lunes, enero 30, 2006

El vuelo de "Pajarito"

Resulta irónico que a una semana de que la plaza de toros más grande del mundo cumpla 60 años, un animalote de 503 kilogramos haya logrado brincar una barrera de 2.7 metros de alto para meterse en las gradas... O bien, tendidos, como son mejor conocidos en el argot.

Nunca en mi vida he ido a una corrida de toros. Lo más cercano que he estado de algo así fueron unas vaquillas hace cosa de 6 o 7 años. Honestamente no tenía nada a favor ni en contra de la "fiesta brava", pero después de lo de ayer, me cambió la perspectiva.

Estando en la redacción del periódico para el cual trabajo (bueno, "trabajo" es un decir), llegó el domingo la noticia de los 7 heridos por el "vuelo" del toro "Pajarito". En realidad yo estaba más preocupado por otros temas de índole deportivo. Sólo alcancé a ver fotos del percance, y no me preocupé por saber nada de la historia. Al final de cuentas, los toros sobrepasan mis límites de la indiferencia.

Hoy, regresando a casa después de un largo y frustrante día escolar, hice lo que casi nunca hago: prender la televisión y poner un noticiero. Me sorprendió desde un inicio ver que abrían con la nota del toro, pues a más de 24 horas de haber ocurrido, pensaba que el mundo debió ser muy aburrido este lunes.

Segundos después, comprendí la decisión del productor.

La verdad no sé como un animal de media tonelada, con patas tan pequeñas, y que por tanto no puede generar grandes velocidades, haya podido brincar casi 3 metros de alto hasta la cuarta fila de las gradas. Pero lo que me pareció realmente triste fue ver la manera en que mataron al animal. Vaya, hasta se me quitó el impacto de segundos antes tras la cornada que le propinó a una señora.

Me pregunto, ¿qué culpa tuvo el animal? Un taurino, amigo de mi familia (el apoderado de Hilda Tenorio pues) me comentó una vez que el toro es un animal muy miedoso, y que el hecho de que el ruedo fuera de esa forma es para que no tenga un solo rincón en dónde esconderse. Así pues, "Pajarito", después de haber estado encerrado por días en los toriles, salió a defenderse de alguna manera, pues muchos animales (inclúyanse los seres humanos en el tope de la lista) atacan para defenderse.

Definitivamente nunca iré a una corrida de toros.

miércoles, enero 25, 2006

El primer orgasmo o el inicio de esta historia

El gol es el orgasmo del futbol. Como el orgasmo, el gol es cada vez menos frecuente en la vida moderna.
Eduardo Galeano, en el libro “El futbol a sol y sombra”
Sábado, 8 de la mañana. En la cancha del Centro Escolar Cedros se baten dos hermanos de institución: el Cedros contra el Cedros Norte. Con el número 17 en los dorsales del equipo local, juega de extremo derecho Ricardo Otero.

Era el año de 1988. Año de turbias elecciones presidenciales y sueños infantiles de gloria. Les mentiría si les digo que recuerdo la fecha exacta. Tenía sólo 7 años de edad y poco menos de un año jugando para la selección de mi escuela. Todos nacidos en 1981. Nunca había anotado un gol hasta ese día. Mi trabajo no era ser goleador, sino dar pases y mandar centros.

Teníamos un esquema de juego muy rudimentario, apenas empezábamos a ubicarnos en nuestras posiciones en la cancha, por fin dejábamos atrás la etapa de correr como desaforados los once tras el balón. Al lado del campo los papás gritan como si se quisieran meter ellos también a jugar.

Ganábamos 2-0. El partido no lucía muy complicado hasta ese momento. El pasto aún estaba mojado por el rocío matutino. La cancha media de largo lo que mide el ancho de una profesional. Éramos unos niños, un terreno de cien por setenta metros para nosotros hubiera sido como recorrer la ciudad entera para llegar a la portería contraria.

Entonces ocurrió. Hasta ese momento con trabajos levantaba el balón del piso...

Tomé el balón por mi banda derecha, y en un súbito arranque de confianza lo pateé. Estaba aún lejos de la portería, como a tres cuartos del terreno. El esférico describió una parábola perfecta, me quedé boquiabierto siguiendo con la vista su trayectoria que finalizó besando suavemente las redes al pasar apenas debajo del travesaño, por el centro de la portería.

