domingo, octubre 16, 2005

Historias de familia

Ayer se celebró los 50 años de mi tío Eduardo. A sabiendas de que yo tendría que salir temprano por el partido de americano de los Borregos Salvajes, mi intención era llegar a una buena hora y convivir un rato con mi familia paterna...

Pero no contaba con la impuntualidad inherente de los Otero...

Para no hacerles el cuento muy largo, llegamos a la casa de mi tío, en la hermana república de Ecatepec, a las 4 de la tarde. Y su servidor tenía planeado salir de ahí a las 4:30. Iba manejando ya cerca de Indios Verdes cuando el Presidente me hizo detener el coche para cambiar de asientos con él. Evidentemente el tráfico y la hora estaban haciendo mella en mi y mi nivel de estrés subía hasta las nubes.

(Pero bueno, eso de la impuntualidad no sólo es Otero. La semana pasada, para la boda de mi prima, la Primera Dama tuvo a bien tardarse tres horas en arreglar, por lo que no llegué a la misa...)

Pues sí, el Mac medio-reventó ayer. Apenas me dio tiempo de llegar, saludar, comer y despedirme. Nada de socialización. Mi tía Victoria, quién por muchos años era mi fan número uno, puso tremenda cara de desolación cuando me retiré. Era un larguísimo camino de Ecatepec al Tec de Monterrey Campus Ciudad de México, con una escala en mi cerro, pues tenía que pasar a dejar a mi hermano...

La parte interesante de este relato se dio minutos después de que el Presidente tomó el volante, cruzando ya Indios Verdes. Previamente venía hablando de que sería muy importante que los cinco (los Otero Mac Kinney pues) nos pusiéramos de acuerdo de una vez en qué día y a qué hora de la semana nos reuniríamos todos a comer/cenar juntos... Suena no muy complicado para algunos de ustedes... Pero para una familia cuyo integrante más chico tiene 19 años, donde los cinco realizamos actividades "productivas" (escuela, trabajo, o incluso la combinación de ambos) con agendas apretadísimas, ese maravilloso deseo en ocasiones es difícil de cumplir.

Ya con la cabeza más fría, acaso por sentirme un poco resignado por la hora y el tráfico, le dije al Presidente: "estoy totalmente de acuerdo, pero de hecho yo siento la relación entre la familia está en su mejor momento de varios años". Acto seguido, el Mandatario aludió a la comunicación entre nosotros. "¿Todos ustedes ya saben lo de mi doctorado?" Mis ojos brincaron desorbitados. Mis hermanos ya lo sabían... Pero yo no. Pues sí, el Presidente ya está haciendo su doctorado, desde hace un mes. Es difícil describir mi reacción, entre el estrés que cargaba, el cansancio acumulado del semestre, la molestia de ser el único que no estaba enterado y el inmenso orgullo que me dio la noticia (que por mucho fue mayor que la suma de todas las anteriores), solo acerté a poner mi suéter encima de mi cara.

Y sí, a lo mejor sí nos falta comunicarnos más...

O quizás yo lo que necesito es pasar un poco más de tiempo en esta casa, donde los últimos dos meses sólo llego a dormir.

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