domingo, septiembre 03, 2006

Crónicas del ñoñobús

Puse mi despertador ayer sábado a las 6. Ya me conozco, con eso despertaría a las 6:30. Y oh sorpresa, abro el ojo y mi reloj decía 7:06. Tenía 24 minutos exactos para llegar al Tec y treparme al camión que me llevaría a Puebla. Me bañé y me vestí tan rápido como mi adormilado estado me lo permitió, sin desayunar, y pise mi destino a eso de las 7:38.

Nada para preocuparse, saldríamos a las 8. Platiqué un rato con mi amiga la porrista y finalmente salimos a las 8:15. Desde el abordaje noté extraños comportamientos entre los ocupantes, a un cuate de sonrisa perpetua (el "Sonric's" le decían) que ya me estaba enloqueciendo, y que para acabarla era el cabecilla de la banda. El vehículo estaba a medio llenar, así que pude hacerme de dos lugares para estar a mis anchas. Traté de dormir un rato, pero el tráfico de Periférico pasando Avenida Tláhuac me estresó. Sólo en la Ciudad de México hay embotellamientos en sábado a las 8:30 de la mañana.

Tomamos carretera después de pasar por la bellísima zona de Iztapalapa, enmarcados por los fétidos olores que hay antes de llegar a Chalco. Después de varios años volví a escuchar esos jueguitos de ritmo y palmas de niñas de secu (pa que vaya acorde con el texto, porque terminos como "secu" y "peli" me parecen puñalísimos) recitados por damas y varones universitarios. Viajar en el autobús de Grupos Estudiantiles del Tec es toda una experiencia digna del National Geographic.

Traté de conciliar el sueño. No estoy del todo seguro si lo logré, pero como mi sentido del espacio y el tiempo percibió que cruzamos la segunda caseta muy rápido, asumo que tuve cierto éxito en la misión. Manolucas (el único integrante de la comitiva que conocía en persona y no por fotos en Jaque) cruzó algunas palabras conmigo, me confundió y por un momento pensé que íbamos al Tec Campus Puebla y no a la UDLA.

- Estamos armando la porra Mac.
- Por lo que más quieran, no salgan con su ñoñada del año pasado de "qué siga la fiesta".
- (Risas)

Como fondo de esta conversación, la tropa del ñoñobús hacia juegos de palmadas con albures pueriles. Lloraba internamente y esperaba ansioso el momento de pisar suelo cholutleca y preparar mi narración del partido. A unos minutos de llegar a la UDLA quisieron sacar un cántico que lejos de parecer de guerra sonaba como a uno de campamento de boy scouts.

Llegamos. 10:46. Eternos me fueron los segundos entre la entrada a la UDLA y cuando paró el camión para permitir el descenso. Rápidamente me separé del pelotón (lo sé, soy un ingrato, no pagué un quinto por mi primero de al menos tres viajes a Puebla) y busqué a los cuates de la televisora a la cual le regalaría 3 horas de mi voz. Después de hacer las presentaciones pertinentes, pisé la cancha del Templo del Dolor.

Me instalé al lado de mis compañeros de transmisión en nuestro andamio de primer mundo a unos diez metros de altura. Un chilango, un mochiteco y un juarense, éramos una combinación de acentos muy pintoresca. Olvidé que narrar un partido de futbol americano no es cuestión de lucimiento, sino de resistencia, y al cabo de una hora mi garganta empezó a cobrar factura. Los Aztecas no tenían que despeinarse gran cosa para ganar por 14 puntos al medio tiempo, pues la ofensiva del Tec CCM era tan eficiente como el poder de negociación del Gobierno de Fox.

Creo que un par de veces me llamaron Carlos durante la transmisión y por momentos ya ni sabíamos cuál era el turno de cada quien, pero aprendí que se puede tener una producción de tele exitosa con dos corcholatas de Pepsi y cinco pesos, e incluso me di el lujo de poner mi primer apodo como narrador (Juan Carlos "Pajarito" Castillo Najera, a un ropero que juega de fullback con los Borregos de 1.85 y 120 kilos). 27-7 ganaron los Aztecas.

Al final del juego, cortesía de los Borregos, me obsequiaron mi lunch: refresco de a litro, dos hamburguesas y papas fritas... Ración de tochero... Por un momento sentí que mi aparato digestivo me asfixiaba. Ocupé la segunda fila de asientos del ñoñobús, lejos de la tropa, que se fue al fondo (ayer se volvió mito eso de que los niños rudos se sientan atrás en los camiones).

No pude dormir en el regreso. Entrando al DF, la guapa Cristina (mi pupila está enamorada de esa mujer) se bajó con su novio en un McDonald's. Una de dos, o de plano su vejiga no aguanta y va al baño o nos va a comprar hamburguesas para todos. Sé que hubiera sido el único loco del camión que hubiera preferido que fuera lo primero. Pero fallé. La jefa fue recibida entre aplausos de la tropa y la mirada de angustia del reportero.

- No Cris, sería gula.
- Pero ya te la compré...

Tres hamburguesas depositadas en mi estómago... Prometí no volver a comer otra en lo que resta del sexenio.

Voy a Puebla otra vez el 16 de septiembre y el 21 de octubre, pero sin ñoñobús. ¿Alguien se anima?

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