domingo, abril 22, 2007

Nocturno a Cuernavaca

Me dijeron que si uno no hace estas cosas al menos una vez en la vida, no ha vivido. Va contra todas mis normas de prudencia y buen comportamiento que me han dado el buen nombre del cual se aprovechan todas las mujeres con las que salgo ("le dije a mi mamá que iba contigo y no tuve problema para que me diera permiso", lo he escuchado tantas veces...).

Desde hace varias semanas me invitaron a una boda de un compañero del trabajo. Todo iba bien con el paso de los días hasta que este miércoles me enteré que la boda era en Cuernavaca. Y no por el lugar, sino porque los sábados suelo salir entre las 11 y 12 de la noche, por lo que el trayecto a la ciudad de la eterna primavera se convertía en una misión de valientes.

Conseguí apalabrarme con un editor para irnos juntos, porque la verdad, no hay amistad que valga el riesgo de darte en la madre en una carretera por ir solo.

Todo el sábado pasé la terrible incomodidad de vestir de traje (sin corbata, joder, era SÁBADO) trabajando con el estrés de una noche de pre-descenso en la Primera División. Dios me mandó la primera señal para abortar la misión de Cuernavaca cuando tuvimos una falla en el sistema de fotografía. Los periodistas virtuales mentábamos madres. Y mi compañero editor túvome que esperar media hora más para partir.

A las 0:30 horas (ya del domingo) salíamos del periódico. A la 1:20 cruzamos la primera entrada a Cuernavaca.

Confiados en la efectividad del mapita impreso en papel albanene (¿por qué los mapas de las bodas los imprimen en ese papel?), al tomar la salida correspondiente, Martín Corona (para guardar su anonimato fuera de las paredes de este honorable centro de información) y su servidor nos hacíamos ya casi en el lugar de los hechos. "Son tres cuadritas tontas", pensé para mis adentros, y los tres bloques idiotas se convirtieron en kilométricos tramos en una zona de la ciudad desconocida a la 1:30.

El sentido de paciencia de Martín fue mayor que mi sentido de orientación y a la 1:45 llegamos a la zona de desastre: un hotel very fancy con club de tenis (aunque no vi las canchas). La recepción (digo, creo que ya captaron que no llegamos a la misa) era en un jardín en donde se trazó un pasillo con velas hasta las mesas. Que bonito. Preocupados, Corona y yo tomamos nuestros boletos para entrar, pero a esa hora, hasta Maradona con suero se hubiera podido colar al festejo como en su gol del 86.

Escuché con preocupación que la música en ese momento era entre cumbia y tex mex. Creo. Cuando eso pasa, lo único que falta son los mariachis. Y por supuesto, el protocolo se siguió al pie de la letra, pues antes de las 3 ya teníamos el mexicanísimo conjunto. Algunos asistentes se retiraban y comencé a entender que llegamos cuando todo estaba acabando.

La comunidad del periódico del ángel del presente y del pasado nos juntamos en una mesa de 30 personas, que mientras el mariachi tiraba el pulmón por la garganta ante el pobre desempeño del micrófono, daba pie al show de flack y xosean (para seguir con la política del anonimato), que hicieron gala de sus gustos ochenteros y su desafinada voz, pero eso sí, arrancando las risas de los presentes mejor que Cepillín ante un público infantil. Al mismo tiempo, el taurino realizaba una enorme faena para esquivar a un gato negro que hizo su aparición en su segundo tendido.

Cuando el mariachi cumplió su hora, a eso de las 4, llegó el turno del karaoke. El dúo dinámico se dirigió presto al micrófono para liberar sus desgarradores aullidos. El resto del grupo de los 30 recibió con tristeza la noticia de que se cerraba la barra. Party is over. Los más inteligentes y pudientes se quedaron a dormir allá, los aventureros y jodidos como Corona y yo, retomamos carretera de regreso a la tierra sin ley donde vivimos.

Como buen copiloto, preguntaba a Martín de vez en cuando si iba bien. En el camino creo que tomó el acotamiento como cinco veces y se acercó a peligrosa distancia de una decena de camiones, pero su seguridad al volante me hizo mantener el silencio. Platicamos de nuestras historias y del periodismo idealista en el que dos jóvenes de aún una corta carrera toman como credo. Así un viaje vale la pena.

Nos encontramos a las inmediaciones de la Colonia del Valle enfilando a una taquería, donde llegamos a eso de las 5:30. En la mesa de al lado, un curioso par femenino, con caras de aspirantes, una a artistitucha de Telerrisa, y la otra a teibolera de Iztapalapa. Tres tacos de bistec y un boing de guayaba después, Martín me dejó en el periódico, donde dejé mi coche, con la consigna de regresar a casa, dormir un rato y volver al trabajo, como si nada hubiera pasado.

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