viernes, junio 12, 2009

Tres goles memorables


Del primero, incluso escribí una crónica que posteé hace ya varios ayeres. Es el mejor, y dudo que meta otro que lo desplace.

El segundo

Fue en quinto de primaria, en la semana de nuestro campamento anual. A nuestro entrenador se le olvidó pedir que aplazaran el partido del sábado por la mañana, que era el último día de aquel magno evento, al cual nuestros profesores casi nos llevan de las orejas.

La solución la dio un grupo de padres de familia: llegar por sus retoños a las 6 de la mañana a nuestra ubicación en la penumbra del Estado de México y llevarnos a la escuela para jugar a las 8. Ergo, debíamos levantarnos a las 5 de la mañana, después de dos días de actividades interminables.

El jueves, cuando llegamos, no paró de llover. El viernes, una neblina que no te dejaba ver ni las narices. A mi profesor se le ocurrió levantarnos el sábado no a las 5, sino a las 4. Pues ya qué, ni modo que nos durmiéramos. En efecto llegaron por nosotros a las 6, y tratamos de descansar lo más posible en el camino. A las 7:30 que llegamos, nos recibieron con chocolate caliente, que bajo nuestras condiciones supo a gloria y a EPO.

Nos tocaba jugar contra una escuela a la que históricamente siempre goleábamos, pero el trajín de los días anteriores, la desmañanada, el poco sueño y el traslado nos pusieron 3-0 en contra en el primer tiempo.

Empezamos a remontar: 3-1, 3-2... Y nos anotan el cuarto... Y marcamos el tercero... Me di cuenta que su portero no era precisamente muy hábil para rechazar y que en las jugadas a balón parado la defensa salía en lugar de prevenir las escupidas de pelotas del guardameta. Así, en un tiro libre, salí desde atrás, aproveché el error y empujé el balón a las redes. 4-4. Minutos más tarde metimos el quinto y ganamos el partido.

Por cierto, ese sábado, en la sede de nuestro campamento, salió el sol y el día fue precioso.

El tercero

De él ya hice una mención en las 27 cosas que (no) querías saber del Mac. Fue el 27 de marzo de 1999, justo el día que cumplí 18 años.

En esas épocas, me invitaron a jugar en un club de la Colonia Florida, los sábados. La verdad, ni siquiera recuerdo el nombre del equipo, pero éramos algunos amigos de la prepa y otros agregados culturales.

Ivar, que era un dotado de técnica, tomó el balón en tres cuartos de cancha desde la banda derecha (la cancha era muy pequeña, como de Fut-7 y de pasto sintético), hizo un recorte al centro, lo paró y mando un pase flotado hacia el área. Me levanté acrobáticamente, cual hipopótamo de Fantasía, peiné el esférico y cuando giré la cabeza, la de gajos estaba besando las redes.

Nunca había metido un gol de cabeza. Nunca lo he vuelto a hacer.

2 comentarios:

Dacoor dijo...

Señor... debiste jugar para la s Águilas... nada tan grande como eso... :) Un abrazo señor.. y ya estaremos viendo un mundial sin mexicanos

Silvia Almanza "Vasconcelos" dijo...

amo este tipo de crónica de tu infancia-juventud!! jajaj sobre todo los pequeños detalles!