sábado, noviembre 18, 2006

Motivos sobran

Tener la posibilidad de asistir a una Final de la ONEFA es una oportunidad que siempre aprovecho. Poca gente lo entiende, es más, creo que yo tampoco. En la televisión podemos ver un partido de futbol americano de altísimo nivel, con monstruos de 150 kilos que corren más rápido que yo y con golpes que para cualquier otro mortal representaría el pase directo a la tumba.

Eso es la NFL, y la ONEFA, siendo realistas, está a años luz de distancia.

Luego entonces, ¿por qué mi obstinación de levantarme un sábado a las 6:45; tomar un camión a Puebla a las 9; pegármele en el taxi a Cholula a tres regios; empujarme con otros colegas por un maldito sticker que fungió como acreditación; cargar cámara fotográfica, dos lentes, su maletín, tres rollos, una grabadora, una libreta, una pluma, dos hojas oficio con los rósters, y un chaleco con dos docenas de bolsas; darle unas 20 vueltas (no exagero) a la cancha en 4 horas al rayo del sol poblano de invierno en otoño; darme más empujones y codazos con los colegas para tomar la foto del festejo y grabar la declaración del coach que ha ganado 9 campeonatos en 14 años; regresarme con mi ex jefe del periódico (al periódico, claro) y volver a casa 13 horas después?

Sencillo.

Por leer un buen libro en el camión; por conocer a los únicos tres regios no codos que me patrocinaron el traslado a Cholula; por acrecentar mi colección de acreditaciones; para tomar fotos de touchdowns, festejos y de la botarga de los Borregos pintándole el dedo medio a la tribuna de los Aztecas; por sentir la alegría y la intensidad de 10 mil personas que viven el partido como si ellos lo jugaran; por escuchar al mariscal de campo campeón reconocer, en un gesto de genuina humildad, que su rival es el mejor de la Liga, a pesar de la derrota, y del coach que aún ante la emoción de un tricampeonato se toma las cosas con tanta calma; por aprenderle a un hombre más de lo que ya le aprendí en 7 meses, por conocer a Sebastián y por saludar a los amigos que hice en ese periódico, a quienes no cambiaría por el más jugoso cheque ("yo nunca los vendería, hermanos"); por abrir la puerta de mi casa y presumirle a mi padre (quien tanto tanto tanto me puso a prueba en mi loca aventura de querer ser periodista) que tomé la foto ex-clu-si-va del finísimo gesto de la botarga...

Por haber aprendido al lado de un campo de futbol americano a escribir una nota y una crónica, a tomar fotografía deportiva y a narrar...

Pero más que todo eso, porque lo disfruto, tanto o más que los locos (porque se necesita estarlo) que practican este deporte del cual me he enamorado sin haberlo jugado nunca.

1 comentario:

Ashbless dijo...

Ole!

Eso es saber vivir el momento y disfrutarlo.