lunes, junio 17, 2013

La chica que grabó en un microbús

Llevo algunas semanas leyendo "¿Hay vida en la Tierra?" de Juan Villoro. Creo que eso lo consigné en un post pasado, pero lo saco a colación porque no recuerdo una lectura que haya disfrutado más durante mis ya frecuentes travesías en transporte público.

Villoro hurga mediante sus vivencias personales (o al menos así las presenta) en todas aquellas rarezas que nos definen como mexicanos sin que aparezcan en una clase de historia del arte o identidad cultural. El ingenio nacional bien podría ser visto como afrentas a la sensatez vistas desde fuera, pero aquí adentro son simples expresiones de la cotidianeidad.

La conexión con el transporte público es que aún pegado al libro, es imposible dejar de percibir varias historias particulares sin la necesidad de una narrativa ajena. Hace un par de días se me ocurrió escribir esto en mi perfil de Facebook: "Chica en el tren ligero. Rubia, cabello ondulado y bien peinado, ojos grandes y cafés, piel blanca con algunas pecas discretas, guapa... ¡y sin usar maquillaje!... ¡¡¡Y leyendo!!! Husmeo de reojo y la primera línea de la página que lee, digna de literatura tipo Sanborns... Oh decepción." Lo que me llevé fue un sonoro reclamo social (curiosamente por gente con pareja en todos los casos) y un muy justo regaño porque originalmente escribí "huzmeo", con "z". La presión llegó a tal grado que tuve que aceptar que el breve relato fue tapizado por una ligera dosis de ironía: la chica efectivamente existió en aquel vagón del tren ligero con todas las características descritas y también la única línea que husmeé (revisado en la RAE) de su libro (se llama La Cabaña) me hizo pensar que era algún escrito de Carlos Cuauhtémoc Sánchez (el autor en realidad es William Paul Young), pero omití algo: rara vez una rubia llama mi atención como para pensar en una mínima posibilidad de apareamiento. Lo hice porque al hacerlo el relato perdía chiste.

Ayer, domingo, después de una intensa jornada de trabajo de 10 horas (cobertura de una carrera atlética y elaboración de nota informativa y video de color), tuve que ir a casa de mi hermana para festejar el día del padre. Opté por tomar la ruta larga pero que me garantizaba tener un asiento para poder sentarme y seguir en la lectura a Villoro. Así tomé un microbús que me dejaría en el metro Coyoacán, luego me dirigiría a la estación Insurgentes de la línea 12 (previo transbordo en Zapata) y finalmente metrobús al WTC para caminar el tramo final en la colonia Nápoles. Poco práctica la ruta, pero yo quería leer y pensé que en domingo el pesero haría menos tiempo por el poco tránsito.

La última aseveración fue incorrecta: el tiempo que pudimos ahorrar fue ocupado para hacer base en varios lugares y que el chofer tratara -sin mucho éxito- de subir más pasajeros. En el primer asiento del lado derecho, una señora en sus 30, pero ya amatronada, trataba de controlar -con menos éxito- a dos niños que, asumo, eran sus hijos. En pocos minutos pude interpretar que eran familiares del "operador de la unidad". Los chilpayates no solo no se callaban, sino que se esforzaban por subir el volumen de sus gritos.

Enfrente del Estadio Azteca subió una chica de piel blanca (similar a la rubia por la que me lincharon socialmente), pero cabello café oscuro, lacio y despeinado; playera gris, pantalón negro y lentes oscuros (está comprobado que la función de unos lentes oscuros es engañar a la percepción con la idea de unos ojos bonitos, aunque estén ocultos). Se sentó adelante de mí, sacó su iPhone y empezó a grabar el recorrido del microbús.

Sí, lo leyeron bien: la chica, de -calculo- unos 27 años máximo, grabó la calle desde su asiento. De repente hacía paneos bruscos hacia los pasajeros de los asientos del lado derecho (estábamos del izquierdo), pero no volteaba hacia atrás. Yo seguía leyendo a Villoro que me tenía fascinado con la historia de un inútil regalo de bodas que dio y que terminó como trofeo para un premio literario. Pero la grabación de la chica me llamaba más la atención. ¿Qué propósito podía tener? La ruta no tiene nada realmente llamativo acaso hasta cruzar el centro de Coyoacán. En un cruce sobre División del Norte pude ver como grabó a dos niños vestidos de payasitos pidiendo propinas y ellos le correspondieron con una sonrisa a la cámara. Eso llamó todavía más mi atención.