No supe siquiera cómo reaccionar. Apenas alcancé a levantar mi brazo derecho y a correr a sabrá Dios dónde. Traté de contener las lágrimas. No pude. Aquí empezó la historia, ese fue el primer gol que anoté, y por lo que recuerdo aún el mejor de todos. Desde ese momento el balón y yo hemos mantenido una larga relación que finalizará con la muerte.

jueves, enero 05, 2006

Nuevo giro

Este espacio, creado en noviembre de 2004, pasó de la crónica, a la opinión, a una especie de diario personal. La evolución de estos 15 meses me orilló a eso, sin darme cuenta de lo vulnerable que me volví.

De cualquier manera, si algo descubrí en mi reciente retiro espiritual en el Pacífico mexicano, es que puedo vivir una semana sin tocar una computadora, pero no sin escribir. Me deshacía por tener una pluma y un papel, o mejor dicho, un cuaderno, porque una hoja no me hubiera bastado.

El rincón no poético del Mac volverá a los temas de interés general. Parafraseando al ya extinto de XdU: política, religión, futbol, sexo y tiro parabólico... A lo mejor esta idea, que puede parecerle radical a algunos, me hace perder fans. Pero no me engaño, nunca le he sacado un centavo a esto. Ah, también habrán algunos avisos sí, pero siempre y cuando sea de interés general.

Y para satisfacer mis necesidades de escritor, mis ángeles y mis demonios se mueven a otro espacio. Mucho, pero mucho más privado, del cual no habrá promoción, ni mercadotecnia, ni contador de visitas o encuestas. A lo mejor, algún día me atrevo a revelarlo, una vez que haya cerrado heridas y capítulos pendientes.

Lamento las molestias que esto les pueda ocasionar.

martes, enero 03, 2006

Diálogo interno

Ella. Primer día de clases. Su equipo. Mi equipo. Yo la he visto en los pasillos antes. ¿Quién es? Me atrae su mirada. El intruso en el mundo de los periodistas. La chica del voleibol, mi única solución para integrarme. Él me echa porras. ¿Estás seguro de lo que haces? El que no arriesga, no gana. Miedo ¿Podré? ¡La mitad del salón se va a graduar! Siete mujeres y dos hombres. Me leyó la cartilla. Dos veces. Hagan equipos. Hey, parece que quedé con los buenos. Pero no con ella. Días. Semanas. Taller de radio. Las cabinas. Protools. La consola. Nunca había operado una. Los niveles. Cada equipo a una cabina. Las cápsulas. Por fin, ¿locutor u operador? ¡Qué bonita bufanda! (tú sí sabes de futbol). Un diálogo corto en la cabina. La cafetería. Ahorita los alcanzó, voy a tesorería. Quince minutos de plática. Voy a clase. Voy a Jaque. Jaque está ahí a lado. El mail. Respuestas cada dos horas. Es lista. Es divertida. Me gusta su mirada. ¿Invitarla a salir? ¿Hace cuánto que no sales con alguien? ¿Por qué no intentarlo? ¿Qué pierdes? Los múltiples encuentros “casuales”. Se pasea junto a Jaque. ¿Me estará buscando? Mi renuncia a la revista. Como un ángel. Una llamada de distancia. Oye, te invito un café mañana. Va, llámame. ¿Nervios? Sí, un poco. Vamos, sólo es un café. Hola… Espera a que regrese a mi casa. Paso por ti a las 8. Pasando Cuauhtémoc. ¿Eres de las que no les gusta ir a Starbucks porque explotan a los productores? Sirven buen café…

Plaza Coyoacán. Mala idea. ¿Dónde hay otro? Sí, ese. Hay gente, pero está bien. Siempre pido un mocha blanco, venti, caliente. Dos sillones individuales. Ella a mi izquierda. Yo a su derecha. Su sonrisa fácil y cándida. Su amiga de Miami. Mi amigo que se casó. Mi carrera y mi loca decisión de querer ser periodista. El ambiente de los periodistas. ¿Te había dicho que me robaste a mi equipo? Sí, me sentí como un intruso. Eres muy carismático. Vamos imbécil, dile algo bonito. ¿Por qué soy tan reservado? ¿Qué hora es? ¿Qué importa? Hasta que nos corran. Ya vamos a cerrar. Tengo que regresar a mi casa.¿Eres niño Cedros? La glorieta. Mis antiguos rumbos. Su experiencia con la muerte. You are so weird (and I like it). La reja café. ¿Hacía frío? Media hora más. El after hours de un café. Tus ojos sonríen. Bésala, cabrón. No se besa en la primera cita. Se tiene que repetir. Vete con cuidado. (No te vayas.) (No quiero irme.)

