martes, agosto 22, 2006

Crónicas de mudanza

Leí una vez que mudarse es como querer controlar 5 incendios al mismo tiempo. Eso lo comprobé en septiembre de 2004 cuando movimos nuestras huestes por última vez. Creo que 6 meses después todavía habían cosas sin desempacar. Entonces pensé "5 incendios, 5 personas, ya lo entiendo."

Pero he descubierto que la relación no es proporcional. Los 5 incendios son fijos.

Regresé a mi antigua casa, por los rumbos de Cuemanco. Ayer dormí mi primera noche ahí desde el 15 de septiembre de 2004.

Si digo que he llegado a mis nuevos territorios, miento. Conozco esa casa desde marzo de 1988 y prácticamente podría decir que crecí ahí. Llegué cuando el Periférico terminaba justo ahí, antes de conectarlo con Tláhuac e Iztapalapa.

Y sin embargo, ya no eran territorios conocidos. Cuemanco dejó hace tiempo de serme un territorio familiar.

Después de dos meses de amenazar, he completado mi mudanza. Vivo como escritor. Bueno, no tanto. Ya pude armar un escritorio en el que a duras penas caben mi heavyweight brand new laptop, escáner e impresora. Vaya, ni siquiera me quedó espacio para el mouse. Pero en la semana me traigo ooootro escritorio, reacomodaré cosas y finalmente tendré lugar hasta para las fotos de mis amigos. Ah, y ya tengo cama y un librero, me preocupaba ntre montones de libros desparramándose sobre sí mismos y gatos escondidos detrás de ellos.

Pero ya ni gato tengo. De hecho, siempre que abría la puerta de esa casa había uno esperando entrar. Ayer todavía como reflejo volteé hacia abajo cuando la abrí esperando ver uno. Pero esta vez no hubo Maica, Oso, Bicha, Picasso o Gorda esperando. Me deprimí.

(¡¡¡Extraño a Janis!!! ¿Qué será de mi vida sin esa gata neurótica?)

Abro el refrigerador. Vacío. Sólo hay tortillas de harina y queso oaxaca. Y paradójicamente sonrío. Mujeres, si quieren atarme hasta-que-la-muerte-nos-separe no me den dinero ni sexo, denme dos quesadillas con queso oaxaca, bien derretido, escurriéndose.

No había agua, pero sí 5 chelas. (Uajú!) Pero nadie con quien compartirlas. Eso sí, jamás me he tomado una cerveza solo. Saben a madres, pero lo que le da ese toque es la compañía.

Por fin tengo recámara para mi solo. La libertad es un anhelo que al encontrarse puede convertirse en la peor de las soledades. No he llegado a ese punto aún, por ahora lo que me inquieta es saber cómo en ese pequeño espacio podíamos convivir dos personas al mismo tiempo.

No tengo Internet en casa por ahora y viviré en la más grande austeridad republicana que haya conocido.

Para quienes me conocieron después de septiembre de 2004 déjenme decirles que se van a espantar. Es una casa mucho más chica, la zona no es bonita y los vecinos son perredistas recalcitrantes, de los que piensan que "bien vale la pena un plantón por luchar por la democracia" (Alejandro Encinas). Mosquitos por doquier (yo ya soy inmune, pero las visitas son bien recibidas). Y definitivamente no es un lugar apto para fiestas. Perdí el glamour, no es lo mismo decir "vivo en Las Águilas" que "vivo en Cuemanco"; incluso cuando quería verme mamón decía "vivo por Villa Verdún", lo cual, de hecho, era verdad.

Y a estas alturas se preguntarán "¿y por qué te mudaste Mac?" Porque tengo la escuela a 5 minutos y, lo más importante, por estar con ella. Y por ella todo esfuerzo y sacrificio vale la pena.

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