Opté por guardar a Villoro en la mochila (asumo que él habría hecho lo mismo) y puse más interés en la desconocida. Pude notar que en su despeinada cabellera ya se notan algunas canas (soy raro, me gustan las canas en las mujeres), más discretas que sus pecas; su brazo derecho tiene pintadas tres líneas (verde, roja, verde) a manera de brazalete, equidistantes y con alguna palabra en letra manuscrita pero que no pude alcanzar a leer con precisión; llevaba una bolsa verde bandera que a mi parecer no combinaba con su ropa; ah, y una lata de Coca-Cola.

Supuse que ser periodista con experiencia en productos de video podría abrir una línea de interacción con ella. Estaba por preguntarle si su teléfono tomaba video de buena calidad y de ahí ver qué pasara, con posibilidades desde que me abriera espantosamente hasta que me diera su número telefónico o alguna opción de contacto, lo cual habría sido un triunfo por la proximidad de mi destino. Solo había que esperar a que terminara de grabar.

Pero eso nunca pasó.

La chica no paró de grabar y, después de haber trabajado en televisión, tengo por regla no interrumpir una grabación para no contaminar el natsound. Pensé que en algún momento le pondría stop, pero antes de eso bajó justo frente a la iglesia de San Juan Bautista, en el centro de Coyoacán... Y sin dejar de grabar.

Una cuadra más adelante el microbús volvió a hacer base por 15 minutos para que solo subieran dos personas y la señora y los niños seguían su gritería sin el más mínimo recato. Y peor: recordé que había trabajado 10 horas por solo hora y media de sueño la noche previa, patrocinada por el temblor que sacudió el centro de México. Eventualmente, ya sin noción del paso del tiempo, llegué a la cena con mi padre y mis hermanos.

Y también empecé a entender por qué sigo soltero.

martes, mayo 28, 2013

Los 37 segundos más largos de la historia

El domingo, a eso de las 11:00 de la noche, le agradecí dos cosas a la vida: no ser aficionado a Cruz Azul y no tener a uno cerca en ese momento.

Desde aquel 4 de mayo de 1988 que pisé por primera vez un estadio de futbol hasta ese momento, jamás había visto una derrota tan desgarradora en un campo del deporte que sea. Amén de las proporciones, quizás sólo comparable con la Final de la Champions League de 1999, cuando el Manchester United le ganó 2-1 al Bayern Munich con dos goles en la compensación. La diferencia, es que el Bayern no tenía en ese momento el antecedente tan profundo de Finales perdidas del Cruz Azul.

En los últimos tres lustros, Cruz Azul no se convirtió en sinónimo de derrota, sino de apestado, el ya merito, el chico que está a punto de besar a una chica rendida a sus pies y le vomita. Y en la capital mundial de los jodones, no tengo que ilustrarles el bullying que sufren sus jugadores y aficionados.

Repasemos: un equipo con 15 años y medio sin ser campeón, mucho para una institución que en los años 70 se acostumbró a ganar todo; con cuatro Finales de Liga, una de Copa Libertadores y dos de Concacaf perdidas y además de maneras inverosímiles. Desde la primera, que no había manera de perder y que el Pachuca, un equipo segundón en aquella época (del verbo un año estoy en Primera y otro en Segunda) les ganó con un gol de testículos (literalmente) de Alejandro Glaría en tiempo extra; aquella de Copa Libertadores, donde todo México se puso la bandera celeste y caen en casa (prestada, el Azteca) en la ida, pero logran lo improbable en Buenos Aires, vencen a Boca en la Bombonera y al final les cae el estigma mexicano de los penales; no digamos aquellas contra Santos y Toluca por la Liga, donde se convirtieron otra vez en la excepción a ese proverbio de "caballo que alcanza, gana", porque alcanzaron y primero con un gol en los últimos minutos (de Emanuel Ludueña contra Santos) y luego otra vez desde los once pasos (contra Toluca) volvió la tragedia.

¿Le sigo? Aquella Final de Concacaf contra Pachuca (otra vez, otra vez el maldito Pachuca), donde a un minuto del Mundial de Clubes, al 93', Édgar Benítez marcó y los Tuzos viajaron a Japón gracias al gol de visitante que marcaron en la ida (los locales ganaron 2-1 en el Azul y 1-0 en Pachuca).

