miércoles, junio 21, 2006

Cuarenta partidos

No me imagino entrando a una oficina a las 9 de la mañana y saliendo a las 7. Mis horarios son de velador. Empezar tarde, terminar más tarde. De alguna manera así me he acomodado mejor en los últimos años. Es por eso que, después de todo, la experiencia de cerrar edición en un periódico y salir en mi carroza convertida en calabaza me fue una experiencia perfectamente soportable. Estos dos últimos días he entrado a las 8:15 y salido a las 7:30...

Como, desayuno, ceno, duermo, discuto, escribo, edito, platico, balbuceo, mascullo, escupo, sonrío, sufro y alucino Mundial. Y peor aún, lo disfruto. Realmente lo disfruto. Cuarenta partidos después me di cuenta de que extrañaré el Mundial. Que el 9 de julio de 2006 en algún momento de la tarde, dos o tres horas después de que acabe la Final, extrañaré el Mundial. Y que el 10 de julio sufriré (sin todos los verbos anteriores) su ausencia. Más que lo que sufrí la ausencia en los últimos cuatro, mucho mucho más. Hoy 21 de junio, en algún momento del día, me di cuenta que mi único amor verdadero, perdurable, constante, apasionado y orgásmicamente fabuloso es, ha sido y será el futbol. Átenme, estoy loco.

- ¿A qué le tiras aquí?

No sé si respondí a la pregunta o sólo me justifiqué. En algún momento a mis 12 años, la edad en la que cada una de esas maravillosas creencias pueriles se desploman, supe que no jugaría futbol profesionalmente. Quizás estoy ahí porque es la manera más cercana que tengo de ser un Rafa Márquez o un Lance Armstrong. Puede ser. A eso le tiro aquí, I. A usar "altas" en lugar de mayúsculas, "pisos" en lugar de renglones, "producto" en lugar de cosas, a "vender" la nota, a "cabecear" sin balón.

Pero no hay Mundial ni Irán-Angola que me aleje de mi realidad, que se acerca, me observa por encima del hombro y me seduce. Ni tampoco hay Mundial que me evite extrañar...

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