sábado, abril 29, 2006

Pesadillas con finales felices

Dos días de apariciones, desapariciones, corbatas (quienes me conocen saben que me repatea usar corbata), mensajes hostiles vía celular, tráfico, levantadas a las 5 de la mañana y plantones...

Sentía que el mundo me quería escupir y orillarme a hacer una pendejada.

Pero no ocurrió.

Me contuve, hasta que el viernes por la tarde llegué a mi trabajo, a sabiendas de que saldría de ahí a la hora de la Cenicienta (es horrible esa sensación). Prendí mi computadora, chequé mi correo electrónico y unas líneas escritas (oportunísimas, por cierto) por una muñeca en mi hi5 me hicieron sonreír finalmente.

Y finalmente, ¿cuántos coches hay en esta ciudad y qué posibilidad hay de cruzarse con uno en específico al darse la vuelta en la calle? Justamente a la hora de la Cenicienta, doblando a la derecha en Cuauhtémoc, vi uno que me parecía familiar, y sus placas eran inconfundibles. Me acerqué a su izquierda, toqué el claxón y vi a la mujer de mi vida, la única capaz de sacarme lágrimas ipso facto.

Al final de cuentas, no fue tan malo. Vivir toda serie de situaciones desagradables no es tan malo si al final del día lees un par de líneas que te recuerdan quién eres y puedes ver, aunque sea por unos segundos, a la mujer de tu vida.

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