plática, me preguntaron si un diario en línea aún podía ser cerrado, si sabía de cambios importantes en un periódico competidor y el partido entre México y Honduras. "Me imagino que mañana terminarán un poco tarde, ¿no?". Incluso me ofrecieron sentarme, pero dado que mi acompañante optó por esperar afuera, después de 10 minutos salí, con una sonrisa de oreja a oreja.
Desde hacía tiempo supe que una de las cosas que debía tener en mis manos antes de morir era mi ejemplar de
Dios es Redondo firmado por su autor. Y cuando las cosas se dan así, un ápice de planeación, cuando simplemente estás en el lugar y momento correcto, son los momentos que sólo se pueden comparar con
ver a tu equipo campeón.
Y es que, como dije hace apenas unos días, Coyoacán no deja de sorprenderme.