Ya, ya, ¡ahí muere! Pues no, no fue suficiente...

Hace un par de meses Cruz Azul encontró un pequeño bálsamo al ganar el torneo de Copa, aquel que todos han despreciado, como la niña de los brackets en la fiesta, pero que para la afición azul fue celebrado con vítores dignos de un general romano que regresa de batalla. De repente la Copa pareció ser importante.

Pero el efecto sólo duró dos meses. El impulso psicológico de haber ganado algo, aunque fuera un beso de la niña con brackets, levantó a Cruz Azul de manera insospechada, de un mediocre torneo de Liga empezaron a ganar todos sus partidos, los clamores que pedían la renuncia de Memo Vázquez ahora se pronunciaban por un contrato vitalicio y, lo que no pasaba ya, su afición regresó al Estadio Azul.

El destino puso a Cruz Azul, en su mejor momento futbolístico y psicológico de sus últimos 15 años, en una Final contra su rival acérrimo. Más aún, ganaron la ida 1-0 en el Azul pese a resistir un bombardeo en su portería similar al nazi sobre Londres. Con ventaja llegaron a su antiguo hogar, el Estadio Azteca, donde sí fueron invencibles en los 70. Empieza el partido, América sufre una expulsión de un defensa y Teófilo Gutiérrez anota por Cruz Azul. Dos a cero el global y con un hombre más en el campo: ya no cabía lugar a dudas, Cruz Azul tenía que ser campeón.

Pero si las tragedias de las siete Finales anteriores y sus desafortunadísimos desenlaces no fueron suficientes, el dedo de Dios bajó a la cancha del Azteca. El domingo quedó claro que Dios no le va al Cruz Azul.

Al minuto 88, Aquivaldo Mosquera cabecea al infinito y el balón techa al infranqueable Jesús Corona. Lo que la artillería azulcrema no pudo hacer en 178 minutos, el azar lo logró. América estaba vivo, aún aleteaba.

Y al minuto 92 de 93 que debía durar el juego por lo dispuesto en la compensación, un tiro de esquina es cabeceado por Moisés Muñoz (¡sí, el portero del América!), el balón es desviado por Alejandro Castro y lo que debía ser una salvada de rutina para Jesús Corona terminó en las redes. 92 minutos y 23 segundos marcaba el reloj, Cruz Azul se quedó a 37 segundos de ser campeón ante su más odiado rival, en su cancha, y lo evitó un gol del portero rival. Dios no solo no le va al Cruz Azul, sino que además lo manifiesta con un humor muy negro.

Milagrosamente América no anotó a Cruz Azul en los tiempos extra. La Máquina se descarriló por completo, salió a jugar por inercia, con los brazos caídos y las caras largas. La derrota era inminente, cuestión de tiempo. En los penales, los rostros de Javier Orozco y Alejandro Castro (otra vez Alejandro Castro) fueron evidenciados por sus cobros: tragedia.

Pero si el portero evitó la derrota del América, tuvo que ser su jugador más castigado y bulleado de la historia, Miguel "todo es culpa de" Layún, quien pusiera el punto final. La catársis no estuvo destinada a Cruz Azul, de hecho, la historia no fue suya, aún con la villanía del "ódiame más", América salió con la victoria y Layún lavó sus culpas. La épica se vistió de amarillo y azul y la Máquina, de acuerdo a lo que propone la tragedia griega, ha sido enviada a un éxodo, no físico, sino histórico.

Paradójicamente, si el gol de visitante hubiera contado como criterio de desempate, como en aquella Final de Concacaf ante Pachuca, habrían sido campeones. Ni el reglamento estuvo de su lado.

Hoy me queda claro que Dios monopolizó el azul celeste sólo para su cielo y para el mar, pero no para la vida terrenal.

Burlarse de Cruz Azul ya resulta un acto de crueldad, pero la crueldad emocional es parte de la vida nacional, algo más que hoy le podemos acreditar a #TodoEsCulpaDeLayun. Pocos nos detuvimos ante el tentador gozo de fastidiar al prójimo.