El tiempo se medía en días. Luego en semanas. Luego en meses. El centro de medios. Él, ella y yo. Los tres mosqueteros. Hey Jude. Los días. Las horas. Las fotos en el celular. Sus ojos. La fiesta. Sus secretos. Mis secretos. Jamás te dejaré. Sabía que encontré un amigo. “Sí”. La cita con el ginecólogo. Mi casa. Mi padre. Mi hermana. Mi hermano. Mi madre. Mi familia. Mi vida. La revista. El periódico. Las peleas. Las reconciliaciones. Tenemos que hablar. ¿Tenemos que hablar? Las palabras sobran. El partido. Mi debut de narrador. Sólo vine para verte. Eres el mejor. El periodista rulea. El messenger. El celular. El teléfono de su casa. Su dirección. Su correo electrónico. Sus materias. Su horario. Sus profesores. Cómprate un coche automático. No en las vías rápidas. Su agenda. La leche. Mi laptop. El CEC. Hacía tanto que no decía esas dos palabras. Eres una buena persona. La hada. El cuento de hadas. Su rostro sonrojado. Los abrazos. Los mimos. Los besos al aire. Tomados de la mano. Te quiero. Yo también. Ah, ¿también te quieres? Los besos. Las comidas en la cafetería. La comuna. No tengo hambre. Semanas de exámenes. PAC. Sistemas. Le caes bien, eso es raro. Vacaciones. El canadiense. Six Flags. Las pirámides. Las fotografías. Man, I feel like a woman… Ya, ya, ¡para ya!


El diálogo interno no acaba nunca.

De compras

La dinámica familiar me ha orillado a hacer las compras de la casa durante el último año. Me he vuelto un experto en la geografía del Superama de Villa Verdún. Este proceso, por momentos mecanizado, lo tomé con calma para el primero del año. Eran ya las nueve y media de la noche.

Vestido de pantalón y camisa de vestir, un elegante sueter azul producto del botín navideño, este periodista deportivo deambulaba por los pasillos. Cualquier persona que me hubiera visto diría por mi atuendo, la hora, mi complexión física (voy a bajar de peso sin importar lo que se necesite) y el hecho de hacer las compras en solitario, que soy un joven recién egresado de la universidad saliendo de la oficina para hacer el súper. En cambio, soy aún un estudiante, con trabajo sí, pero sin oficina y con un sueldo raquítico.

Al estar en las frutas y las verduras, una joven pareja batallaba para elegir cuales llevarían. Más allá de que estacionaban su carrito donde más le estorbara a uno, me llamó la atención su pequeño hijo de (calculo yo) cuatro años de edad que no paraba de mover los pies de un lado a otro.

Me volví a topar con este célebre trío en otras tres ocasiones. Una fue en los quesos. Mientras yo tomaba uno chihuahua y uno panela, el niño le pedía a la mamá, gritando a los cuatro vientos, sin el más mínimo recato ni sentido de autocensura, que se cuidara de los ladrones y que se pusiera los lentes especiales para detectarlos. La pobre mamá no sabía en que hoyo esconder su cabeza, mientras yo, que me encontraba justo entre ellos dos, esbozaba una pequeña sonrisa ante la poderosa imaginación y el sentido lúdico del infante.

Ellos estaban formados en la caja antes que yo. El niño seguía jugando. Seguía en su mundo enmarcado por anaqueles, cajas, ladrones, lentes... Yo no paraba de sonreir. Fue ahí, en la caja dos de un Superama que, justo después de alzar la cabeza y suspirar, recordé cuál ha sido el motor que me ha llevado a hacer todo lo que hago desde hace ya varios años, el sueño que un día será realidad y que me hará sentir un hombre realizado.

Quiero tener un hijo.