lunes, septiembre 07, 2009

Ángel

En algún momento, la vida deja de medirse en años. De repente los parámetros se convierten en cuatrienios (en el mundo deportivo), lustros, sexenios (en el mundo de la política), décadas, y un impreciso término llamado "generaciones".

Mi abuelo Ángel falleció exactamente hace un lustro.

El festejo de los 40 años del matrimonio de mis abuelos. Desde entonces no me gustaba usar traje.

Él quedó huérfano de padre y madre a los 7 años, en un lapso de apenas seis meses entre ella y él. Desde entonces fue criado por sus tías, pasó por el Ejército, estudió Leyes y a los 30 años se casó -una edad ya medio avanzada para aquellas épocas- con Altagracia, mi abuela.

Dedicó su vida a la política y al derecho. Fue presidente municipal de Ecatepec entre 1960 y 1963 y posteriormente notario público. Padre de seis hijos (mi papá fue el cuarto).

Hace algunos años desempolvamos las películas Súper 8 (uuuuuuuuuh) de la familia y el veredicto fue unánime: de los 16 nietos que tuvo Ángel, el que más se parece a él soy yo. La frente amplia me delata.

Ángel vivió los últimos cinco o seis años con vida prestada, debido a un Alzheimer que cada vez hizo más mella de él. Alcanzó en ese tiempo a conocer a Fernando, el primero de sus bisnietos.

También en ese lapso, en el verano de 2001, celebró sus Bodas de Oro, y por primera vez desde que contrajo la enfermedad, lo vi lúcido, entero. Cada año nuevo era obligatorio su discurso (como buen político) y he de confesar que en los últimos años ya no me causaba mayor interés, ¿qué tanto podías escuchar nuevo después de más de 20 años?

Pero aquel día de junio Ángel nos regaló, para siempre, sus mejores palabras.

Por primera vez lo vi doblarse y ceder ante las lágrimas. "Primero mi mamá, luego mis tías, y por último mi esposa: pero siempre, en todo momento de mi vida tuve al lado a una mujer que me dio fuerza." Comprendí que eso, además el profundo amor que sentía por su país, fue el legado que me dejó Ángel, y que llevo en mi apellido.

En el verano de 2004 huí a Guadalajara. Y uno de los motivos de mi vuelta fue precisamente mi abuelo. Entendí que ya eran sus últimos días, y aunque no me era posible convivir con él muy seguido, no quería estar lejos en ese momento.

Quienes me conocen, saben que no soy de la gente que llora. Soltarme una lágrima es tan difícil como si recorriera completo el Tour de Francia. Cuando murió Enrique, mi otro abuelo, en 1997, me quedé en shock y ahogué todo dolor. Tiempo después entendí que tenía una deuda con él y conmigo. La saldé aquel 7 de septiembre de 2004, sin necesidad de sufrir doble, sino de comprender la trascendencia de un ser humano.

A unos metros de la cripta de los Otero está la tumba de Enrique y mi hermano José Pablo. Pasé a visitarlos también.

Acaso, porque los muertos en realidad nunca se van.

4 comentarios:

maligna dijo...

Nunca se van... viven para siempre en el corazón. Besos.

Silvia Almanza "Vasconcelos" dijo...

¡Qué bonito post sobre tu familia!

Miranda Hooker dijo...

Y por eso los apellidos vibran y nos hacen voltear hacia atrás, hacia adelante y hacia todas direcciones.

Gi Otero dijo...

Primo!!! que padre leer este artículo, en mi vida dejo bellas frases y una mirada que me decía no hagas nada si no es amor.. Un Angel para todos... un abrazo...