jueves, abril 30, 2009

Influenza: Día 7(2), el transporte público


- ¿Y sí les ha bajado el pasaje?

El chofer solamente asiente mientras se coloca sus guantes, que de todo el sudor ya se mezcla el color hueso con el transparente, y con un hoyo en el dedo pulgar.

- ¿Los están checando mucho (los policías)?
"Uy sí, y trabajar con esto (tapabocas) es horrible, sobre todo ahora que es época de calor.

"Tengo un amigo que trabaja en una farmaceútica, y me dijo que desde hace un mes el gobierno les estaba comprando tapabocas y gel para las manos", dijo para romper el silencio, un hombre de corte de cabello militar-disparejo, bigote desaliñado. Salvo contadas ocasiones, llevaba su cubrebocas sobre el mentón y la papada. Las teorías de la conspiración están a todo lo que dan. ¿Será cierto que el gobierno ya sabía del problema desde mucho antes?

Lo del pasaje es fácil de comprobar: en ningún momento de mi trayecto, entre Coapa y el Metro Coyoacán, hubo un pasajero parado. Incluso, en la parada del Estadio Azteca, donde siempre hay una cola numerosa de gente esperando, sólo subió un hombre de unos 50 años con una maleta enorme y una mascarilla de tela.

De lo que ya no nos podemos quejar es de la limpieza del transporte. Salvo las manchas que el padre tiempo ya dejó como huellas perennes, se puede ver el blanco de las paredes del microbús. Los tubos, si bien no es como para ver tu reflejo en ellos, también se ven impecables, incluso tengo la costumbre de apoyarme en ellos cuando estoy sentado junto a uno, y esta vez, por la contingencia, traté de no hacerlo.

Me entregué a la lectura que he seguido desde algunas semanas de "Instrucciones para vivir en México" y me acordé de la pregunta que me hizo Jésica el lunes pasado: "¿qué estaría pensando Ibargüengoitia de todo esto?"

- Se estaría pitorreando de la situación.- dije aquella noche.

Tengo identificadas tres rutas para ir al trabajo que salen desde el mismo lugar, y opté a propósito por esta porque es la única por la que paso por el Centro de Coyoacán. Al virar de Miguel Ángel de Quevedo hacia Felipe Carrillo Puerto, se veía la calle casi desierta, un par de autos estacionados y otro par de peatones en la banqueta.

Pero cuadras después, conforme nos acercábamos a la plaza, veía más vida: algunos establecimientos abiertos -por otro tanto cerrados-, más gente, y al llegar a la altura del ombligo coyoacanense, del lado derecho las eternas obras, ahora junto al templo de San Juan Bautista y del izquierdo, una cantidad nutrida de personajes, sentados en las bancas, otros caminando con paletas heladas. Incluso una pareja retando claramente a la situación: ella abrazada al cuello de él y pidiendo ese beso que hoy está prohibido. El entorno, nada lejano a lo que vi el viernes pasado al medio día. Respiré un poco más tranquilo.

En el corto trayecto del Metro -de apenas una estación- lo único distinto que pude notar fueron los olores. En Coyoacán, un potente aroma a cloro en las escaleras. En Zapata, el mismo olor en el pasillo donde abandonas el andén, pero mezclado con el de un localito de helados de McDonald's.

Hice 15 minutos menos de trayecto que lo normal.

1 comentario:

Silvia Almanza "Vasconcelos" dijo...

Quiero un post sobre el complot!