viernes, diciembre 10, 2004

Visita al Olímpico o Pumas Patológicos III

Dedicado a Alejandra

Jorge Valdano escribió que no se llega a conocer a una persona hasta que la llevas a un partido de futbol. Es sabido que muchos jefes aplican esta técnica sobre sus subalternos y conocen cosas de ellos en un estadio que ninguna entrevista ni examen psicométrico podrían revelar.

Aún recuerdo mi primer partido en el estadio Olímpico. Tenía yo 6 años y Pumas enfrentaba a Morelia. En la tribuna mi padre reconoció a Miguel España, capitán del equipo y que estaba suspendido. Miguel me autografió el boleto, el cual, lamentablemente quedó en algún sitio del triángulo de las bermudas que era mi antigua casa. El marcador terminó 2-2.

Desde ahí, han sido 17 años de constantes visitas. Y sin lugar a dudas, una de las más esperadas fue la de aquel 1o de noviembre de 2003 cuando, en un partido de futbol americano entre los Borregos Salvajes del Tec Ciudad de México y los Pumas, mis pies finalmente sintieron su sagrada grama y palparon la transpiración de más de 50 años de historia de las más grandes hazañas deportivas de la humanidad. Bob Beamon, Jim Hines, Diego Armando Maradona, Hugo Sánchez, Ricardo Otero. Nosotros estuvimos ahí.

Este miércoles se jugó el partido de ida de la gran final. Afortunadamente ya no tuve que pasar por el drama de conseguir un boleto, como ocurrió con la final pasada frente a Chivas. Ustedes conocen la historia. Pero de experiencias vive el hombre y por primera vez llegué 4 horas antes de que se iniciara el juego.

Y aunque quienes me conocen en un estadio (pocos han tenido el privilegio) saben que algunas oscuras fuerzas me mueven a recitarle improperios a los rivales en turno (incluyendo a sus dueños) y a los árbitros, nunca me había metido en el corazón de una barra del conjunto auriazul. Siguiendo las recomendaciones de mi hermano, el creador del mote "pumas patológicos", nos metimos en el mero centro de la porra "Plus", la más tradicional del equipo.

Entrar al estadio de Ciudad Universitaria y ser testigo de cómo se iba llenando en la hora y media subsecuente es un espectáculo visual único. Más aún lo es iniciar a cantar a más de 60 minutos del inicio del encuentro. Pero no hay nada más hermoso para un aficionado puma que levantar el puño y entonar al unísono con 60 mil voces más el himno de la Universidad. Cuando uno voltea al lado y ve la imagen del estadio repleto con el brazo en alto, la piel se pone de gallina.

¿A qué va uno a un estadio de futbol? No vas a ver un partido, para eso existe la televisión que incluso cuenta con repetición instantánea. Al estadio va uno a cantar, a gritar, a sacar a flote su complejo de director técnico, a reir, a mentarle la madre al árbitro, a hacer el ridículo al verse en la pantalla gigante, a piropearse a las güeras, a hacer sonar el tambor, a encender las bengalas, a celebrar un gol y a acabarse las gargantas con un melodioso "cómo no te voy a querer".

Una amiga una vez me dijo que la gente en CU solo va a hacer grilla, porque eso es lo que se ve en la tele. Quizás tenga razón, quizás los que frecuentamos la casa de los Pumas solo vamos a hacer grilla. O quizás no. Pero esos grilleros somos la mejor afición de México, la más apasionada, la más entregada, la más enamorada de su equipo y la más identificada con su azul y oro. Somos los pumas patológicos.

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