jueves, diciembre 14, 2006

Pachuca y sus grandes avenidas

Entrar a Pachuca es entrar a una ciudad que aspira a ser algo grande. Ingresas por la carretera y te encuentras con una anchísima avenida muy poco transitada. Pasos a desnivel y puentes que huelen a nuevo, cruceros inteligentes y poca gente.

Cualquiera pensaría que los alrededores del estadio Hidalgo en los minutos previos a un partido de Liguilla serían un caos. El hincha chilango está preparado para llegar a este tipo de eventos con mucha anticipación, aún si se da en alguna ciudad de la periferia de la capital. Y para la expedición de aquel viernes por la noche fue sorpresivo entrar una hora antes del juego sin hacer fila en el estacionamiento. Como buenos administradores de tiempo que somos (o mejor dicho, obsesionados del reloj), nos dio la posibilidad de ir a cenar.

Tres pumas y un villamelón americanista (certificado, por Dios, el americanista más puritano se rasgaría las vestiduras de escuchar el por qué de su afición) vestido de tuzo compartimos la mesa. Lo único rescatable de aquel momento fue cuando el sujeto de la caja dijo al momento de nuestra salida "¡Tuzos!", que provocó la respuesta más elocuente de mi hermano: "¿qué pasó? Si te acabamos de pagar..." Ovación de pie.

De aquel partido, lejos del resultado de igualdad de goles y de la victoria de los Pumas en ocupantes de los separos, se me quedaron grabadas dos cosas: primero, como 3 auriazules desatados invadieron un palco del dueño del Pachuca y recetaron tantas goyas que les valió salir escoltados por 8 policías del estadio, el operativo policiaco más grande de la historia, ¡dos guardianes del orden por cabeza!; segundo, que el frío hidalguense (que me hizo llegar con 4 mudas de ropa) se contagió a su afición, las goyas inundaron el "huracán" Hidalgo.

Salí un tanto decepcionado por ello. Cuatro títulos en los últimos diez años no logran que la afición de un equipo sea tan apasionada por sus colores. El estadio ni siquiera se llenó. Y eso que era Liguilla. Busqué varias justificaciones y la única que me hizo sentido es que la gente de provincia no tiene la misma necesidad de desahogo que el chilango. En mi ciudad, una avenida de 14 carriles (Periférico sumados sus dos pisos y sus dos sentidos) está llena en hora pico.

Y esto lejos de ser una crítica para Pachuca, me merece una reflexión. El título conseguido en la Copa Sudamericana acaso fue el motivo perfecto para sacar de la congeladora la crónica de aquel viaje que por ocupaciones académicas no tuve tiempo de publicar. Pero más que eso, me hace la eterna pregunta de cuál es la fórmula para hacer un equipo campeón.

Pachuca hace 15 años no era un equipo aspirante a ser campeón: era un club que soñaba con tener una permanencia regular en Primera División. Me tocó ver varias Finales de Segunda de este equipo, y recuerdo particularmente una en la que cayeron en penales ante el Atlante (el último lo metió Félix Fernández). Los Tuzos iban y venían y cada vez que ascendían se convertían en automático en el candidato más firme a descender.

Pachuca, dicen, no tenía grandes avenidas y mantenía un aspecto aún pueblerino. Eso dicen, no me consta. Incluso el viejo estadio Revolución daba pena entre los grandes templos del futbol mexicano. Luego un día les hicieron uno nuevo y trajeron a un tal Javier Aguirre a dirigirlos, quien en su breve debut con el Atlante pasó algo menos que desapercibido.

Se colaron milagrosamente a una Liguilla, sorprendieron al llegar a la Final y dejaron mudo al Estadio Azul con un gol de Alejandro Glaría. El futbol mexicano enloqueció: el pequeño Pachuca era campeón.

Siete años después, los Tuzos han sido campeones tres veces más, el tal Aguirre hoy dirige a un tal Atlético de Madrid, fundaron una Universidad del Futbol y son el modelo a seguir de administración y éxito en la industria futbolística nacional. Y Pachuca es una ciudad que respira modernidad desde sus anchas avenidas.

Hoy (bueno, ayer) se convirtieron en el primer equipo mexicano en ganar un torneo continental. En TV Azteca lo celebran como si el Tri hubiera derrotado a Brasil en la Final del Mundial, con la exageración de André Marín de decir que es el mayor logro a nivel de clubes de un club de nuestro país (que poca memoria, ¿ya olvidaron las Copas Interamericanas que ganaron América y Pumas?). En Televisa el logro sirvió de escolta para el gran platillo de su equipo que está por sucumbir ante el mejor del mundo, alimentando la esperanza en la manipulable afición azteca de lograr el milagro.

Pero eso sí, Pachuca fue capaz de vencer a Colo-Colo y a los temores de un complot de Conmebol para que sólo los clubes sudamericanos se llevaran sus torneos. Cruz Azul y Pumas murieron en la agonía de los once pasos ante el verdugo xeneize. Hoy Pachuca es el primer club mexicano, tanto por el año de su fundación como en romper el paradigma del futbol sudamericano. Gran ironía, justo en el día en el que Boca Juniors sufrió la derrota más sonora de sus últimos años.

Y creo que antes de rompernos la cabeza y gastar tinta y saliva en el puesto de director técnico de la Selección, hay una necesidad más urgente: que Jesús Martínez dirija la Federación Mexicana de Futbol.

1 comentario:

blogsdepachuca dijo...

Ahora en el 2007, se estan realizando más obras en las diferentes avenidas de la ciudad de pachuca, hgo.

Estoy formando un grupo de blogueros de Pachuca.

http://blogsdepachuca.blogspot.com

Saludos