Ahora la Máquina tendrá que esperar los 37 segundos más largos de la historia para volver a ser campeón.

jueves, mayo 16, 2013

jueves, mayo 02, 2013

Vivir a inicios de los 90

Recuerdo que a inicios de los años 90 no teníamos teléfono en casa. Lo asolado de la zona donde vivíamos tenía como efecto, entre muchos otros, que la cobertura de los cables de Telmex no pasara por aquí.

El motivo era que vivíamos (y aún vivo) sobre el Periférico en una zona donde sólo había dos conjuntos habitacionales en un tramo de tres kilómetros. Algún reglamento urbano prohibía colgar cables que cruzaran la avenida y por tanto la solución habría de llegar de muy lejos, digamos, Xochimilco. Pero claro, eso no era rentable para la compañía telefónica adquirida por un magnate que recién ingresaba a las listas de multimillonarios de Forbes: un tal Carlos Slim.

Otra solución planteada era colocar cables subterráneos que cruzaran el Periférico, pero eso generaría una obra que afectaría a miles de automovilistas por beneficiar a seis casas en condominio y una veintena de departamentos. Absurdo. Finalmente la sensatez venció a los reglamentos urbanos y se colgó un cable a la altura de los puentes peatonales de la zona y asunto arreglado: antes de quebrar el hilo de cobre un camión se quedaría atorado en el puente de concreto.

Teníamos teléfono.

Fue tanta la espera e insistencia de mi madre y vecinos que hasta recuerdo claramente el número que nos fue asignado esa vez: 673-3214. Vaya, ni siquiera se había integrado el 5 a la numeración. No temo publicarlo porque ese número ya lo perdimos, desconozco qué haya pasado con él, quizás ahora pertenece a una pizzería o a una agencia funeraria. Es más, entre ese y el actual ya tuvimos otro que no recuerdo. Así de grande fue nuestra alegría por integrarnos a la civilización: aún permanece en la memoria.

Era quizás el único niño de mi escuela, de gente relativamente acomodada y preocupaciones más triviales, que no tenía teléfono en casa. Recuerdo que para cualquier llamada a mis compañeros, mi madre me acompañaba a cruzar el susodicho puente peatonal para usar el teléfono público. Evidentemente recurría a eso sólo si era estrictamente necesario. Tal vez desde entonces generé esta inconsciente aversión que tengo a llamar por teléfono, a la fecha lo sigo haciendo sólo si es estrictamente necesario, y a veces ni siquiera por eso.

Esas eran mis formas de comunicarme con el mundo a finales de los 80 e inicios de los años 90, en una época donde internet no era del dominio público y los teléfonos celulares eran un tabicote que podía pasar por arma blanca, algo inventado por un loco y que seguramente no tendría éxito.

Ayer tuve mi primer recuerdo de aquella vida, a unos veinte años de distancia. Desde hace una semana no hay línea telefónica en casa, que para mí no es mayor problema por mi aversión a usarlo, pero para mi madre sí es un asunto de terror: ella no dejó esa costumbre adolescente de hablar a quién sea, por lo que sea y en dónde sea, incluso si va manejando (ya no lo hace frente a mí, me pongo furioso y es la única cosa en la que me doy lujo de regañarla como ella lo haría conmigo).

Pero desde hace dos días Telmex se metió en mis terrenos: el internet. Primero con fallas intermitentes, de apenas dos segundos, pero la reconexión del ruteador duraba cinco minutos. Después, en la tarde, las pausas se hicieron más largas. Y ayer, 15 minutos antes de iniciar el partido entre Bayern Munich y Barcelona, a la 1:30, se fue la señal para no regresar en el resto del día.

Tragedia.

Mientras no esté en la calle, mi vida transcurre entre la labor del momento, mi correo electrónico, Twitter y Facebook. Dependiendo el grado de desocupación, los últimos tres me tienen más tiempo pegado a su ventana del explorador o del Tweetdeck. Con algo de trabajo logré adaptar mis horas del día para mis comidas, bañarme y hacer algo de bicicleta. Bueno, no tan dramático, pero por ahí va. Eso sí, antes de dormir al menos 20 minutos de lectura, ya acabé cuatro libros este año y superé la media nacional para todo 2013.

Al tiempo que me entretenía con la madrina que le puso el Bayern Munich al Barcelona, sufría más que Lionel Messi en el banquillo al ver que el internet no regresaba. Silbatazo final... Y nada. Empecé a mandar mensajes amenazantes a la cuenta de Telmex en Twitter vía celular... Y nada. Fui a comer, regresé... Y nada.

Me puse a editar un documental en el que ando trabajando. Así que adapté mi labor diaria sin Facebook, ni Twitter, ni el correo electrónico. A eso de las 4:45, cuando vi que ya no tenía nada más por editar y que empezaba a corregir cosas que ya había corregido y a desborrar lo borrado, opté por salir a tomar aire y me fui al centro de Coyoacán.

(Como fui niño aislado de la civilización, eso de salir al parque nunca lo aprendí.)

Tomé cámara y tripié, algo podía captar con mi lente. Todo iba muy bien, día soleado y poco tráfico... Hasta llegar a Carrillo Puerto, metros antes del Jardín Hidalgo. Súbitamente vi ríos de gente y el avance de los autos era a vuelta de rueda.

No es que no supiera que era día festivo, pero mi subconsciente sociópata aún no se acostumbra a sus efectos.

Pude estacionarme unas cuadras más adelante, cargué mochila y tripié y caminé hacia el centro. Efectivamente, había demasiada gente. No es que sea raro en Coyoacán, simplemente mi subsconsciente sociópata evita frecuentar ahí en fines de semana después del medio día para no perderme entre los tumultos, no digamos en días festivos. Caminé un poco. Me engenté. Ni siquiera una banda de jazz, que no tocaba nada mal, me sedujo para quedarme. Regresé. Me compré un capuchimoka en El Jarocho que me quedaba de paso y encendí el coche para volver a casa.

Al regreso comprobé que el internet seguía perdido entre el gentío de Coyoacán. Volví a hacerme güey con el Final Cut. Cené. Luego vi el partido de Monterrey y Santos (mientras me seguía haciendo güey con el Final Cut). Y por ahí de las 11:00 opté por irme a mi cama.

Traté de checar mi correo en mi teléfono celular, que tiene un ínfimo plan de datos con Iusacell. No pude. Facebook. Tampoco. Mandé un mensaje por Whatsapp a mi hermano. Nada. Pero el Twitter funcionaba y me daba cuenta cómo tundían a Raúl Orvañanos, quien al parecer tuvo el mismo éxito que un chimpancé como maestro de ceremonias en la premiación del Monterrey vs. Santos (había apagado la televisión justo después de terminar el partido), para finalmente entregarme a la lectura que me ha ocupado la última semana, de Juan Villoro, y que tiene un título que no puede ser más elocuente con mi situación: “¿Hay vida en la Tierra?”.

Y mientras leía una fabulosa crónica de cómo un cuchillo es capaz de desafiar al calentamiento global, recordé que mi día me hizo recordar a mi vida a inicios de los años 90: sin teléfono, ni internet.

Bueno... Casi: ayer tenía Twitter.

Aún así, más allá de la incomunicación de ayer, llevo meses preguntándome si hay vida (inteligente) en la Tierra.

viernes, abril 12, 2013

Un mundo nos vigila...

... O al menos mis gatas así lo creen...



Yo sigo investigando qué rayos vieron en el techo.

lunes, marzo 25, 2013

Una ventana al exterior

Hoy no sólo los voy a meter hasta la cocina, sino a mi cuarto.

Me he dado a la tarea de imprimir fotos -verbo casi en desuso ante la digitalización paulatina de la imagen- de mis viajes y colgarlas en mi pared. Lo que ustedes ven son fotografías de Londres, Liverpool, Nueva York y La Habana.



Y aunque aún me faltan de San Francisco y la pocas que alcancé a tomar en Washington D.C., no me preocupa tanto eso... Sino ¿dónde voy a poner todas las que tengo de México?

Si ya visité (y por tanto tengo fotos de) los 31 estados, ¿me alcanzará lo que me queda de pared?



Más todos los viajes que falten.

miércoles, marzo 06, 2013

La casa que nunca se ha querido vender

Hoy exactamente hace 25 años llegamos a vivir a mi actual casa.

No puedo decir que son 25 años en ella, ya que durante 23 meses viví por los rumbos de Las Águilas, de septiembre de 2004 a agosto de 2006, pero el tiempo no miente: es un cuarto de siglo de apego a este pedazo de tierra y concreto.

Cuando llegamos el Periférico se terminaba en Cuemanco, a un kilómetro de aquí. De este lado, desde la Glorieta de Vaqueritos, un tramo de unos 3 kilómetros, sólo estaba el conjunto de seis casas donde vivo y unos 200 metros más adelante un edificio de departamentos. Nada más eso hasta la entrada a la Liga Mexica, que permanece poco antes de la Pista de Canotaje Virgilio Uribe. Podíamos cruzar caminando la avenida sin riesgo alguno.

Hoy, entre nuestras casas y los departamentos hay una gasolinería; atrás tengo un distribuidor vial que conecta Xochimilco con el Eje 3 Oriente y Acoxpa; unos 200 metros después de los departamentos hay un depósito vehicular (un corralón, pues).

Pero lo que sorprende a diferencia de aquel ya lejano 1988, es que ahora todas las tardes se genera un tránsito que puede sacar de quicio a cualquiera. Hace ya varios años decidieron unir el Periférico con Canal de Garay para conectarlo con Tlahuac e Iztapalapa, y además, con una reducción de cinco a tres carriles. Genios.

Si caminaba 100 metros en contrasentido de los coches, me subía a un puente peatonal que me llevaba a Acoxpa y Cafetales (el Eje 3 Oriente, pues), además de un mercado que se colocaba todos los domingos sobre la lateral del Periférico. Seguramente me desayuné miles de tlacoyos y tacos de carnitas ahí entre mi infancia y mi adolescencia. Hoy ese puente ya no existe, ya que le estorbaba al Distribuidor de Muyuguarda. Ahora para cruzar el Periférico tengo que caminar a otro puente que está hacia el otro sentido, justo al lado de los departamentos, y ni qué decir del mercado, que me lo alejaron un kilómetro, por lo que tendría que ir en coche (hey, son domingos de flojera).

De hecho, gracias al genio que diseñó el distribuidor, un tramo del Periférico de mi lado se quedó sin banqueta, por lo que caminar a mi casa se convierte en un deporte extremo de sortear microbuses, camiones y fitipaldis chilangos.

Como vivo sobre el Periférico, no hay donde estacionarse afuera y por eso nunca he organizado una fiesta o reunión con mis amigos aquí. Ahí empieza uno a explicarse porqué soy tan antisocial.

Llegamos a vivir en 1988 dos adultos, un niño de seis años (casi siete), una de 3 y otro de uno (casi dos). En algún momento, los cinco ya chocábamos en nuestros espacios vitales. Luego nos mudamos a Las Águilas. Tiempo después una decidió irse, luego me fui yo, y bueno, hoy esas cinco personas vivimos en cuatro casas distintas.

Los dos primeros que decidimos irnos eventualmente regresamos a la casa que nunca se quiso vender, hace ya seis años y medio. Y desde hace seis años y medio hemos hecho mil y un planes para venderla. No se deja.

Hace 25 años dormí por primera vez en esta casa, en un lugar prácticamente deshabitado y que hoy es agenda permanente de las estaciones de radio que reportan el tránsito cada 15 minutos, a un kilómetro de una sede de los Juegos Olímpicos de 1968, donde iniciaba la Ruta de la Amistad. El garage originalmente tenía líneas de piedra entre el pasto para estacionar los coches y hoy está totalmente (y asimétricamente) adoquinado. Que al estar en zona lacustre (Xochimilco, nunca te mueras) tiembla cada vez que pasa un veloz camión de carga echando carreras. Donde sí, también, nos tuvimos que acostumbrar al ruido de los motores, y donde los mosquitos se aburrieron eventualmente de alimentarse a costa nuestra.

Es la casa que odia mi hermana y a la que sólo regresa cuando es asunto de vida o muerte, y a la que mi hermano le dice "¿Cuemancooo? Que hueva ir hasta allá..." como si yo nunca hubiera ido a verlo a él.

Es la misma casa que vi a la mitad del viaje por todo el país, cuando me faltaba un mes para regresar a ella.

Pero veinticinco años es una vida entera. Pesan aunque no quieras. Pero ante todo, generan apego y nostalgia.

No le celebraré el "cumpleaños" 26 a esta casa, aunque ella quiera. Eso ya está decidido. Pero cuando tenga que pasar por aquí seguramente la veré con la añoranza que experimento cuando veo la casa de mis primeros tres años de vida.

Sólo espero que no se convierta en una pizzería, como aquella.