domingo, noviembre 12, 2006

Mac vs El andamio de la UDLA II

Hace un año, en el último sábado de octubre, vencí mi miedo a las alturas para trepar un andamio de 6 metros de alto sin mayor ayuda que su estructura. Esto ocurrió en la Universidad de las Américas, cuando fui narrador de bomberazo.

La misión tendría que repetirse. Ayer, de regreso en el Templo del Dolor de la UDLA, el Mac habría de enfrentarse de nueva cuenta a ese andamio verde y agreste. La revancha estaba lista.

Si llegar a la escuela entre semana a las 7 es cosa kafkiana, hacerlo en sábado raya fuera de todo lo humano. Ahora imagínense después de la desmañanada, tener que estar en Puebla dos horas y media más tarde y mirar frente a frente al andamio hasta que a los flojos de prensa de los Aztecas se les ocurriera llegar para darnos nuestras acreditaciones y poder entrar al estadio.

Deposité en mi estómago una cemita que mi productor calificó como una vil torta de milanesa. Me vale, estaba buenísima, más por el queso oaxaca, del cual he dicho que soy fan. Mis jugos gástricos recibieron los bolos alimenticios con notas del Gloria de Vivaldi.

Entramos finalmente al Templo del Dolor (pero dolor de trasero por las tribunas). Mac cargaba su mochila y por alguna extraña razón no la bajaba al piso hasta que algún miembro de la expedición le preguntaba por qué la tenía al hombro si no hacía nada.

Por lo peligroso de la tarea que estaba por realizarse, uno pensaría que en la mochila traería arneses, pico, clavos y toda clase de artículos de montañismo. No, sólo estaba mi laptop.

(Órale, que dijeron, ¿que tiene un GPS para no correr con la misma suerte de los alpinistas del Changabang en caso de perderme?
Por favor, no es para tanto.)

Minutos antes de iniciar el ascenso, recorrí las laderas, cuyo territorio habría de ver desde la cima del andamio. Chale, ya neta, me hacía huei.

Pero no podía huir a mi destino. A las 11:15 inicié el ascenso. Pan pianito. Me lo tomé con calma y sin voltear hacia abajo. Pero conforme subía, mis piernas sentían cada vez más presión de la gravedad. Finalmente, llegó el paso de la muerte, subir a la plataforma donde estaba instalada una mesa, dos micrófonos y muchos cables. Mi compañero de ascenso ("el ídolo de Saltillo", bautizado por su servilleta), se adelantó en el camino y ya estaba instalado. Contorsione mi cuerpo de distintas maneras hasta que logré poner pie en ella.

Hice cima a eso de las 11:18 y de ahí no me bajé en casi cuatro horas. Alfonso de la Parra y Andrés Delgado ascendieron 6 mil 864 metros en el Himalaya, yo subí 6 en Cholula.

Pero lo difícil no era la subida...

Cuando tuve que bajar, escuché el grito socarrón de mi productor: "vamos Mac, si ya conquistaste al andamio". Mi respuesta fue clara y contundente: "no inventes, ¡los aplinistas (que se perdieron en el Changabang) llegaron a la cima, pero no bajaron!"

Bajar un andamio en pared vertical con mochila cargada con una laptop de 17 pulgadas y múltiples cables es una nueva modalidad de deporte extremo. No sé cuánto tardé en hacerlo, pero mis piernas tardaron en acostumbrarse a tocar piso nuevamente.

El andamio de la UDLA no puede conmigo.

No hay comentarios.: