domingo, diciembre 25, 2005

My Way

El domingo por la noche estaba más apesadumbrado por la derrota de los Pumas en la Final de la Copa Sudamericana que por el suceso que me obligaba a estar en una funeraria de la Colonia Juárez. En mi cabeza sólo rondaba un pensamiento al respecto: "qué bueno que fue rápido, que bueno que el sufrimiento no fue tan largo y que la agonía fue corta".

No estuvimos ahí ni tres horas. Ante el feretro (cerrado gracias Dios) sólo alcancé a dar como dos palmadas suaves que trataban de decir "feliz viaje". Nadie parecía tan afectado como las dos niñas (de las tres, una de ellas prefirió ahorrarse la escena en público) ahí presentes que buscaban algún hombro en quien apoyarse. El mío no fue uno de ellos, y francamente me hubiera sorprendido que lo fuera.

Faltaban 6 días para Noche Buena y mi cabeza tenía muchos otros asuntos pendientes por tratar. No era el momento indicado para mi, pero qué carajos, la muerte no nos pregunta cuándo, solamente actúa, nos parezca o no.

No lo extrañé ese domingo por la noche. Pensé que lo tomé con filosofía, que al final de cuentas, la experiencia de las exequias de dos abuelos era suficiente para que mi estómago fuera fuerte ante estos eventos. Vaya, él ni siquiera era mi abuelo al final de cuentas. Es más, al no dejar hijos en este mundo, no era abuelo de nadie.

La cena de Noche Buena fue en la casa donde vivía, con su hermana (con quien siempre vivió desde que tengo uso de razón), sus sobrinas y las nietas de su hermana, que lo tomaron a él como si fuera el abuelo al cual, efectivamente nunca conocieron. Mi rama paterna del árbol genealógico estaba presente. Los Otero y los Rivero. (Sí, mi abuelo Ángel se apellidaba Otero Rivero.) Fue otra como toda cena de Navidad en familia, de las que llevo 24 años viviendo sin mayores sobresaltos...

Yo pugnaba ya por la retirada pasada la una. Mi cansancio de hijo mayor y guía de turista de la semana me estaba cobrando factura. Fue entonces que nos invitaron a los Otero (sólo a los Otero) a la planta alta de la casa. No sabía de qué se trataba. Llegamos a la salita de la televisión y se nos mostró un video que durante treinta segundos de negro hacía escuchar una voz que recitaba un pasaje de la Biblia. Entonces supe de qué se trataba. Acto seguido, fotografías de él, desde niño hasta sus últimos días, algunas tan borrosas que no se alcanzaba a notar entre varias personas...

He dicho ya alguna vez que son las cosas simples de la vida las que nos hacen sonreir... O llorar. Y gracias a la fotografía es posible sacar de la memoria el recuerdo. Teniendo de fondo "My way" con la voz de Frank Sinatra, no era necesario un biógrafo que me dijera dónde estaba, con quién y en qué momento. Era él, y punto.

No pude evitar recordar momentos de mi más tierna infancia, ya fuera en la casa de Castellanos Quinto o de Río Balsas. Su sonrisa, su rostro semiarrugado enmarcado por una cabellera negra libre de canas que lo hacía ver más joven de lo que realmente era. Verlo jugar con niños, aún cuando ese niño a veces era yo. Su look de pantalón de pijama y pantuflas los domingos, aún cuando tenía visitas. Recordarlo contarnos con ironía no hace mucho tiempo que él era un ateo (porque sí lo era) dando clases en la U.P. O que su ejemplo de político era Martí Batres. Sus posturas siempre radicales y la imposibilidad de convencerlo de lo contrario. Sí, era un terco. Pero qué carajos, era Guillermo, era mi tío Guillermo, aún cuando lejos de ser hermano de mi padre era primo hermano de mi abuelo.

Cuatro minutos de fotografías con la voz de Sinatra lograron lo que un funeral costoso y la exhibición de la caja con sus cenizas no pudieron: que lo extrañara. Yo ya no lo vi enfermo. Gracias Dios me voy con el recuerdo de ese Guillermo sano... Y terco. Él diría, y con justa razón, que simplemente hizo las cosas a su manera.

José Guillermo Alcalá Rivero, 1937-2005.

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