
En el verano de 2004, meses antes de abrir este blog, me fui a Guadalajara.
El pretexto: tomar materias de verano en el campus de allá de mi universidad y sondear de manera seria la posibilidad de quedarme ahí. Encontrar un trabajo y vivir a mis expensas.
Tomé el camión, lo recuerdo bien, en los primeros minutos del 7 de junio para llegar por la mañana. Tener dos tíos viviendo allá me facilitó mucho las cosas. El 8 ya estaba tomando clases y el 12 estaba de vuelta en México para la Final entre Pumas y Chivas.
Pasé los siguientes dos meses en la capital de Jalisco. Fui al lago (seco) de Chapala, comí birria, me enfrenté a mi miedo a las alturas, leí dos libros chafísimas para la escuela, conocí poca gente -pero buena- y viví solo por poco más de un mes. Ah, y paseé orgulloso con mi playera del puma campeón en territorio enemigo.
Todos los días pasaba al lado de la Minerva. Vi muchísimas tapatías guapas, hasta en el transporte público, e incluso me ligué a una de ellas (¿o ella me ligó?), pero que cuando vi que su onda era seria y la mía no, opté por huir.
Huir, huir, huir. Esa fue mi experiencia de Guadalajara. Y no, no lo malinterpreten, la ciudad me encantó, pero en lo personal, a eso me fui, a querer "empezar de cero". Hagan de cuenta que me dio la crisis de los 15 cuando sientes que nadie te comprende y te quieres ir de casa, pero a los 23.
Estando allá, recordaba todos los días algo que me ocurrió poco antes de partir. En una ceremonia de entrega de reconocimientos de la estación de radio de la escuela, una amiga me pidió que no me fuera. Primero lo tomé a broma. A la segunda, ya no era tan broma. A la tercera, derramó sus lágrimas en mis hombros hasta la deshidratación. Antes de que lo pregunten, no, no era mi novia. Era una persona a la que conocí poco después de que le pasó algo feo, apenas unos meses antes de todo esto. En realidad, hasta ese punto entendí que más que ser su amigo, era su "red de seguridad", tal como me lo confesó hace apenas unas semanas en un café.
Terminado el verano regresé a México, tentativamente por 15 días, pero ya indeciso si me quedaba en Guadalajara. Lo primero que hice fue visitarla a ella. A la mañana siguiente sabía que la huida tapatía había terminado.
Para Alejandra, gracias.





















