martes, julio 04, 2006

Don Miguel

Yo tenía 13 años de edad. A un lado de la pista de canotaje "Virgilio Uribe", en Cuemanco, iba de lunes a viernes a mi curso de verano, de 9 a 1. Vestido con short y playera, hacía veinte minutos en bicicleta de ida y otro tanto de regreso a casa. No recuerdo muchas cosas salvo un par de nombres y de caras. Ayer escuché que Italia llega cada 12 años a la Final del Mundial. Pues bien, esos fueron los días en los que la "azzurri" llegó por última vez ahí, hasta antes del día de hoy. Los días de Estados Unidos 94.

Una vez entré a un cuarto de lámina, iluminado por una lámpara de halógeno que a duras penas rompía la oscuridad, que constrastaba con el intenso sol del exterior. Un escritorio, fotos enmarcadas en las paredes y un señor de edad avanzada y cabello enteramente cano que me dio entrada a este lugar.

Él era don Miguel, de origen español, quien llegó a México como exiliado de la guerra civil en su país. Navarro, creo yo, al recordar cómo se le inflaba el pecho, brilaban sus ojos y alzaba el tono de su voz cuando hablaba de Miguel Induráin. No fue la única vez que entré a la oficina desde donde administraba la escuela de futbol de su hijo, en aquel entonces jugador de Tigres. Seguramente le habré contado que la primera vez que fui a un estadio me encontré a su vástago en la tribuna, quien me firmó mi boleto.

Me presumía las fotos y los banderines colgados en la pared. Eran de su hijo. "Mira, estos son de cuando era el capitán de la Selección... y estos de cuando era de Pumas". Quisiera poder describirles la cara de admiración que puse.

Habrán sido como 2 meses que iba de lunes a viernes a esos campos al lado de la pista de canotaje. Desde entonces, no volví a ver a don Miguel, mientras a su hijo lo veía prácticamente cada semana en la televisión, en los últimos años de su carrera y ya después como director técnico del equipos de nuestros amores.

"Hoy falleció el padre de Miguel España", escuché en la televisión. A mi memoria vinieron los recuerdos más vívidos del verano del 94, que no son los de Bebeto y su festejo de mecedora o del penal que falló Roberto Baggio. Son los de don Miguel y las pláticas interminables con un niño de 13 años sobre el corazón Miguel Induráin, que bombeaba más sangre que el de cualquier mortal, y el de su hijo, que latía de más al defender la playera de Pumas y de la Selección.

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