miércoles, agosto 22, 2007

¡Mi prima se casó!

No soy afecto de retratar mis "momentos rosas", es decir, aquellos que si fuera famoso saldrían en el Hola. No es ni por mucho mi estilo. Pero esta estampa sí que vale la pena.

El viernes se casó mi prima, quien vive en Barcelona, y vino a México a poner a Dios de testigo de su amarre.


Pero más allá de eso, ella era de las que decían que nunca se iban a casar. Vendió tan bien esa idea, que en la última boda de otro primo, se elaboró una lista de quienes seguían. La excluyeron a ella y a mi me pusieron como el siguiente, lo cual, quienes me conocen, sabrán que me hizo reír a carcajada suelta.


Yo aposté por ella. Y le pegué. Créanme, en los anales de mi familia, esta fotografía relata un hecho histórico y para muchos, impredecible.

Y me da harto gusto por ella.

Creo que voy a empezar a jugar más seguido al Melate.

martes, agosto 14, 2007

El Señor Telenovela

"Pobre México, murió el Señor Telenovela", ironicé en mi sagrado lugar de trabajo con mi vecino, Chanfle II.

Aquel comentario valió una discusión extensa (lo extensa que se puede ser ya en horas de la noche en un periódico) sobre el legado de este personaje a la vida nacional.


La vida de Ernesto Alonso es reconocida por marcar el camino para hacer series televisivas dramáticas (telenovelas pues) de alto rating y que, por tanto, sean onerosamente rentables. Que conste que es mi punto de vista. La fórmula es simple: la mujer pobre que se liga al jefe/patrón millonario y libra
toda clase de calumnias, injurias, obstáculos y cabronadas para que "el amor triunfe".

Bonita lección esa de que el amor se mueve en Mercedes Benz y BMW's. Sólo que esa fórmula la inventó antes Walt Disney, en Cenicienta. La diferencia, es que Alonso y Telesistema Mexicano/Televisa se las ingeniaron para cotidianizar la fórmula y hacerla funcionar todos los días.


Me vino a la cabeza una crónica muy ilustrativa de xosean sobre la muerte de Raúl Velasco, que si no mal recuerdo fue en diciembre pasado. El señor Velasco le echó a perder sus domingos por las tardes, dice. Haciendo una analogía, Alonso nos vino a dar en la madre todas las tardes de lunes a viernes.

La primera telenovela de la que tengo algún recuerdo fue Cuna de Lobos (o como mi madre la bautizara, Cuna de bobos). A una corta de edad de a lo mejor 5 ó 6 años, me hice fan de la tal Catalina Creel. Maléfica se quedaba pendeja frente a ella. Después de eso, habré llegado a ver algunos capítulos de Carrusel, donde admito que me gustaba la nerd-tipo Valeria. Y since then, hasta Mirada de Mujer, que me parecía que ya ofrecía algo distinto (de perdida mejores actuaciones con Angélica Aragón, Ari Telch y Bárbara Mori, cuando era más
actriz que modelo), pero bueno, esa ya no era de Televisa, fue producción de Argos.

Ninguna la veía diario, nunca he tenido tanto estómago. Si quería enterarme de algo, acudía con mi madre, que al menos a Cuna de Bobos y Mirada de Mujer sí que les metió ímpetu y horas-mujer frente a la tele.

Pero la verdad es que las telenovelas me parecen poco más que patéticas. Toda telenovela que aparece en el universo televisivo por default es calificada de patética. Sentimentalismo vago y tripas al aire con la etiqueta de amor. Siempre he pensado -marquen estas palabras, Mac hablando de amor, esto no se da todos los días- que los mexicanos somos tan idiotas que no conocemos el amor, por eso siempre nos damos en la madre -y por eso no tengo novia, le huyo muy bien a los madrazos-.


(Pero sí conozco parejas sanas, que no viven de "pegarse" uno al otro. Sólo que en esos casos, alguno de ellos no es mexicano.)

¿Por qué esta breve y medio insulza reflexión? Porque toda taranovela, salvo las infan
tiles, versan alrededor del amor. De hecho ya la fórmula de Ernesto Alonso está tan choteada que a toda nueva serie sólo le cambian el nombre y los actores que ya estén pasados de moda. Chanfle II, volviendo a aquella discusión nocturna, investigó sobre el señor y me hizo ver que incluso llegó a trabajar con Buñuel, los comentarios positivos de Enrique Krauze por ser quien popularizó la historia mediante sus novelas de época y que las muestras de cariño sobre él hacían sospechar que era una buena persona.

No lo dudo. Buen profesional y buena persona, seguramente lo era. Incluso yo casi daría por un hecho que don Ernesto Alonso leyó y releyó varias veces a Octavio Paz y su Laberinto de la Soledad. Psicología del mexicano pura: saca al azteca por un rato de su realidad, identifícalo con un héroe -real o ficticio- y obtendrás millones de varos.

Yo no le lloré. Bueno pues, yo sólo le he llorado a mis dos abuelos. No lo lamenté, pues. Después de varios días de darle vueltas al asunto, me pareció que Ernesto Alonso desperdició tiempo valioso para darle al mexicano un producto de mejor calidad para consumir de lunes a viernes por las tardes.




viernes, agosto 03, 2007

Los Simpsons

Sin duda, la serie televisiva que define a nuestra generación es Los Simpsons.

Se trata ya de la serie de dibujos animados más longeva, con 18 años de transmitirse. En México la pasan diario por el canal 7 de Televisión Azteca. Y peor tantito, pasan diario dos capítulos. Hay algunos de los que me sé todos los diálogos y sigo riéndome como escolapio (sí, la saqué de Homero) con los mismos chistes.


En las discusiones sobre Los Simpsons a veces ya ni discusión hay. Es un hecho que cada temporada Homero se hace menos neurótico y más idiota. Alguna vez dije, y quisiera vivir para verlo, que estos cinco amarillos personajes serán las primeras caricaturas que aparezcan en los libros de historia: la concepción de la sociedad estadounidense no sería la misma sin ellos.


Cuando anunciaron que vendría la película, primero temí, porque el reto es mucho mayor que el de un capítulo de 30 minutos en televisión. ¿Qué podrían Groening y compañía ofrecernos de nuevo a quienes ya cumplimos una mayoría de edad viéndolos?


Pero el ingenio de Groening no tiene límites. Mi única reseña de la película es la siguiente: nunca me había reído tanto viendo una película.


Y por cierto, Ms. Degetau recoge en su blog una discusión que yo también me hice, y que al verla, supe de inmediato que fue porque vio Los Simpsons: ¿por qué hay gente que aplaude al final de una película?


Pienso que es porque todos llevamos un pequeño Homero dentro. Sólo que la manifestación del mío no fue aplaudir al final, sino gastar 18 pesos en un Cinemex por comprarme una dona de
cubierta rosa con chispas de colores sólo para tomarme esta foto: